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sobre Albaida del Aljarafe
Pueblo de origen romano y árabe situado en el Aljarafe sevillano que destaca por su torre mocha y tradiciones locales
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A las nueve de la mañana la luz cae casi vertical sobre las tapias blancas. El silencio dura poco: algún coche que atraviesa la plaza, una persiana que sube, el olor a café que sale de un bar todavía medio vacío. Albaida del Aljarafe aparece así, sin grandes anuncios. Desde el cerro donde se levanta la Torre Mocha el paisaje se abre en lomas suaves de olivos y parcelas de cultivo que cambian de color según la estación.
Desde la A‑49 no se ve el pueblo. Hay que salirse de la autovía y subir por una carretera corta que serpentea entre campos. Es el mismo camino que usan muchos vecinos que trabajan en Sevilla y vuelven aquí al final del día.
La torre y las huellas antiguas
La Torre Mocha queda a las afueras, sobre un alto desde el que se distingue buena parte del Aljarafe cuando el aire está limpio. Hoy es una construcción solitaria, pero el cerro lleva siglos ocupado. En esta zona aparecieron restos vinculados a Laelia, un asentamiento romano del que aún se conservan piezas en museos de la provincia. No todo está excavado ni señalizado, así que conviene venir con la idea de pasear más que de encontrar un yacimiento preparado para visitas.
En el casco urbano quedan otras pistas del pasado. Algunas casas conservan muros muy antiguos y, según cuentan en el pueblo, bajo ciertas calles hay galerías o pasadizos de origen medieval. No siempre están abiertos ni acondicionados, y cuando se organizan visitas suelen ser puntuales, así que lo mejor es preguntar en el ayuntamiento o a los vecinos si hay algo previsto esos días.
La iglesia de Santa Ana ocupa el lugar de un templo anterior que se perdió tras el terremoto de Lisboa del siglo XVIII. La actual se levantó poco después. Por dentro es sobria: una nave amplia, paredes claras y un silencio que cambia según la hora. A mediodía, cuando entra la luz por las ventanas altas, todo queda en un tono dorado muy suave.
Caminos cortos entre olivos
El término municipal es pequeño y el paisaje no tiene grandes desniveles, así que caminar por los alrededores es sencillo. Desde el pueblo salen varios carriles agrícolas que usan los vecinos para llegar a huertas y olivares. Al atardecer se oye el zumbido de los insectos y, si el viento viene del oeste, llega el olor húmedo de la vega del Guadiamar.
El Corredor Verde del Guadiamar queda relativamente cerca y mucha gente del pueblo se acerca en coche o en bici para recorrer alguno de sus tramos. Es un paisaje distinto: más arbolado, con agua cerca y senderos largos donde se ven ciclistas y familias caminando.
Dentro del propio municipio hay paseos más cortos. Subir hasta la Torre Mocha desde la plaza se hace en poco rato. El camino cruza la carretera y sigue por un sendero de tierra rojiza entre olivos viejos, de troncos retorcidos y sombra corta. Desde arriba, en días claros, se llega a distinguir Sevilla hacia el este.
Agosto y septiembre en el calendario del pueblo
El 15 de agosto, día de la Virgen de la Asunción, es una de las fechas que más mueve el pueblo. Por la mañana ya huele a masa frita y a miel en muchas cocinas. Algunas familias siguen preparando dulces tradicionales esos días, y en la plaza se junta bastante gente cuando la imagen sale a la calle.
Unas semanas después suele celebrarse la romería vinculada a la Virgen de los Dolores, que se dirige hacia el entorno de Loreto, en Espartinas. Carretas adornadas, grupos caminando por el camino y paradas largas para comer bajo los pinos. Es una jornada más de campo que de procesión solemne.
Cuándo venir y cómo moverse
A finales de invierno los almendros de la zona empiezan a florecer y el campo cambia de golpe: manchas blancas y rosadas entre el verde oscuro de los olivos. Son semanas buenas para caminar porque el aire todavía es fresco y el cielo suele estar muy limpio.
En mayo las calles del pueblo se llenan de macetas y buganvillas que trepan por las fachadas. El calor empieza a notarse a partir del mediodía, así que conviene moverse temprano o esperar a última hora de la tarde.
Agosto es distinto. Durante el día el pueblo queda muy quieto, con las persianas bajadas y las calles casi vacías hasta que cae el sol. Si vienes entonces, lo más práctico es aparcar en la entrada y subir andando: el centro tiene calles estrechas y en días de fiesta se llenan enseguida.
Albaida del Aljarafe no vive de grandes reclamos turísticos. Más bien es un lugar de ritmo lento: una terraza al final de la tarde, la sombra de la torre alargándose sobre los tejados y el sonido de las campanas mezclado con las conversaciones que salen de los portales.