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sobre Huévar del Aljarafe
Pueblo agrícola del Aljarafe con un casco antiguo cuidado y rodeado de campos de girasol y olivo
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A las siete de la mañana, Huévar del Aljarafe huele a pan recién hecho mezclado con el perfume suave de los naranjos. Desde la plaza, donde la iglesia de San Juan Bautista proyecta su sombra alargada sobre el albero, se oye el primer canto de los gallos y el ruido seco de las persianas metálicas que empiezan a subir. El pueblo —algo más de tres mil vecinos repartidos en casas bajas encaladas— todavía no ha encendido del todo el motor del día y se deja mirar con calma.
Calles que se doblan sobre sí mismas
El casco antiguo no entiende de líneas rectas. Las calles nacen estrechas, se curvan, se vuelven aún más angostas y de pronto desembocan en un pequeño ensanche donde alguien riega macetas todavía en bata. Muchas fachadas guardan portones de madera y zaguanes frescos, de esos donde la temperatura cambia nada más cruzar el umbral.
Si sigues caminando sin rumbo acabas saliendo hacia los bordes del pueblo, donde el terreno empieza a ondularse. El Aljarafe aquí se abre en lomas suaves de olivos, algo de cereal y caminos de tierra clara. En uno de esos altos —conocido como el cerro de San Cristóbal— suelen mencionarse restos antiguos que algunos estudios relacionan con asentamientos muy viejos de la zona, aunque lo que hoy se ve son sobre todo piedras dispersas entre la maleza y buenas vistas hacia la campiña.
Un puchero que despierta el invierno
A finales de enero, Huévar cambia de olor durante unas horas: pimentón, caldo largo y humo de leña. Tradicionalmente por esas fechas se celebra el llamado Festival del Puchero. No es un evento cerrado ni algo que ocurra en un solo sitio; más bien el pueblo entero se organiza alrededor de las ollas.
Desde media mañana empiezan a aparecer mesas en patios, cocheras abiertas o bajo algún toldo improvisado. El puchero suele llevar garbanzos, tocino, huesos salados y embutidos, aunque cada casa lo hace a su manera. Los cuencos salen humeando y el aire se llena del golpe metálico de las cucharas contra la loza.
Conviene llegar temprano. A medida que avanza el día el ambiente se vuelve más ruidoso y cuesta moverse por algunas calles del centro.
Caminos entre olivos en las lomas del Aljarafe
A las afueras de Huévar parten varios caminos agrícolas que atraviesan el paisaje típico del Aljarafe: tierra rojiza, lindes de olivo y tramos donde el viento mueve el trigo si ha sido un año lluvioso. No son montañas propiamente dichas, más bien una sucesión de lomas largas que suben despacio y permiten caminar sin demasiada pendiente.
En marzo y abril el borde de los caminos se llena de amapolas y tagarninas, y el olor a romero aparece cuando el suelo aún guarda algo de humedad de la noche. Desde los puntos más altos, en días claros, se intuye la franja del Guadalquivir al fondo y la llanura que separa esta comarca de Sevilla.
Si vas a caminar por aquí, mejor hacerlo a primera hora o al final de la tarde. El sol cae con fuerza en cuanto entra la primavera avanzada y hay tramos con muy poca sombra.
Cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
– La primavera suele ser el momento más agradecido: los campos están verdes y el aire huele a azahar en muchas calles.
– Entre semana el ritmo del pueblo se mantiene tranquilo. Algunos fines de semana de primavera llega bastante gente desde Sevilla.
– En pleno verano el calor aprieta con facilidad y caminar por los caminos abiertos puede hacerse pesado a mediodía.
– Para los senderos de tierra, mejor calzado cerrado: cuando el suelo está húmedo la arcilla se pega y pesa más de lo que parece.
Al caer la tarde la luz cambia rápido. Las paredes encaladas pasan del blanco a un tono dorado y las sombras de los naranjos se estiran sobre el suelo. Entonces el pueblo vuelve a ir despacio: alguien recoge una sábana del tendedero, un balón rueda por la plaza y el repique del campanario se queda flotando un momento sobre los tejados antes de perderse entre los olivos. Aquí el día suele terminar así, sin mucho ruido.