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sobre Chimeneas
Pueblo agrícola del Temple con un castillo en ruinas; conserva la tranquilidad de la vida rural cerca del área metropolitana
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El pueblo que se llama como el humo
Hay algo gracioso en tener que explicarle a tu abuela que vas a Chimeneas. “¿A dónde, hijo? ¿A quemar algo?”. No, abuela, es un pueblo de Granada. Y ahí empieza bien cualquier conversación sobre turismo en Chimeneas, porque el nombre despista bastante.
La explicación más repetida por la zona tiene que ver con el humo de las casas. Cuando la gente caminaba entre campos sin carreteras claras, ver salir humo de un grupo de tejados era la señal de que había vida cerca. Algo así como el Google Maps de antes.
Hoy Chimeneas sigue teniendo ese aire de sitio que aparece cuando ibas camino de otro lado. Está a menos de media hora de Granada, pero en cuanto entras en el pueblo la sensación es distinta. Menos ruido, menos prisa, más campo alrededor que coches.
Un pueblo pequeño en medio del olivar
Primera sorpresa: aquí no hay el típico castillo coronando el cerro. En la aldea de Tajarja —que forma parte del municipio— sí quedan restos antiguos, pero en Chimeneas lo que domina el paisaje es otra cosa: olivos. Muchísimos.
El pueblo está colocado en alto, y las calles se notan. No son imposibles, pero tampoco están pensadas para pasear con prisas. De esas cuestas que te hacen pensar que quizá el coche se estaba mejor donde lo dejaste aparcado.
Las casas blancas se agrupan en torno al cerro y, en cuanto sales un poco, aparece el campo abierto. Filas de olivos, algún almendro suelto y el entorno del río Cacín marcando parte del paisaje. Aquí la economía gira sobre todo alrededor del olivar. Y eso se nota en las conversaciones.
Si te sientas un rato en la plaza —aunque sea cinco minutos— es fácil oír hablar de la cosecha, de cómo viene el año o de si el agua ha llegado a tiempo. El fútbol también aparece, claro, pero la aceituna suele ganar la partida.
La sopa de almendras y otras cosas que se comen aquí
La cocina local no está pensada para fotos bonitas. Está pensada para comer bien y luego buscar una sombra donde sentarse un rato.
Uno de los platos más conocidos por la zona es la sopa de almendras: caldo caliente con almendra molida, ajo, pan y huevo. Suena sencillo y lo es, pero tiene ese punto de comida de casa que reconcilia bastante con el mundo.
También es habitual el chivo al ajillo, muy presente en muchos pueblos del poniente granadino. Aquí lo preparan de la manera tradicional, sin demasiadas vueltas.
Y luego están los dulces caseros que suelen aparecer en fiestas o en reuniones familiares: roscos, magdalenas, cosas hechas en casa que recuerdan rápido que la repostería industrial juega en otra liga.
Pasear por las fuentes y el campo de alrededor
En los alrededores del pueblo hay varios caminos que usa la gente para salir a andar. Algunos conectan con fuentes y zonas donde brota el agua, que durante generaciones han sido puntos importantes para el pueblo.
Uno de los paseos más habituales es el que recorre varias de estas fuentes en un pequeño circuito por el campo. No es una ruta de montaña ni nada técnico: más bien el típico camino que usan los vecinos para estirar las piernas por la tarde.
A lo largo del recorrido aparecen varias surgencias de agua con nombres propios. Algunas mantienen caudal casi todo el año y otras dependen más de cómo venga la temporada de lluvias.
Consejo sencillo: lleva agua y algo de sombra si vas en meses de calor. El campo aquí es bonito, pero también muy abierto y el sol en Granada aprieta más de lo que parece desde el coche.
Las fiestas y la romería
Las fiestas patronales se celebran tradicionalmente en septiembre en torno a la Virgen de los Remedios. Es el momento en que el pueblo cambia bastante de ritmo: vuelve gente que vive fuera, se montan barras en cocheras y la plaza se llena más de lo habitual.
También hay romería, que suele organizarse en primavera cuando el campo está más verde. La gente se junta en el entorno rural, con mesas plegables, comida hecha en casa y niños corriendo por todos lados. Un plan muy de pueblo, de los que se alargan sin mirar demasiado el reloj.
Mi verdad sobre Chimeneas
Chimeneas es de esos sitios que no intentan impresionar a nadie. No tiene monumentos enormes ni calles pensadas para fotos virales. Es más bien un pueblo que vive a su ritmo, rodeado de campo y de olivos.
Si te gusta curiosear cómo funcionan los pueblos agrícolas de esta parte de Granada, aquí lo vas a ver bastante claro.
Mi consejo: pasa una mañana tranquila. Da una vuelta por el casco urbano, sal a caminar un poco por los alrededores y si tienes ocasión prueba alguno de los platos de cocina local.
En un par de horas te haces una idea bastante buena del sitio. Y a veces eso es justo lo que apetece: parar un rato, mirar alrededor y entender cómo funciona un pueblo pequeño cuando el turismo no manda.