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sobre Zafarraya
Situado en un poljé o valle kárstico fértil; famoso por sus cultivos de verano y el paso natural hacia la Axarquía
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Hay un punto en la carretera entre Granada y la Axarquía donde el coche parece que se va a meter por una grieta en la montaña. No es un efecto del GPS: es el Boquete de Zafarraya. Subes curvas, pasas el corte en la sierra y, de golpe, el paisaje cambia. De repente estás en un altiplano ancho y plano, rodeado de montañas, como si alguien hubiera puesto una mesa gigante en medio de la sierra. Ahí empieza el turismo en Zafarraya.
La primera vez que llegué tuve esa sensación de “a ver… ¿esto de dónde ha salido?”. Porque vienes de laderas y barrancos y de pronto todo se abre.
El pueblo que en realidad son dos
Lo primero que descoloca: Zafarraya no es exactamente un solo núcleo.
Está Ventas de Zafarraya, pegado a la carretera principal, donde para mucha gente empieza y termina la parada. Allí están los servicios de paso: bares, gasolinera, movimiento de coches. Y luego, unos kilómetros más hacia dentro, está Zafarraya pueblo.
Es una separación pequeña en el mapa, pero cuando llegas se nota. Ventas funciona como puerta de entrada del puerto y del altiplano. El otro Zafarraya está más metido en la llanura, con un ritmo más de pueblo agrícola.
A mí me pasó lo típico: paré primero en Ventas porque es lo que ves desde la carretera. Y al rato alguien me dijo algo así como “si has venido a ver el pueblo, sigue un poco más”. Tenía razón.
Un altiplano raro en medio de la sierra
Cuando llegas al núcleo de Zafarraya lo que llama la atención no es el casco urbano, sino el paisaje que lo rodea.
Todo esto es un poljé kárstico, una palabra que suena a clase de geología pero que básicamente significa una gran depresión plana rodeada de montañas. Aproximadamente unos cuantos kilómetros de largo, bastante más ancho de lo que uno espera al cruzar el puerto.
Desde arriba parece casi un estadio natural: paredes de sierra alrededor y en medio campos de cultivo. Aquí se ven olivares, huertas y parcelas bastante fértiles. Tradicionalmente se han cultivado hortalizas, y las alcachofas de la zona suelen tener bastante fama en la comarca.
Es uno de esos paisajes que sorprenden porque no encaja con la imagen típica de la sierra granadina.
Cuando los neandertales estaban por aquí
Uno de los lugares más conocidos de la zona es la llamada Cueva del Boquete de Zafarraya. No tanto por formaciones espectaculares, sino por lo que apareció dentro.
En los años ochenta se encontraron restos de neandertales que dieron bastante que hablar en arqueología. A ese hallazgo se le suele llamar “el Hombre de Zafarraya”.
La cueva está en la ladera del puerto y se llega caminando por senderos de la zona. No es un espacio tipo cueva turística con luces y pasarelas; el acceso suele ser sencillo pero bastante natural, de esos sitios donde conviene ir con linterna y calzado decente.
Lo que impresiona no es tanto lo que ves dentro, sino el lugar donde está. Desde la boca se domina buena parte del altiplano. Cuando te asomas entiendes por qué alguien pudo elegir ese sitio para refugiarse hace miles de años: control visual del valle, agua cerca y montaña alrededor.
La antigua vía del tren
Otra cosa curiosa por aquí es la vía verde que sigue el trazado de un antiguo ferrocarril que conectaba esta zona con la costa.
Hoy queda como camino para caminar o ir en bici. Tramos de tierra, algún túnel excavado en la roca y restos de infraestructuras del tren. No es una vía verde masificada; de hecho, hay días en los que apenas te cruzas con nadie.
Es un paseo bastante tranquilo si te gusta caminar sin ruido. Eso sí, conviene llevar agua porque no hay demasiados servicios en el recorrido y la cobertura del móvil falla en algunos tramos.
En ciertos puntos altos del recorrido, cuando el día está claro, se intuye la costa bastante lejos. Ese contraste entre el interior agrícola y el mar al fondo tiene su gracia.
Lo que se come aquí
La cocina de Zafarraya es de las que nacen de lo que había en la despensa: pan, aceite, ajo, verduras y algo de carne cuando tocaba.
Las sopas cachorreñas son un buen ejemplo. Llevan pan asentado, pimiento, tomate y bastante ajo. Suelen servirse bien calientes, a veces con huevo encima para que se cuaje con el propio caldo.
También aparecen platos humildes como las sopas de maimones, muy de ajo y pan, de los que entran mejor cuando hace fresco.
Y luego está el choto al ajillo, bastante típico en esta parte de Granada. Carne de cabrito cocinada lentamente con ajo y aceite hasta que queda muy tierna. Es un plato contundente, de los que te dejan pensando más en una siesta que en una caminata larga.
Cómo encajar la visita
Zafarraya funciona bien como parada en ruta entre Granada y la costa de la Axarquía.
La combinación más lógica suele ser subir por el puerto, parar a ver el altiplano con calma, acercarse a la zona del Boquete o a alguno de los senderos cercanos y luego comer en el pueblo. Con medio día se puede recorrer lo principal sin ir con prisas.
No es un sitio de monumentos uno detrás de otro. Aquí el atractivo está más en el paisaje raro del altiplano, en la historia de la cueva y en la sensación de estar en un rincón bastante tranquilo de la sierra.
Si te gustan los pueblos con tiendas de recuerdos y calles pensadas para la foto rápida, probablemente no sea tu parada favorita. Pero si te llama la atención ese tipo de lugares que aparecen de repente en medio del camino y te hacen pensar “esto no me lo esperaba”, entonces Zafarraya tiene su punto.