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sobre Alcolea
Pueblo alpujarreño rodeado de olivos centenarios; famoso por su aceite de oliva de alta calidad
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El día que llegué a las calles de piedra de Alcolea, el sol de mediodía dibujaba sombras rectas sobre las fachadas blancas y los muros de barro. En Alcolea, el silencio de esas horas se mezcla con el sonido del agua que corre por alguna acequia cercana y con el olor seco de la tierra calentándose. La luz rebota en los azulejos antiguos y en las piedras labradas de las esquinas, y entre los bancales llega un aroma leve a hierbas y a huerto recién regado.
Situado a unos 700 metros de altura, en la vertiente sur de Sierra Nevada y dentro de la Alpujarra Almeriense, el pueblo conserva muchas huellas del pasado andalusí. Las acequias siguen llevando agua desde manantiales de la sierra y los bancales escalonados alrededor del casco urbano muestran hasta qué punto la agricultura ha marcado el ritmo de este lugar. Todavía hay vecinos que pasan buena parte del día entre huertos, almendros y olivos.
Acequias y bancales alrededor del pueblo
Fuera del núcleo urbano, el agua corre despacio entre muros de tierra y piedra. Las acequias atraviesan parcelas pequeñas, algunas muy cuidadas, otras medio abandonadas donde crecen higueras y cañas.
Caminar por estos márgenes es una forma sencilla de entender cómo se organizó el paisaje durante siglos. Los bancales siguen la pendiente natural y, cuando el día está claro, desde algunos puntos se abre el valle del río Andarax con las lomas secas del fondo y Sierra Nevada más difusa al norte.
Si vienes en verano conviene salir temprano. A partir del mediodía el calor aprieta y apenas hay sombra en los caminos agrícolas.
Las calles alrededor de la iglesia
El centro de Alcolea se organiza alrededor de la iglesia de la Encarnación, levantada tras la conquista cristiana sobre la estructura de un antiguo alminar. Desde la plaza salen calles estrechas, algunas empedradas, que suben y bajan con pequeñas curvas.
Las casas mantienen rasgos muy propios de la Alpujarra: muros gruesos, techos planos cubiertos con launa y chimeneas cilíndricas que sobresalen sobre las azoteas. En varios puntos aparecen pasadizos bajo arcos bajos donde la temperatura cambia de golpe y el aire se vuelve más fresco.
A última hora de la tarde la luz entra de lado por estas calles y las fachadas blancas toman un tono anaranjado muy suave.
Caminos que conectan con otros pueblos
Desde Alcolea salen antiguos senderos de herradura que durante años comunicaron los pueblos de la zona. Algunos todavía se utilizan para caminar entre olivares, almendros y pequeños cultivos de huerta.
Hay rutas que enlazan con localidades cercanas como Alsodux o Bentarique siguiendo trazados tradicionales. No son caminos complicados, pero en los meses calurosos conviene llevar agua y evitar las horas centrales del día: muchos tramos quedan completamente expuestos al sol.
El paisaje aquí es abierto y bastante seco, con barrancos que en invierno suelen llevar algo de agua y en verano quedan casi silenciosos.
Lo que se come en las casas de la zona
La cocina local sigue muy ligada a lo que sale de la tierra. Tomates, pimientos, calabacines o hierbas aromáticas aparecen en muchos platos sencillos que se preparan en las casas.
Las migas alpujarreñas siguen siendo habituales en reuniones familiares o en días de frío. También es común el choto al ajillo y los guisos de verduras con huevo. Son platos contundentes, pensados para jornadas largas de trabajo en el campo.
Fiestas y vida tranquila
Las fiestas dedicadas a la Virgen de la Encarnación suelen celebrarse hacia finales de agosto. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en la calle, reuniones de vecinos y alguna procesión que atraviesa las calles principales.
El resto del año la vida aquí transcurre sin demasiado ruido. Por la tarde es habitual ver a la gente sentada cerca de las fuentes o hablando en las puertas mientras baja la temperatura.
En Alcolea no hay grandes monumentos ni espacios preparados para el turismo masivo. Lo que hay son detalles pequeños: el sonido constante del agua en una acequia, el polvo claro de los caminos entre bancales, el olor a leña algunas noches de invierno. Cosas que aparecen despacio, si se camina sin prisa por el pueblo y sus alrededores.