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sobre Albolote
Importante núcleo del área metropolitana con gran actividad industrial y comercial; conserva zonas residenciales tranquilas cerca del embalse del Cubillas
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Albolote es como ese vecino que vive a siete kilómetros y nunca visitas. Está ahí, en la misma vega de Granada, con casi veinte mil habitantes y sitio para aparcar sin dar diez vueltas, y aun así muchos granadinos solo pasan por aquí camino de la playa o del pueblo de sus cuñados. Yo fui uno de ellos hasta que un domingo de esos en los que no sabes qué hacer con el coche dije: “vamos a ver qué hay en Albolote”.
Spoiler: no hay playa, ni Alhambra, ni tiendas de recuerdos. Pero sí algo bastante más raro hoy en día: un pueblo que sigue funcionando como pueblo.
El día que Albolote se cayó
Lo primero que me contaron allí fue el terremoto. En abril de 1956 un seísmo bastante serio sacudió la zona y tiró parte de la iglesia, además de causar varias víctimas en el municipio. Aún hoy es un episodio muy presente en la memoria local.
La Iglesia de la Encarnación —levantada sobre una antigua mezquita— se reconstruyó después y mantiene una portada renacentista que llama la atención en mitad del casco urbano. No es de esos templos con cola de turistas. El día que pasé por allí había una señora fregando las losas con lejía y un gato dormido en la puerta como si llevara años trabajando de sacristán.
Subir al Torreón sin morir en el intento
Desde el centro urbano sale una de esas caminatas que parecen cortas en el mapa y luego te recuerdan por qué dejaste el gimnasio. La subida al Torreón ronda los dos kilómetros cuesta arriba.
Arriba queda una atalaya nazarí, probablemente del siglo XIII, que formaba parte del sistema defensivo que vigilaba la vega. Es una torre ancha —dicen que de las mayores de su tipo en la provincia— y hoy funciona más como punto de paseo que como fortaleza.
Los domingos suele haber gente subiendo: familias, corredores, chavales con bicicletas. Desde arriba se entiende bien el lugar donde está Albolote. La vega se abre como una manta verde, Granada aparece al fondo y la autovía corta el paisaje como una pista de Scalextric.
Lo que se come aquí (y no suele salir en las apps)
Bajé del Torreón con las rodillas temblando y el estómago protestando. Y aquí es donde Albolote gana puntos.
No hay un restaurante famoso que arrastre visitantes, pero sí platos que siguen circulando por las casas y los bares del pueblo. En invierno aparecen las gachas de matanza: harina de maíz, chorizo, panceta… un plato espeso que te deja claro que esto es comida pensada para trabajar en el campo, no para hacer fotos.
Cuando es temporada también salen las tagarninas, una planta silvestre que se guisa con garbanzos y que sabe literalmente a campo.
Y luego está el pionono, que nació en la cercana Santa Fe pero aquí aparece en muchas vitrinas de pastelería en versión pequeña, de un par de bocados. Lo justo para decir “solo uno”… y acabar pidiendo otro.
Si te gusta curiosear mercados, el de abastos del pueblo suele tener ambiente uno de los días fuertes de la semana. Pregunta por tortillas de collejas y verás cómo más de uno se gira a mirarte. Las collejas, por cierto, son una espinaca silvestre. No un insulto.
Cuando el pueblo se junta: Candelaria y otras fechas
Si quieres ver Albolote en modo vecinal, la Candelaria es buen momento. A principios de febrero mucha gente sube al entorno del Torreón con sartenes, chorizo y lo que haya en casa. Se improvisan comidas al aire libre mientras el sol de invierno pega con más fuerza de lo que uno espera en la vega.
Nada de escenarios montados ni carteles pensados para visitantes: familias, grupos de amigos y bastante olor a comida hecha en sartén.
En verano llegan las fiestas de San Juan Bautista, con verbenas y fuegos artificiales que iluminan todo el pueblo. Y a comienzos de otoño suele celebrarse la feria local, con el típico ambiente de casetas, música y niños correteando hasta tarde.
En la Plaza de los Naranjos hay también una estatua curiosa: la de “El Chache”, un personaje muy recordado en el pueblo que durante años iba a todos lados con su burra. Los mayores siguen contando historias sobre él como si fuera una especie de héroe doméstico.
¿Tiene sentido venir?
Albolote no es bonito en el sentido de postal que vende Instagram. Es un pueblo de vega: bastante llano, con rotondas, barrios nuevos y el polígono industrial asomando por detrás.
Pero tiene algo que muchos pueblos muy fotografiados ya no tienen: vida normal.
Ves a la gente salir a comprar el pan y pararse a charlar. Ves abuelas sentadas en la puerta cuando cae la tarde. Y junto a la autovía sigue en pie un Toro de Osborne enorme que nadie ha intentado convertir en atracción.
Si vienes buscando calles medievales y casas colgadas, hay otros lugares en la provincia.
Si te apetece subir a una torre nazarí, comer algo contundente y escuchar a un vecino contarte cómo se vivió el terremoto del 56, entonces merece la pena acercarse.
Eso sí: calzado cómodo. La cuesta del Torreón no perdona. Y al bajar, si ves al gato naranja de la iglesia, salúdalo. Tiene pinta de llevar más tiempo en Albolote que muchos de los que escribimos sobre él.