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sobre Villanueva del Ariscal
Tierra de vinos con bodegas centenarias y una gastronomía muy ligada al mosto y la cocina tradicional
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Las almendras crujen entre los dientes como si fueran nieve seca. Es el primer sorbo de ajoblanco en una venta de carretera, a la sombra de un corcho viejo, y entiendo por qué en Villanueva del Ariscal la gente desayuna frío incluso en pleno agosto. El aire huele a mosto recién prensado y a pan de pueblo que aún está tibio dentro del papel. Son las diez de la mañana y el termómetro ya roza los treinta y dos.
Villanueva del Ariscal se asoma al Aljarafe desde una meseta donde corre algo de aire cuando el valle está parado. Bajo los pies, la carretera de acceso serpentea entre olivos tan viejos que sus troncos parecen esculturas torcidas por el tiempo. Arriba, el campanario de la iglesia del Rosario marca el pulso de un pueblo que sigue muy ligado al campo y al vino.
El sabor de la tierra
Entrar en la trastienda de una bodega familiar aquí es casi como colarse en la cocina de alguien. El mosto gotea lentamente por un tubo metálico y cae en una cubeta con un sonido fino, constante. El olor es dulce, fermentado, con ese fondo de madera húmeda que tienen los lagares antiguos.
En el pueblo quedan todavía un par de bodegas históricas. A veces se pueden visitar si preguntas con tiempo. No hay visitas preparadas ni discursos memorizados: alguien abre una puerta, enseña los depósitos y acaba sirviendo un vaso pequeño de mosto recién sacado. Si la conversación se alarga, suele aparecer algo de chacina en la mesa y salen historias de vendimias antiguas, cuando las uvas todavía se pisaban a pie.
Cuando llega la feria de verano, hacia finales de agosto, las casetas suelen montarlas las peñas del pueblo. Madera, guirnaldas de papel, ventiladores que giran despacio y olor a parrilla desde media tarde. Los espárragos trigueros salen directamente del hierro al plato, y se comen con los dedos todavía demasiado calientes. En muchas casas aparece también el solomillo al whisky: trozos de carne salteados con un chorro generoso de whisky y servidos en platos de barro que llevan décadas en la familia.
La iglesia que no esperas
La iglesia de Nuestra Señora del Rosario se levanta en la plaza con esa discreción que tienen muchas iglesias del Aljarafe. Fachada clara, rejas algo gastadas y el sonido de una moto que pasa por la calle de al lado.
Dentro cambia la atmósfera. La puerta de madera se cierra y el olor a cera y piedra fría se queda suspendido en el aire. El órgano antiguo conserva todavía buena parte de sus tubos metálicos, y cuando suena —a veces durante ensayos o celebraciones— la nave se llena de un sonido profundo que rebota despacio en las paredes.
En uno de los laterales hay un conjunto de azulejos de principios del siglo XX que narran episodios de la historia local en azul y blanco: figuras romanas, escenas medievales, agricultores con herramientas. No buscan impresionar; cuentan lo suyo con calma.
Cuando el campo se viste de fiesta
Cada primavera, en torno a la festividad de San Isidro, el pueblo suele salir en romería hacia una ermita situada a unos kilómetros. No es una romería pensada para visitantes. Las mantillas salen de los armarios familiares y el traje corto vuelve a ajustarse después de muchos meses guardado.
Las carretas se adornan con ramas de olivo, flores de papel y algún altavoz apoyado en el maletero de un coche. Suenan sevillanas mientras los caballos avanzan despacio por la carretera. En la ermita se comparte comida sencilla: pan, aceite, algo dulce para los niños. Al caer la tarde, el regreso levanta una nube fina de polvo que se queda pegada a los zapatos.
Un paseo entre olivos
A primera hora de la mañana, cuando todavía corre algo de fresco, hay varios caminos agrícolas que salen de las afueras del pueblo y se meten entre olivares. No todos están señalizados, pero los vecinos los usan a diario para caminar o salir en bici.
El terreno sube y baja suavemente. Entre los troncos retorcidos aparecen matas de romero y tomillo que perfuman el aire cuando el sol empieza a calentar. Desde algunos altos del Aljarafe, si el día está claro, se alcanza a ver la llanura del Guadalquivir extendiéndose hacia Sevilla como una franja plateada.
Conviene salir temprano gran parte del año. Aquí el calor no avisa: a media mañana ya cae de lleno sobre los caminos.
Cómo y cuándo
Villanueva del Ariscal queda a poca distancia de Sevilla, en el Aljarafe. Desde la autovía que cruza la comarca se llega en pocos minutos por carreteras locales rodeadas de olivos.
La primavera suele ser el momento más agradable para caminar por los alrededores. El campo todavía guarda humedad, el aire trae olor a azahar de los naranjos cercanos y las tardes se alargan sin el calor duro del verano.
En agosto el ambiente cambia. Muchos sevillanos vuelven al pueblo familiar y las calles se llenan más de lo habitual. Si buscas tranquilidad, mejor moverse a primera hora del día o entre semana.
Para comer o tomar algo, lo más sencillo es preguntar. En las carreteras cercanas hay ventas de las de toda la vida, con manteles de papel y platos que dependen de lo que haya entrado en cocina esa mañana. El ajoblanco aparece casi siempre, incluso fuera de temporada.
Y si tienes ocasión, llévate una botella de mosto del terreno. No es vino todavía: es turbio, dulce y ligeramente espeso. Bien frío, en vasos pequeños, sabe exactamente a lo que huele el campo alrededor de Villanueva del Ariscal cuando empieza la vendimia.