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sobre Alhama de Almería
Conocida como la puerta de la Alpujarra; famosa por sus aguas termales y balneario histórico
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Llegué a Alhama de Almería con los pies hechos un asco. Había pasado la mañana perdiéndome por carreteras de la Alpujarra que prometían ser “cortas” en el mapa y resultaron ser el equivalente rural a ese atajo que te inventa el GPS y acabas en medio de ninguna parte. Cincuenta minutos de curvas después, el coche olía a frenos y yo a desesperación. Pero entonces apareció el pueblo, ahí arriba, como si alguien lo hubiera colocado sobre una pequeña atalaya para que el valle del Andarax se extienda a sus pies.
El balneario cuando el cuerpo ya no quiere coche
Lo primero que hice fue lo que hace cualquiera que lleva horas agarrado al volante: buscar el balneario de Alhama. No es un spa moderno de esos con música ambiental y batas blancas. Aquí la historia pesa más que el marketing.
Las aguas termales brotan desde hace siglos; ya los romanos aprovecharon el manantial. El edificio actual tiene ese aire decimonónico de los balnearios clásicos: galerías, piedra, y una sensación de que por aquí han pasado generaciones enteras a “tomar las aguas”.
El agua es caliente de verdad, con ese olor suave a azufre que te recuerda que no estás en una piscina cualquiera. Después de un rato dentro, la espalda deja de protestar. No voy a decir que salí nuevo, pero sí bastante menos rígido que cuando entré.
Aquí se sigue comiendo como en casa de un familiar del campo
Una cosa que me gusta de Alhama es que la cocina no se ha vuelto tímida. En muchos pueblos de montaña todo acaba pareciéndose a un menú estándar. Aquí todavía salen platos que parecen de domingo largo.
El choto al ajo cabañil aparece mucho en las cartas de la zona, y cuando está bien hecho tiene ese punto entre potente y casero que te obliga a mojar pan aunque ya estés lleno. También es fácil encontrar embutidos de elaboración local, de los que se hacen con tiempo y sin demasiadas prisas.
Y luego están las gachas saladas. El nombre no ayuda mucho, lo sé. Pero imagina algo entre guiso y crema espesa, con harina, pimiento, tomate y lo que toque ese día. Comida humilde, contundente, de las que nacieron para aguantar jornadas largas de trabajo.
Subir al cerro del castillo
Arriba del todo está el cerro donde quedan restos de una antigua fortaleza conocida como El Castillejo o Los Castillejos. Desde la plaza se llega caminando en un rato, aunque el último tramo tiene su cuesta.
Lo que queda hoy son algunos muros y torres muy deterioradas, pero el lugar se entiende enseguida: desde allí se domina todo el valle del Andarax. Naranjos, limoneros, bancales… y al fondo las sierras que cierran la comarca.
Algunos paneles sitúan el origen del castillo en época nazarí, probablemente como punto de vigilancia del valle. Viéndolo desde arriba, tiene lógica: cualquiera que entrara por aquí se veía venir desde bastante lejos.
Un paseo tranquilo junto al Andarax
Después de comer, cuando el cuerpo pide siesta pero la cabeza todavía quiere moverse un poco, hay un paseo fácil cerca del río Andarax. Sale por la zona del balneario y discurre entre arboledas y cultivos.
No es una ruta exigente. Más bien un camino para caminar sin pensar demasiado, escuchando el agua y viendo cómo cambia el paisaje del valle según la luz de la tarde.
Si te apetece algo más arqueológico, por los alrededores también hay senderos que llevan hasta la Loma de Galera, donde se conserva una necrópolis prehistórica con varias tumbas megalíticas. Son construcciones de piedra muy antiguas, de varios miles de años. Verlas allí, en mitad del campo, hace que el valle parezca todavía más antiguo de lo que ya parece.
Un pueblo para parar sin demasiada planificación
Alhama no es un lugar que funcione por temporadas. Tiene sus fiestas a lo largo del año, como muchos pueblos andaluces, pero la vida aquí sigue un ritmo bastante constante.
Puedes venir en invierno y disfrutar del contraste entre el aire fresco y el agua caliente del balneario. O en primavera, cuando los huertos del valle están especialmente verdes. En verano el calor aprieta, pero también es cuando el pueblo se anima más por las noches.
Lo bueno es que la visita es sencilla: aparcas en la entrada, cruzas un par de calles y en pocos minutos estás en la plaza viendo la vida pasar. Gente charlando, algún vecino que se para a comentar el día, y ese ritmo pausado que tienen los pueblos cuando no necesitan demostrar nada a nadie.
Y sí, si alguien te pregunta por qué vas a Alhama de Almería, puedes decir que vas a “tomar las aguas”. Suena antiguo, casi elegante. Pero en este caso es bastante literal: el manantial sigue ahí, saliendo de la tierra como lleva haciendo desde hace siglos.