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sobre Bormujos
Ciudad dormitorio y universitaria del Aljarafe que conserva haciendas de olivar y una fuerte tradición agrícola
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A las nueve de la mañana, en Bormujos, el mosto joven todavía guarda un punto de burbuja y te hace cosquillas en la nariz. En un patio silencioso —de esos que sobreviven detrás de portones gruesos— huele a naranja recién cortada y a almendra tostada. Desde el interior de un convento llega una voz detrás de la reja preguntando cuántos dulces quieres. No se ve a nadie, solo la bandeja que aparece unos segundos después. Es miércoles, pero aquí el calendario muchas veces se mide más por las fiestas del pueblo que por los días de la semana.
El Aljarafe que se asoma a Sevilla
Bormujos amanece con un ruido que mezcla campo y periferia. Pasan los primeros autobuses hacia Sevilla y, si el aire viene del este, también llega el rumor lejano de la autovía. Pero basta doblar una esquina para oír otra cosa: el chirrido de una cancela, una radio encendida en un patio, alguien llenando garrafas en una pequeña bodega doméstica.
El pueblo se extiende sobre la meseta del Aljarafe, apenas un poco más alto que la llanura del Guadalquivir. Esa altura pequeña basta para que, en los días claros, la luz llegue limpia y el horizonte se abra hacia los campos de olivo y las huertas que todavía resisten entre urbanizaciones recientes.
Por la calle Real el trazado antiguo se deja ver si caminas despacio: calles que se estrechan de repente, recodos que parecen entrar en un patio y terminan saliendo a otro. Entre bloques de viviendas aún quedan antiguas haciendas de olivar. Sus portones de ladrillo y cal, a veces medio escondidos tras árboles altos, recuerdan que antes de los pisos y del tráfico esto era un territorio de fincas dispersas y trabajo agrícola.
Corpus con arena en el suelo
Cuando llega junio, algunas calles huelen a serrín mojado y a clavel. Son los días del Corpus Christi. Los vecinos suelen preparar pequeñas alfombras de arena de colores frente a sus casas: dibujos sencillos, a veces un cáliz, otras una torre o un motivo geométrico.
La procesión avanza despacio. Las campanas suenan intermitentes y los niños intentan pasar con cuidado para no deshacer los dibujos antes de tiempo. Al terminar, en la plaza siempre aparece algo fresco para beber. En muchas casas todavía se hace mosto joven embotellado durante pocas semanas, con una burbuja suave y apenas alcohol. Se bebe frío, en vasos pequeños.
Si preguntas por el vino de naranja, es posible que alguien saque una botella casera. Suele tener ese sabor entre amargo y dulce que deja la cáscara cuando se macera con paciencia.
Entre el convento y la universidad
La iglesia de la Encarnación ocupa el lugar donde estuvo la antigua mezquita del pueblo. Dentro el ambiente cambia: piedra fresca, olor a cera gastada y ese silencio espeso de los templos que llevan siglos abiertos. A mediodía la luz entra oblicua por las ventanas altas y se queda suspendida sobre el suelo.
A pocos minutos andando aparece otro ritmo muy distinto. El campus universitario ha traído estudiantes, cafeterías llenas a media mañana y gente con mochila cruzando las avenidas. En las terrazas se ven portátiles abiertos y conversaciones que cambian rápido entre apuntes, fútbol y planes para el fin de semana.
Entre el casco urbano y las facultades queda el parque de Los Álamos. Tiene senderos anchos, algunos corredores que pasan todas las tardes y un pequeño lago donde se paran los patos. Por la mañana coinciden jubilados paseando al perro y estudiantes que atraviesan el parque para llegar a clase.
Cuándo ir y cómo moverse
La primavera suele ser el momento más agradable. El aire todavía corre por el Aljarafe y los campos de alrededor mantienen ese tono verde grisáceo del olivo antes de que el calor apriete.
En verano conviene evitar el centro a mediodía. El asfalto guarda el calor y muchas persianas bajan hasta bien entrada la tarde. Si vienes en días de feria, lo más práctico es dejar el coche en las zonas más abiertas del municipio y moverte andando: algunas calles se llenan de casetas y el tráfico se vuelve lento.
Para estirar las piernas, el corredor verde del río Pudio queda relativamente cerca y mucha gente lo usa para caminar o ir en bici. Es un recorrido fácil, casi siempre llano, aunque en los meses de calor conviene llevar agua porque la sombra aparece a ratos.
Y si en algún bar te sirven el mosto en una botella de plástico reutilizada, probablemente estás probando algo hecho en casa. Es una de esas pequeñas pistas que todavía recuerdan que, bajo el Bormujos que crece hacia Sevilla, sigue habiendo un pueblo.