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sobre Bollullos de la Mitación
Localidad famosa por su mosto y la ermita de Cuatrovitas situada en un entorno de pinares y olivares
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Hay un momento, justo cuando sales de la carretera de Sevilla, en el que el aire cambia un poco. Si vienes en temporada de mosto, el coche se llena de ese olor dulce que sale de las bodegas y de los bares del pueblo por la mañana. Bollullos de la Mitación tiene ese tipo de bienvenida: sencilla, de cosas que pasan todos los días y que nadie aquí considera especiales.
Si llegas con el estómago vacío, cuidado. Es fácil bajarse antes de tiempo y acabar sentado en una mesa cuando en teoría ibas solo a dar una vuelta rápida.
El alminar que se hizo ermita
La ermita de Cuatrovitas está a las afueras, entre pinos y casas bajas. La primera vez que la ves piensas algo así como: “¿qué hace una mini Giralda aquí en medio del campo?”. Y más o menos esa es la historia.
Aquello fue una mezquita almohade y el alminar sigue en pie. Con el tiempo el edificio cambió de uso, se reorientó el interior y acabó convertido en ermita. Pero la torre continúa ahí, de ladrillo, con ese aire mudéjar que recuerda mucho a la Giralda de Sevilla, solo que en versión tranquila, sin colas ni cámaras.
Dentro suele oler a cera y a edificio antiguo. No hay grandes montajes ni visitas guiadas constantes. A veces te encuentras a alguien del pueblo que abre la puerta o que está por allí y te dice que pases, como si aquello fuera casi una casa.
Cocido, mosto y la guerra de las tortillas
En Bollullos se cocina bastante con lo que da la tierra alrededor: garbanzos, espinacas, aceite de la provincia. El cocido de chícharos es uno de esos platos que suenan humildes hasta que pruebas el caldo y te das cuenta de que ahí hay horas de fuego lento.
Las papas en amarillo son otro clásico: patatas, especias y poco más. De esas recetas que parecen simples pero que, cuando están bien hechas, te reconcilian con la cuchara.
Y luego está la tortilla campera. Cada bar tiene su versión y cada vecino defiende la suya como si fuera una cuestión de familia. En la feria del pueblo suele haber incluso algún concurso o degustación. Una mujer del lugar me resumió el secreto en una frase muy clara: “no removerla demasiado, que se note que tiene huevos de verdad”. Yo no soy quién para discutir eso.
Un aeródromo a las afueras
A las afueras del pueblo hay un pequeño aeródromo. Llegas por un camino que parece llevar a un cortijo y de pronto ves la pista de tierra y alguna avioneta ligera.
No tiene el ambiente de aeropuerto; más bien parece un club donde la gente viene a volar un rato y a charlar. Los fines de semana suele haber movimiento, gente mirando despegues y algún plan de ocio alrededor, con actividades al aire libre y zonas donde pasar la tarde.
Aunque no te subas a nada, quedarse un rato viendo despegar una avioneta pequeña tiene algo hipnótico. Es como ver despegar un juguete grande.
Romerías, garbanzos y tradiciones que siguen vivas
Las fiestas aquí se viven bastante hacia dentro, más de vecinos que de espectáculo.
La romería de Cuatrovitas es una de las citas grandes del calendario local. Suele celebrarse en otoño y ese día el camino hacia la ermita se llena de caballos, carros, mantones y neveras con mosto que empezó siendo mosto y, según avanza la jornada, se vuelve algo más alegre.
En torno al día de Santiago también hay una procesión muy particular: la Virgen de Cuatrovitas la llevan mujeres del pueblo. Cuando lo comentan lo dicen con naturalidad, como si siempre hubiera sido así.
Y antes de algunas celebraciones se organiza una comida colectiva conocida como la Noche de los Garbanzos, donde el cocido se reparte entre vecinos y la velada acaba entre cantes y conversaciones largas.
Cómo organizar la visita sin complicarse
Bollullos de la Mitación no es un sitio donde quedarse tres días encerrado en un itinerario. Funciona mejor como plan tranquilo: llegar por la mañana, pasear un poco, comer bien y volver a casa con sensación de domingo.
Lo normal es empezar por el centro del pueblo y la iglesia de San Martín, dar una vuelta por las calles cercanas y parar a tomar algo. Luego ya decides.
Si hace buen tiempo, el sendero de Los Playeros conecta la zona de la ermita con pinares cercanos y es un paseo bastante agradecido. No es largo y, en algunos tramos, el móvil deja de tener cobertura, que a veces viene hasta bien.
Si el día sale torcido o llueve, otra opción es acercarse al aeródromo y pasar un rato allí viendo el ambiente.
Yo me fui a mediodía, con esa sensación de haber estado en un sitio donde la vida va a su ritmo. En la autovía todo volvió a oler a asfalto y prisa. Pero durante un buen rato, mientras conducía, seguía pensando en el mosto, el alminar y ese cocido que sabe a comida de domingo en casa.