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sobre Alicún
Pequeño municipio alpujarreño de origen árabe; conserva el trazado urbano islámico y fuentes naturales
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Deja el coche en la entrada. Las calles son estrechas y no están hechas para dar vueltas. Si vienes en verano, hazlo a primera hora o al atardecer; a mediodía el sol pega fuerte y hay pocos rincones con sombra.
Un pueblo de la Alpujarra Almeriense
Alicún se ve rápido. Es pequeño. Sus casas son las típicas de la zona: blancas, con tejados planos y esas chimeneas cilíndricas que sobresalen. No hay mucho más que callejear entre cuestas. La iglesia parroquial marca el centro, por si te pierdes.
Desde algunos sitios, sobre todo en la parte alta, se ve el valle. Si el día está despejado, al fondo aparece Sierra Nevada.
Los bancales de siempre
Rodeando el pueblo están las terrazas de cultivo. Son viejas. Aquí se planta olivo, almendro y poco más. Es un paisaje trabajado, no uno especialmente bonito. Un mosaico de secano que aún se mantiene, aunque ya no con la gente de antes.
Pasear por los caminos entre bancales es la forma de ver cómo es esto.
Senderos sin pretensiones
Hay veredas que salen del pueblo hacia cortijos o otros pagos. Son pistas de tierra, las de siempre, usadas ahora por algún vecino o para dar un paseo. El terreno es el que hay: algo de cultivo y mucho matorral bajo. No están señalizados como una ruta turística. Si te adentras, lleva agua y fíjate por dónde vas.
Comida y fiestas
Se come lo de por aquí: platos fuertes como migras o choto. Las fiestas son las típicas del calendario rural andaluz: verano o santos locales.
Consejo práctico
No vengas buscando nada del otro mundo. Aparca fuera, recorre sus calles en media hora, échale un vistazo al valle desde arriba y date una vuelta por los bancales cercanos. Si te quedas más tiempo será porque quieres estar tranquilo