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sobre Alhama de Granada
Histórica villa conocida por sus baños termales árabes y sus impresionantes tajos naturales; conjunto monumental de gran valor paisajístico
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El agua brota caliente entre las piedras y el vapor se queda suspendido sobre el río cuando amanece en invierno. Desde el mirador de las Pesas, Alhama de Granada aparece apilada sobre el tajo como si alguien hubiera dejado caer las casas blancas una encima de otra. Abajo, muy abajo, el río Alhama suena grave contra la roca. A veces sale humo de alguna de las cuevas que se abren en la pared del desfiladero: fuego temprano, olor a leña húmeda, naranjos alrededor.
El olor a azufre que viene de atrás
Las termas llevan aquí mucho tiempo. Los romanos ya aprovecharon estas aguas calientes y, siglos después, los árabes levantaron los baños que aún se conservan. El olor a azufre aparece antes de ver el agua: metálico, algo áspero, se queda pegado en la ropa durante horas.
En los días fríos todavía hay vecinos que bajan temprano, cuando el vapor se mezcla con el aire helado del tajo. No hay demasiadas indicaciones: un murete, escalones húmedos y el sonido constante del agua saliendo de la roca. Las pozas suelen estar accesibles a cualquier hora, aunque conviene ir con calma y llevar calzado que se pueda mojar; la piedra resbala bastante.
Una calle que se dobla y ya no hay más
El casco antiguo empieza cuando el coche deja de tener sentido. A partir de ahí las calles se inclinan y el suelo de piedra está pulido por siglos de pasos.
En la plaza principal hay un olivo enorme con el tronco hueco. Si te asomas dentro, la madera oscura se abre hacia arriba y deja pasar un círculo de cielo. Un poco más arriba aparece la iglesia de la Encarnación, levantada sobre la antigua mezquita. Cuando suenan las campanas, el eco baja por las calles y termina perdiéndose en el tajo.
A media mañana todavía se cruzan vecinos que suben con una bolsa de pan o empujan un carro pequeño cuesta arriba. Aquí la conversación suele ser breve: un saludo con la cabeza y cada uno sigue su pendiente.
El guiso que sale de la cocina del pueblo
Hay platos que siguen apareciendo ciertos días de la semana, como la olla de Alhama: garbanzos, carne, morcilla de cebolla y un toque de hierbabuena que aparece al final. Es comida de cuchara, de las que piden pan y tiempo.
En verano se ve más la pipirrana, con tomate de la vega, pimiento y aceite de oliva que brilla sobre el plato. También es fácil encontrar miel de la sierra cercana; suele tener un aroma de romero bastante marcado y un punto fuerte al principio.
Aquí no hay demasiada ceremonia alrededor de la mesa: se come lo que esté saliendo de la cocina ese día.
Cuándo conviene dejarse caer
Abril suele ser un buen momento para caminar por Alhama de Granada. Los almendros ya han pasado la flor, el campo empieza a ponerse verde y el calor todavía no aprieta. Por la tarde la luz entra de lado en el tajo y las paredes cambian de color cada pocos minutos.
La Semana Santa recorre calles empinadas, y el sonido de los tambores rebota bastante entre las fachadas. En agosto el pueblo se llena más y el calor aprieta fuerte al mediodía. Si llegas en esas fechas, compensa madrugar y guardar las horas centrales para la sombra.
El viento del tajo también tiene su carácter en invierno: cuando sopla, se cuela por las calles estrechas y baja varios grados la sensación térmica.
Caminos que bajan al fondo del tajo
Uno de los paseos más claros es el que desciende desde el puente medieval hacia el fondo del desfiladero. El puente, por cierto, algunos lo sitúan en época romana y otros lo relacionan con etapas posteriores; no hay demasiado acuerdo.
El sendero serpentea entre paredes de roca, higueras y algunos huertos pequeños. Abajo se oyen las corrientes del río antes de verlas. Cerca aparecen manantiales termales que brotan entre vegetación húmeda y pequeñas pozas de piedra.
Desde el pueblo también salen rutas más largas hacia la sierra. Si te animas a subir hacia las cumbres cercanas, conviene llevar agua de sobra y no confiarse con el desnivel: hay tramos de pista y cortafuegos donde las piernas se enteran bien.
Un consejo sencillo: deja el coche en la parte alta del pueblo y baja andando al centro. Al final del día lo agradecerás. La subida se hace despacio, con el tajo a la espalda y el olor tenue del azufre todavía rondando el aire.