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sobre Pilas
Centro industrial del Aljarafe conocido por la aceituna de mesa y su cercanía a Doñana
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la SE-30, en el que el olivar se vuelve tan denso que parece que alguien ha pintado la tierra con un rotulador verde oscuro. Alrededor de Pilas hay miles de hectáreas de olivos de mesa —aquí el aceite no es el protagonista— que rodean el pueblo como si fuera un islote dentro de un mar de hojas plateadas. Y eso es, más o menos, lo que es Pilas: un lugar donde Sevilla se acaba y empieza algo más lento, más bajo, más de “qué prisa tenemos”.
El pueblo que no vende nada
Llegué un sábado a las doce, que es la hora en la que los pueblos andaluces parecen dormidos pero en realidad están desayunando en el bar. Aparqué cerca de la Plaza Isabel II, que suena a sitio de Madrid pero aquí es más bien un parque grande donde suele haber gente paseando, bancos a la sombra y un par de lagos con patos. Un señor les tiraba pan de molde con una calma que parecía casi un ritual de fin de semana.
Pilas no tiene un casco histórico que te deje boquiabierto. No hay murallas ni castillos ni una catedral que obligue a sacar la cámara nada más llegar. Lo que hay es un pueblo que funciona: casas bajas del color de la tierra, calles tranquilas, persianas medio bajadas al mediodía y un ayuntamiento que recuerda a esas casas antiguas de familia grande, con balcón de forja y escudo en la fachada.
La iglesia que se hizo grande
La iglesia de Santa María la Blanca es el edificio que más llama la atención cuando paseas por el centro. Es del siglo XVIII, aunque el ladrillo y la cal le dan ese aire que en Andalucía parece fuera del tiempo. Está en una pequeña elevación y el campanario se lleva casi toda la mirada, como cuando alguien alto se pone delante en una foto y al final es lo único que sale bien encuadrado.
Dentro huele a cera y a domingo. No suele haber gente haciendo cola ni visitas guiadas con auriculares. A veces te cruzas con alguien limpiando o preparando algo para la misa. Yo estuve unos diez minutos, dando una vuelta tranquila. A veces los sitios no necesitan más tiempo para entenderlos.
El camino que no te espera
Lo mejor de Pilas no siempre está en el propio pueblo, sino alrededor. El Corredor Ecológico del Arroyo de Pilas es un sendero largo —unos cuantos kilómetros siguiendo el arroyo— donde el paisaje cambia a ese típico bosque de ribera con sombra, agua y olor a campo.
No es Doñana ni un camino famoso lleno de mochileros. Es más bien un recorrido que usan vecinos para caminar, montar en bici o simplemente salir un rato. Hay puentes de madera, acequias, tramos con romero y jaras.
Fui en primavera y me crucé con un chaval con mochila del instituto que atravesaba el arroyo por unas piedras. Pensé: “este tiene un camino al cole bastante mejor que muchas carreteras de entrada a ciudad”. Eso resume bastante bien el ambiente de la zona: la gente está aquí porque vive aquí, no porque venga a tacharlo de una lista.
El seminario que cambió de vida
A finales de los años cincuenta se construyó en Pilas un Seminario Menor. Funcionó poco tiempo y acabó cerrando. El edificio sigue en pie, aunque hoy tiene otro uso y está adaptado para celebraciones y alojamientos.
Desde fuera se ve un recinto grande, con palmeras y jardines. Un vecino me contó que hoy en día se celebran bodas y eventos. Tiene algo curioso: esos edificios enormes pensados para otra época que terminan encontrando una segunda vida años después.
Pollo con arroz y sin más
Aquí no vas a encontrar un plato con nombre rimbombante asociado al pueblo. Lo que aparece en las mesas suele ser cocina de casa: pollo con arroz, tagarninas con huevos cuando es temporada, potajes de acelga en invierno.
En un bar cerca del parque me pusieron un plato que llevaba pollo, arroz, garbanzos y algo verde que podía ser espinacas o acelgas. De esos platos que no salen en las guías pero te dejan bien comido. Nada espectacular, pero tampoco hacía falta.
Lo mejor fue el pan: corteza crujiente, miga blanda. De ese que te comes media barra antes de que llegue el segundo plato. Pedí una cerveza y me la trajeron en vaso de tubo sin demasiadas preguntas. Ese pequeño gesto también dice bastante del sitio: aquí no hay menú pensado para turistas porque casi no los hay.
Tres horas o toda la vida
Me fui sobre las cuatro, cuando el sol empezaba a bajar y las sombras de los olivos se alargaban sobre la carretera. Había visto lo que quería ver: un pueblo que no intenta impresionarte.
Pilas es ese tipo de sitio al que llegas cuando has visto ya muchas cosas en la provincia y te queda una tarde suelta antes de volver a Sevilla. O al que vas cuando te cansas del ruido de la ciudad y quieres recordar que, a media hora, el ritmo es otro.
No es el pueblo más bonito de Andalucía. Tampoco el más animado. Pero tiene algo que a veces cuesta encontrar cuando viajas: normalidad. Y eso, cuando haces turismo rural, termina teniendo bastante valor.