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sobre Alboloduy
Situado en la Alpujarra baja junto al río Nacimiento; destaca por sus vinos y paisaje semidesértico
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Hay pueblos que te los imaginas de una manera y luego la realidad va por otro lado. El turismo en Alboloduy funciona justo al revés: llegas pensando que será una parada rápida en la Alpujarra almeriense… y acabas dando un par de vueltas más por las calles solo por curiosear qué hay detrás de la siguiente cuesta.
Está en el valle del Andarax, en la parte oriental de la Alpujarra almeriense, a unos 377 metros de altura. El pueblo se apoya en una ladera suave, así que las casas van subiendo poco a poco como si alguien las hubiera ido colocando con paciencia. Abajo queda el valle con olivares, almendros y huertos dispersos. Si levantas la vista hacia el norte, las sierras más altas aparecen al fondo, a veces con nieve cuando el invierno aprieta.
Aquí se nota que la agricultura ha marcado el ritmo durante generaciones. Las terrazas de cultivo, los caminos entre bancales y los cortijos sueltos por las laderas cuentan bastante bien cómo se ha vivido siempre en esta zona.
Caminar por el casco urbano tiene algo curioso: no es un pueblo monumental, pero sí de esos donde te fijas en detalles. Una puerta vieja, un patio con tinajas, una calle que de pronto gira sin avisar. Cosas pequeñas, pero que juntas explican cómo se adaptaban las casas al calor, a la pendiente y a la vida de campo.
El centro del pueblo y lo que cuenta su iglesia
Si hay un punto claro en Alboloduy es la Iglesia de la Encarnación. Se suele situar su origen en el siglo XVI y, como pasa en bastantes pueblos de esta zona, se levantó sobre una antigua mezquita tras la conquista cristiana.
Por fuera es bastante sobria. Nada de grandes adornos. Pero encaja bien con el resto del pueblo: paredes claras, volumen sencillo y una plaza alrededor donde suele concentrarse la vida cotidiana.
Desde ahí salen varias de las calles más antiguas. Si te metes por ellas vas encontrando viviendas tradicionales con muros gruesos, terrazas planas y algunas puertas bajas que casi parecen de otra época. En algunas aún se ven tinajas o antiguos lagares, pistas de cuando muchas casas estaban ligadas a la producción de vino o aceite.
Miradores naturales sobre el valle del Andarax
Alboloduy tiene algo que se agradece cuando llevas un rato caminando: en cuanto subes un poco por las calles, el paisaje se abre.
Hay varios puntos altos alrededor del núcleo urbano desde los que se ve bien el valle del Andarax. Los bancales de cultivo dibujan líneas bastante claras en las laderas y, en primavera, los almendros en flor cambian el color del paisaje durante unos días. Es de esas escenas que duran poco, pero cuando coinciden llaman bastante la atención.
También se distinguen las ramblas que bajan hacia el valle. La mayor parte del año están secas, aunque cuando llueve fuerte se nota enseguida por dónde corre el agua.
Caminar por los alrededores
El senderismo por aquí tiene ese aire de caminos agrícolas de toda la vida. No son rutas espectaculares en el sentido de grandes cumbres, pero sí muy útiles para entender el territorio.
Uno de los paseos más habituales sube hacia el Cerro de la Cruz, un alto cercano desde el que se ve todo el pueblo y buena parte del valle. Tiene sus cuestas —esto sigue siendo Alpujarra— pero no es una subida especialmente complicada si vas con calma.
Por los alrededores también aparecen restos de antiguos molinos hidráulicos y acequias que aprovechaban el agua de la sierra. Algunos están muy transformados por el paso del tiempo, pero aún ayudan a imaginar cómo funcionaba la economía local hace décadas.
Si caminas con un poco de silencio no es raro ver cabras montesas por las zonas más rocosas o escuchar aves rapaces aprovechando las corrientes de aire del valle.
Agricultura, almendros y vida tranquila
El carácter de Alboloduy sigue muy ligado al campo. El aceite de oliva, las almendras o los pequeños huertos familiares forman parte del día a día. No es raro ver a gente trabajando en los bancales o cargando sacos en temporada.
Cuando llega la floración del almendro —que suele adelantarse al final del invierno— el paisaje cambia bastante durante unos días. Los campos se llenan de blanco y rosa claro, y el contraste con la tierra seca del valle es bastante llamativo.
Son escenas sencillas, pero ayudan a entender el ritmo del lugar: campañas agrícolas, vecinos que van y vienen del campo y ese silencio que solo se rompe cuando pasa un coche o alguien saluda desde una puerta.
Fiestas y momentos en que el pueblo se llena
Durante el año hay varias celebraciones ligadas al calendario religioso y a las fiestas de verano. Tradicionalmente, la Virgen de la Encarnación tiene un papel importante en las celebraciones de primavera, con procesiones y reuniones vecinales.
En agosto el ambiente cambia bastante. Muchas familias que viven fuera vuelven esos días y el pueblo se anima con verbenas, música y actividades en la calle. Es el momento en que Alboloduy pasa de ser muy tranquilo a tener bastante movimiento durante unas jornadas.
Cómo llegar a Alboloduy
La forma más directa de llegar suele ser siguiendo el valle del Andarax por la carretera A‑348, que conecta varios pueblos de la Alpujarra almeriense con la capital. El recorrido va remontando el valle entre cultivos y pequeños núcleos, así que el trayecto ya sirve para entender el paisaje de la zona.
Una vez entras al pueblo verás enseguida que no es grande. Se recorre caminando sin problema, aunque algunas calles pican hacia arriba.
Alboloduy no es un destino de grandes monumentos ni de listas interminables de cosas que hacer. Es más bien ese tipo de sitio al que llegas, das un paseo tranquilo, miras el valle desde algún alto y te haces una idea bastante clara de cómo se vive en esta parte de la Alpujarra almeriense. Y a veces, con eso, ya basta.