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sobre Alcaudete
Villa dominada por un imponente castillo calatravo; conocida por su producción de dulces navideños y aceite de oliva
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El castillo te mira antes de que tú lo veas. Va primero: asoma entre olivos desde la A‑316 como quien levanta la mano para decir “eh, que estoy aquí”. Luego aparece el resto del pueblo, blanco y pegado a la ladera. Y entiendes rápido el planteamiento de Alcaudete: ponerse en alto, vigilar el valle y dejar que el mar de olivos haga de telón de fondo.
El castillo que no es solo castillo
El de Alcaudete es uno de esos lugares que han ido cambiando de papel con los siglos. Primero fortaleza andalusí, luego plaza vinculada a la Orden de Calatrava y más tarde residencia señorial. Hoy se visita con calma, que es la mejor manera de entenderlo.
La torre del homenaje impone más de lo que parece desde abajo. Cuando te plantas delante notas el volumen de verdad. Dentro quedan aljibes profundos y espacios que ayudan a imaginar cómo funcionaba todo esto cuando había caballos, guardias y bastante más ruido que ahora.
La subida tiene su gracia. No es terrible, pero se parece a subir a un cuarto sin ascensor después de comer fuerte. Arriba corre aire y la vista se abre en todas direcciones. Olivos hasta donde alcanza el ojo y, entre medias, los pueblos de la campiña como si alguien hubiera dejado caer puñados de casas blancas.
Yo intentaría ir temprano. Más que nada porque el castillo se disfruta mejor cuando hay silencio y no tienes a un grupo grande pegado detrás.
Calles que se comen la cuesta
Bajas del castillo y entras en el casco antiguo. Aquí las calles no están pensadas para caminar rápido. Son cuestas cortas, escaleras improvisadas y esquinas donde, si aparece un coche, toca pegarse a la pared.
Hay momentos muy de pueblo: olor a pan que sale de algún horno, una puerta abierta con la televisión puesta dentro, vecinos hablando desde una ventana a otra.
En la parte alta aparece la iglesia de Santa María. La portada plateresca tiene tanta decoración que parece hecha con paciencia infinita. El campanario es posterior, ya de época barroca, del siglo XVII más o menos. Ese contraste se nota cuando la miras un rato.
Cerca queda la puerta de la Villa, uno de los accesos históricos al recinto amurallado. Cruzas el arco… y sí, hay más cuesta. Si vienes con zapatillas todo bien; con chanclas empiezas a arrepentirte a mitad de camino.
Mantecado y otros riesgos para la báscula
En Alcaudete merendar no es una broma. Los mantecados aparecen rápido cuando preguntas por dulces locales. Son pequeños y se deshacen enseguida, de esos que empiezas con uno “para probar” y cuando te das cuenta ya han caído varios.
Luego está el ajilimójili, que suena a trabalenguas pero es pura contundencia: ajos, pimientos y buen aceite de oliva. Pan al centro y a mojar. Aquí la conversación suele alargarse más de la cuenta.
El choto al ajillo aparece a menudo en celebraciones o días señalados. Cabrito troceado, ajos y un fondo de salsa que parece ligero pero tiene mucha profundidad. No siempre está en las cartas a diario, así que lo mejor suele ser preguntar por el pueblo y ver dónde lo están preparando esos días.
Romería de la Fuensanta
A principios de septiembre mucha gente del pueblo camina hasta el santuario de la Fuensanta. La ruta ronda varios kilómetros y tiene bastante pendiente, así que no es exactamente un paseo de domingo.
El camino atraviesa zonas de olivar y tramos de monte bajo. La escena se repite cada año: grupos con mochilas pequeñas, bocadillos envueltos en papel de aluminio y paradas para beber agua y seguir.
Arriba la gente se queda un buen rato descansando en los alrededores del santuario. Cuando empieza a caer la tarde y miras hacia el pueblo, con las luces encendiéndose poco a poco, se entiende por qué muchos repiten la caminata cada año.
Si no te apetece subir andando, también hay carretera hasta arriba. Aquí nadie te va a examinar de espíritu romero.
Vía Verde del Aceite y la ruta de las fuentes
Después de comer fuerte siempre viene bien moverse un poco. En Alcaudete hay dos escapatorias fáciles.
La Vía Verde del Aceite sigue el antiguo trazado del tren. Es un camino largo y bastante llano que sale del pueblo entre olivares. Hay túneles cortos que en verano funcionan como aire acondicionado natural.
La llamada Ruta de las Fuentes enlaza varias fuentes históricas repartidas por el entorno del municipio. Mucha gente la hace en bici o caminando con calma, parando a llenar la cantimplora y seguir.
No es aventura extrema. Es más bien ese tipo de paseo que te ayuda a bajar el postre sin darte cuenta.
Cuándo ir y cuánto tiempo dedicarle
Alcaudete cambia bastante según la época. En primavera el campo alrededor está verde y el paseo por el castillo se disfruta más. En Semana Santa el ambiente se concentra en el centro histórico y las procesiones llenan las calles de noche. En verano el calor aprieta, aunque por la tarde suele correr algo de aire.
¿Y cuánto tiempo hace falta? Con medio día ves lo principal: castillo, casco antiguo y alguna vuelta por los alrededores. Si te quedas más horas empiezas a notar los detalles. La gente jugando a las cartas en la plaza, el ritmo tranquilo de las calles, los olivos rodeándolo todo.
No es el pueblo más espectacular de Jaén. Pero tiene algo que engancha cuando lo recorres sin prisa. Ese tipo de sitio donde acabas pensando: “bueno, otra vuelta más antes de irnos”. Y al final se te va la tarde sin darte cuenta.