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sobre Mairena del Aljarafe
Moderna ciudad residencial conectada por metro con Sevilla que conserva haciendas y un parque periurbano
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Las siete y media de la tarde en el intercambiador de Ciudad Expo. El sol todavía cae con fuerza sobre la plaza, pero los olivos del Aljarafe ya empiezan a alargar la sombra sobre el asfalto. Los viajeros salen del metro con esa prisa tranquila de quien vuelve de trabajar en Sevilla: mochilas al hombro, auriculares puestos, el paso algo cansado. Quien se acerque con curiosidad por el turismo en Mairena del Aljarafe se encuentra primero con esto: una ciudad viva entre semana, muy pegada al ritmo de la capital.
Mairena no es un pueblo que se descubra de golpe. Creció deprisa a finales del siglo pasado, cuando muchas familias buscaron casa al otro lado del Guadalquivir pero sin alejarse demasiado de Sevilla. Todavía queda esa sensación de lugar relativamente reciente: aceras amplias, parques con columpios que aún no crujen, calles largas donde el sol pega de lleno al mediodía. Aquí el paisaje urbano convive con algo más antiguo que resiste en los márgenes: olivares, caminos de tierra, algún cortijo que aparece entre rotondas.
El olor a pan temprano y el metro llegando
Cuando el metro se marcha, queda un silencio breve antes de que llegue el siguiente. A esa hora empiezan a abrir algunas panaderías y el olor dulce se mezcla con el aire tibio de la tarde. Muchas de las viviendas que rodean la estación son bloques relativamente recientes, levantados cuando el Aljarafe empezó a llenarse de urbanizaciones.
Un poco más lejos está el PISA, el polígono donde trabajan muchas personas de la zona. Durante el día es un ir y venir de coches; por la noche se queda casi vacío, con las farolas iluminando filas de naves y aparcamientos amplios.
En el centro del municipio aparece la iglesia de San Ildefonso, levantada sobre un lugar donde antiguamente hubo culto musulmán, algo habitual en muchos pueblos del entorno tras la conquista castellana del siglo XIII. El edificio actual responde a ese barroco sevillano bastante sobrio que se repite por la comarca. Desde la escalinata se ve un mosaico de tejados rojizos que se extiende por el Aljarafe, interrumpido por pinos altos de algunas urbanizaciones: Simón Verde, Lepanto, Ciudad Aljarafe. Barrios donde el coche sigue siendo parte del paisaje cotidiano y las piscinas comunitarias empiezan a oler a cloro en cuanto llega mayo.
Cuando el Aljarafe era campo de labor
Antes de urbanizaciones, metro y centros comerciales, esta zona era sobre todo tierra de cultivo. El nombre de Mairena suele relacionarse con un origen árabe —algo que comparten muchos topónimos del Aljarafe— y durante siglos el paisaje fue básicamente agrícola: olivares, pequeñas huertas y caminos que conectaban cortijos dispersos.
Tras la conquista cristiana de Sevilla en 1248, estas tierras pasaron a manos de distintos señoríos. Con el tiempo acabarían vinculadas a grandes casas nobiliarias sevillanas, como ocurrió en buena parte de la comarca. De ese pasado quedan todavía algunos cortijos aislados entre urbanizaciones más recientes: muros encalados, portones grandes de madera, tejas árabes que asoman entre los árboles.
La feria del pueblo suele celebrarse a comienzos del verano. El recinto ferial se monta cerca de las instalaciones deportivas y el ambiente tiene bastante de reunión vecinal: peñas que organizan su propia caseta, música que cambia según la hora, familias enteras entrando y saliendo. A partir de la madrugada el sonido de las sevillanas se mezcla con conversaciones largas, mientras algunos niños ya duermen en los coches aparcados cerca.
La hora en que los olivos cambian de color
Si uno se aleja un poco de las avenidas principales todavía es fácil encontrar caminos de tierra entre olivares. Al final de la tarde, cuando el sol baja hacia el oeste, las hojas plateadas empiezan a reflejar la luz y el campo cambia de color cada pocos minutos.
En algunos altos de la zona —pequeños cerros que apenas destacan sobre la meseta del Aljarafe— se entiende bien cómo ha crecido Mairena. Desde arriba se ve la línea del metro avanzando hacia Sevilla, bloques residenciales bastante ordenados y, alrededor, manchas de campo que todavía resisten. También se distinguen edificios públicos más recientes, con grandes superficies de cristal que reflejan el cielo del atardecer.
La romería del Rocío también tiene presencia aquí, como en muchos municipios de Sevilla. Cuando llega Pentecostés, varias hermandades del Aljarafe parten hacia la aldea onubense. Es habitual ver preparativos días antes: trajes planchados, carros engalanados, gente organizando el camino con esa mezcla de ilusión y cansancio que siempre acompaña a las romerías largas.
Cómo llegar y cuándo venir con calma
El metro conecta Mairena con Sevilla de forma directa, algo que ha cambiado mucho la vida diaria del municipio. En hora punta los trenes pasan con bastante frecuencia y el trayecto hasta el centro de la capital es corto, lo suficiente como para evitar el coche si vas a moverte entre ambos sitios.
Si prefieres pasear con algo de tranquilidad, los días entre semana suelen ser más llevaderos que los fines de semana en las zonas comerciales del municipio, donde se concentra bastante movimiento de toda la comarca.
En pleno verano el calor aprieta fuerte, como en casi todo el Aljarafe: mucho sol, asfalto caliente y pocas sombras a mediodía. En cambio, octubre y noviembre tienen una luz suave que le sienta bien a los olivares. Las tardes se alargan despacio y el aire empieza a oler a aceituna madura en los campos cercanos. Ahí Mairena recupera algo del paisaje que había antes de que llegaran las urbanizaciones.