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sobre Salteras
Conocida por sus bandas de música y su gastronomía de carnes a la brasa en el Aljarafe
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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a caer sobre el Aljarafe, las sombras de los olivos se estiran junto a la carretera y el aire de Salteras a veces trae olor a azahar mezclado con pan reciente. Desde la zona de la Cárcava del Chorrito el valle del Guadalquivir aparece abierto y ancho, con parcelas agrícolas dibujando círculos y rectángulos que cambian de color según la época del año. A esa hora el pueblo baja el ritmo: la mañana ya pasó y la tarde aún no ha arrancado del todo.
La iglesia que ha ido cambiando con los siglos
La torre de Santa María de la Oliva se ve desde casi cualquier punto del casco urbano. Los azulejos claros de la parte alta reflejan la luz cuando el sol está bajo y sirven un poco de referencia para orientarse por las calles del centro.
El edificio actual se levantó sobre construcciones anteriores y, como ocurre en muchos pueblos del Aljarafe, ha ido cambiando con el tiempo. Se suele mencionar el terremoto de Lisboa de 1755 como uno de los momentos en que el templo necesitó reparaciones importantes. Dentro quedan elementos de distintas épocas: retablos, pinturas y piezas que han ido llegando o restaurándose con los siglos.
En el suelo de la iglesia hay también piedras reutilizadas de etapas anteriores. Algunas llaman la atención porque tienen inscripciones muy antiguas, desgastadas por los pasos de generaciones enteras. No siempre está claro de dónde proceden exactamente, pero recuerdan que el lugar lleva ocupado mucho más tiempo que el edificio actual.
Barro, loza y memoria de talleres
En Salteras se recuerda todavía la relación con la cerámica y la loza que se producía en la zona de Sevilla. En un pequeño espacio expositivo municipal se muestran piezas relacionadas con esa tradición: platos, jarras, lebrillos y azulejos que dejan ver el grosor irregular del trabajo hecho a mano.
No es un museo grande ni especialmente moderno. A veces se proyectan vídeos antiguos donde aparecen operarios trabajando en el torno o aplicando esmalte con pincel. Las imágenes tienen ese color apagado de las grabaciones de hace décadas: taburetes bajos, delantales manchados, manos moviéndose con rapidez sobre el barro.
Conviene comprobar antes si está abierto, porque los horarios suelen ser limitados y no siempre coinciden con los fines de semana.
Cuando suenan las bandas
En un pueblo de algo más de cinco mil habitantes sorprende que haya dos bandas de música con tanta actividad. En Salteras es algo muy arraigado. Durante los ensayos, normalmente por la tarde entre semana, el sonido de los metales y la percusión se escapa por las ventanas de los locales donde practican.
Si pasas cerca, lo que llega a la calle son fragmentos: un pasodoble que se corta a mitad, un redoble que se repite varias veces, trompetas calentando antes de empezar. No es un concierto, es trabajo. Jóvenes y veteranos sentados en filas, repitiendo compases hasta que todo encaja.
Luego esas mismas bandas acompañan procesiones, fiestas del pueblo y actuaciones fuera de Andalucía. Pero aquí, en Salteras, forman parte de la vida cotidiana igual que las campanas o el tráfico de la carretera que cruza el municipio.
Lo que suele aparecer en las mesas
No hay un plato exclusivo del pueblo, pero en muchas casas y bares del Aljarafe aparecen recetas que se repiten generación tras generación. Las espinacas con garbanzos son una de ellas: olor a comino, pan asentado que espesa la salsa y algo de hierbabuena fresca.
También es habitual el vino aromatizado con cáscara de naranja amarga, servido en vasos pequeños. Más que una bebida formal, aquí funciona como acompañamiento de conversación lenta.
Cuando los naranjos están en flor, los pétalos caen sobre las mesas de las terrazas sin que nadie les preste demasiada atención. Es algo tan normal que apenas se comenta.
Cómo y cuándo acercarse
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por el entorno de Salteras: el campo del Aljarafe está verde y el olor del azahar aparece en muchos rincones del pueblo. En verano el calor aprieta, aunque por la tarde suele levantarse algo de brisa.
Si vienes en coche un fin de semana, es más sencillo dejarlo en las zonas deportivas o en calles algo más alejadas del centro. Las calles del casco urbano son estrechas y encontrar sitio puede llevar más tiempo del que parece.
Para acercarte a la Cárcava del Chorrito, mejor evitar el mediodía. Apenas hay sombra y la piedra devuelve el calor. A primera hora o al caer la tarde la luz cambia por completo: el valle se llena de sombras largas y los pueblos del otro lado del Guadalquivir se distinguen en la distancia, casi flotando sobre la llanura.