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sobre Benacazón
Municipio del Aljarafe con gran devoción mariana y edificios históricos mudéjares y barrocos bien conservados
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la A-49 y te metes por la carretera comarcal, en el que el GPS parece dudar. “¿Seguro que quieres ir ahí?”, parece decir mientras recalcula la ruta. Ese suele ser el punto en el que empieza de verdad el turismo en Benacazón.
Benacazón es ese tipo de pueblo que no vende humo porque tampoco lo necesita. Viven aquí algo más de siete mil personas, más o menos como en un par de manzanas de la periferia de Sevilla, pero con otro ritmo. El pueblo se asoma al Aljarafe desde su pequeño altozano como quien mira el paisaje sin prisa, con casas blancas y calles donde es fácil despistarse un rato.
El terruño que se quedó con las ganas de ser ciudad
Lo primero que notas al bajarte del coche es el olor. No es el típico azahar que aparece en los folletos de Andalucía. Aquí lo que manda es el olivo, la tierra caliente y, si llegas cerca de la hora de comer, ese aroma que sale de las cocinas cuando el pueblo ya está preparando el mediodía.
La primera vez que pasé por Benacazón fue casi por accidente, intentando llegar a otro sitio del Aljarafe. El GPS me metió por aquí y pensé: “Bueno, ya que estamos…”.
La plaza funciona como el salón común del pueblo. Siempre hay alguien sentado, alguien pasando, alguien mirando al que llega. En diez minutos saben que no eres de allí. Pero también saben si vienes tranquilo o con prisa, y eso cambia mucho cómo te miran.
La iglesia que marca el centro
La iglesia de Santa María de las Nieves es el edificio que más pesa en el casco urbano. Tiene origen mudéjar, algo bastante habitual en esta parte de la provincia, y se ha ido reformando con los siglos como pasa en muchas parroquias de pueblo: una parte es antigua, otra más reciente, y todo convive sin demasiadas explicaciones.
Dentro se conserva una imagen de Cristo bastante antigua —suele mencionarse como de finales de la Edad Media— que lleva siglos formando parte de la vida religiosa del pueblo.
No esperes un monumento preparado para visitas organizadas. Aquí funciona de otra manera: a veces la puerta está abierta y puedes entrar un momento; otras veces está cerrada y ya está. Es más parroquia que atracción.
Los Pantoja y el pasado señorial
Durante bastante tiempo, desde el siglo XVI hasta principios del XIX, Benacazón estuvo ligado a la familia Pantoja. Eran los señores del lugar, con todo lo que eso implicaba entonces: impuestos, tierras, normas.
Si lo piensas, vivir siglos bajo el mismo señorío deja huella en cualquier sitio. Cuando esos sistemas desaparecieron a comienzos del XIX, muchos pueblos del entorno tuvieron que reorganizarse poco a poco. Aquí la base siguieron siendo los olivares y la agricultura del Aljarafe.
Hoy ese pasado aparece en archivos, en historias que cuentan los mayores y en algunos detalles del urbanismo, pero sobre todo en la memoria local.
Principios de agosto: cuando el pueblo se llena
A comienzos de agosto llegan las fiestas de la Virgen de las Nieves, la patrona. Es el momento en que el pueblo cambia de tamaño: vuelven los que viven fuera, aparecen familiares, amigos… y de repente las calles tienen mucha más vida.
No es una fiesta pensada para atraer gente de lejos. Funciona más como una gran reunión anual del propio pueblo. Hay música por la noche, encuentros entre vecinos y ese ambiente de feria pequeña donde todo el mundo acaba coincidiendo varias veces en la misma esquina.
Si caes por aquí esos días, lo más fácil es que acabes charlando con alguien que te explique de quién es cada casa y quién vivía allí antes.
El Aljarafe más cotidiano
Lo interesante de Benacazón no es tanto “qué ver”, sino el ambiente que tiene alrededor. El Aljarafe aquí se nota en los olivares que rodean el pueblo y en los caminos que salen en cuanto se acaba el asfalto.
No son rutas señalizadas con paneles cada cien metros. Son más bien caminos agrícolas que usan los vecinos para andar, correr o salir con la bici. Si preguntas, alguien te dirá algo del estilo: “tira por ese camino y ya verás”.
Y lo que ves suele ser lo de siempre en esta comarca: olivos en filas largas, alguna nave agrícola, casas de campo dispersas y ese silencio raro de las tardes cuando el calor aprieta.
Cómo encajar una visita
Benacazón funciona mejor como parada tranquila dentro de una vuelta por el Aljarafe que como destino único. Das un paseo por el centro, te acercas a la iglesia, caminas un poco por los alrededores y en un rato ya te haces una idea del lugar.
Primavera y otoño son los momentos más agradecidos para pasear. En verano el calor pega fuerte, aunque el pueblo se anima más por las noches. En invierno todo va más despacio, que también tiene su punto si te gusta ver los pueblos cuando están en modo cotidiano.
Y un consejo de amigo: no vengas buscando una lista de “cosas que hacer”. Aquí la gracia está en sentarte un rato en la plaza, caminar sin rumbo entre calles blancas y mirar alrededor como cuando entras en un bar de barrio por primera vez.
En media hora entiendes el sitio. Y si te quedas un poco más, todavía mejor.