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sobre Aznalcázar
Puerta al Parque Nacional de Doñana con un rico patrimonio natural y el famoso Vado del Quema paso de hermandades rocieras
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El olor a marisma entra por la ventanilla antes de ver el pueblo. Aznalcázar aparece entre pinares y olivares como una mancha de ladrillo rojo en el borde del Aljarafe. La torre de la iglesia se distingue desde la carretera. Marca, más o menos, el paso del terreno cultivado hacia el otro paisaje: el del Guadiamar y las marismas que avanzan hacia Doñana.
El nombre que sobrevivió a todos los nombres
Hazn al‑Kazar: la fortaleza del alcázar. Los árabes lo llamaron así hacia el siglo IX, aunque el lugar era mucho más antiguo. En el Cerro del Alcázar, a las afueras, han aparecido monedas libio‑púnicas y cerámicas que se remontan al III milenio a. C.
Los romanos también pasaron por aquí. Levantaron un puente sobre el Guadiamar y dejaron materiales que todavía se reconocen en algunos muros reutilizados. En 1248 el territorio quedó en manos de Castilla con la conquista de Sevilla por Fernando III. El nombre, sin embargo, siguió sonando árabe. Como ocurre en muchos pueblos del valle del Guadalquivir, las capas de historia se superponen sin borrar del todo la anterior.
La muralla que aún abraza el casco antiguo
El recinto amurallado sigue marcando la forma del casco histórico. No siempre se ve de frente. A menudo aparece integrado en las casas, como un muro más.
Las calles conservan algo del trazado islámico: pasos estrechos, giros cortos, pequeñas plazas que aparecen sin previo aviso. El Arco de la Pescadería, hoy parcialmente oculto por construcciones posteriores, era una de las salidas hacia el sur. Por ahí circulaban quienes trabajaban en el río y en los antiguos brazos del Guadalquivir.
La muralla fue declarada Bien de Interés Cultural en los años ochenta. No hay grandes intervenciones ni musealización visible. Aquí el patrimonio forma parte del tejido cotidiano del pueblo.
La Casa Grande y la iglesia de San Pablo
En la plaza de San Pablo se levanta la llamada Casa Grande. Es una casa señorial del siglo XVII, vinculada a familias con tierras en la zona. La fachada, con balcones de forja, mira a la plaza con cierta sobriedad.
Hoy el edificio pertenece al Ayuntamiento y se utiliza para actividades culturales. El patio interior mantiene el esquema clásico andaluz: pozo central, galería porticada y paredes encaladas. Desde la azotea se entiende bien la elección del lugar. El Guadiamar y las marismas quedan a la vista, con el horizonte abierto hacia Doñana.
Muy cerca está la iglesia parroquial de San Pablo. Por fuera parece un templo barroco más del Aljarafe. El interior, en cambio, revela distintas etapas. En uno de los laterales se conserva un retablo mudéjar del siglo XIV con yeserías geométricas policromadas. Ha sobrevivido a reformas, terremotos y cambios de gusto. El edificio entero es, en realidad, una suma de añadidos de distintas épocas.
El paso de las hermandades hacia el Vado de Quema
Una vez al año el ritmo del pueblo cambia. Durante la romería del Rocío, muchas hermandades atraviesan el término municipal camino de las marismas.
El punto clave es el Vado de Quema, un paso natural sobre el río Guadiamar. Allí cruzan carretas, caballos y peregrinos. El momento suele concentrar a mucha gente. Aznalcázar funciona entonces como lugar de paso y de encuentro. Las calles se llenan de romero y de movimiento durante esos días.
La romería no pertenece al pueblo, pero el pueblo participa en ella desde hace generaciones.
El borde de Doñana
Buena parte del término municipal entra en el entorno de Doñana. No es un paisaje que empiece de golpe. Se va insinuando a medida que el campo se aplana y aparecen los pinares y los suelos más húmedos.
Desde el propio pueblo sale el camino hacia el Vado de Quema. Son unos cinco kilómetros entre ida y vuelta. En primavera el sendero suele estar flanqueado por romero y cantueso. El ruido del tráfico desaparece pronto. Lo que queda es el sonido del viento y de las aves que se mueven entre los pinos y las zonas abiertas.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Aznalcázar está a unos 35 minutos de Sevilla por la A‑49, tomando la salida que conduce al municipio desde la autovía. El acceso es sencillo y el aparcamiento no suele dar problemas fuera de los días de romería.
El casco histórico se recorre sin prisa en poco más de una hora. Si se quiere caminar por los senderos del entorno conviene llevar calzado cómodo.
La primavera es cuando el paisaje se ve más vivo. El verano es seco y caluroso, como en casi todo el Aljarafe. En las casas y cocinas del pueblo siguen apareciendo platos de temporada: tagarninas guisadas, espárragos trigueros o pestiños en las semanas de Semana Santa. Son recetas de campo, ligadas a lo que da el entorno en cada momento.