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sobre Almócita
Pueblo ecológico y sostenible de la Alpujarra; destaca por sus murales artísticos y arquitectura morisca
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¿Sabes cuando llegas a un sitio y lo primero que piensas es que aquí todo va un poco más despacio? No porque esté abandonado, sino porque nadie tiene prisa. El turismo en Almócita empieza un poco así. Subes por la carretera desde el valle, aparcas donde buenamente se puede, y de repente estás en un pueblo pequeño —apenas algo más de doscientos vecinos— donde el ruido más constante suele ser el viento o alguna conversación en la plaza.
Las casas blancas parecen salir de la misma ladera y las calles suben y bajan como si hubieran seguido el terreno sin discutirle mucho. Es la Alpujarra, claro, pero en versión tranquila.
Un casco urbano pequeño que se recorre en un rato
El centro del pueblo gira alrededor de la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, levantada hacia el siglo XVI. No es un edificio monumental, pero sirve de referencia: cuando te metes por las calles estrechas y pierdes la orientación, el campanario suele ayudarte a ubicarte otra vez.
El casco urbano es compacto. En media hora lo has recorrido sin forzar el paso. Verás viviendas con muros gruesos, madera oscura en balcones y esas azoteas planas cubiertas con launa —una mezcla de arcilla muy típica de la zona— que también aparece en otros pueblos de la Alpujarra.
A mí me recordó a esos sitios donde parece que cada casa se fue añadiendo poco a poco, según hacía falta, sin un plano demasiado claro. Y precisamente por eso todo encaja.
Acequias, bancales y paisaje alrededor
En cuanto sales dos calles del centro ya aparecen los bancales. Olivos, almendros y pequeñas huertas que todavía se riegan con acequias heredadas del periodo andalusí. En muchos tramos el agua sigue corriendo a cielo abierto, sin demasiada señalización ni explicaciones.
Aquí no hay un recorrido preparado ni carteles contando la historia. Caminas y punto. Si te fijas, ves cómo el agua se reparte entre las parcelas y entiendes por qué estos sistemas han aguantado tantos siglos.
Desde algunos puntos altos del pueblo se ve bien el mosaico de terrazas agrícolas. En primavera, cuando florecen los almendros, las laderas se llenan de blanco y rosado. Las fotos salen bien, sí, pero en directo el contraste con la sierra es otra cosa.
Caminos cortos para estirar las piernas
Almócita también sirve como punto de partida para caminar un rato por la zona. Hay senderos y pistas que conectan con barrancos cercanos y con otros pueblos de la Alpujarra Almeriense, como Padules o Alsodux.
No son rutas técnicas, pero el terreno tiene lo suyo: subidas constantes, suelo pedregoso y bastante sol cuando llega el verano. Conviene llevar agua aunque el paseo parezca corto.
En época de floración de los almendros suele organizarse alguna ruta por los alrededores del pueblo. Es de esas caminatas sencillas que la gente hace más por el paisaje que por el deporte.
Lo que se come aquí
La cocina local va directa al grano. Migas, choto al ajillo, gachas de maíz y dulces tradicionales como los roscos de vino aparecen bastante en las mesas de la zona.
No esperes platos delicados ni presentaciones modernas. Es comida pensada para después de trabajar en el campo o pasar la mañana caminando por la sierra: contundente y sin demasiadas vueltas.
Fiestas y vida del pueblo
Las celebraciones principales giran alrededor de Nuestra Señora del Rosario, que suele festejarse a principios de octubre. Es cuando regresan muchos vecinos que viven fuera y el pueblo se llena más de lo habitual.
También hay procesiones en Semana Santa, bastante sobrias, y en mayo se decoran cruces con flores y mantones. Durante agosto suelen organizarse actividades culturales y encuentros que animan un poco el verano.
No es un calendario pensado para atraer multitudes. Son fiestas que siguen haciéndose porque el pueblo siempre las ha hecho.
Cómo llegar a Almócita
Desde Almería capital el trayecto ronda los 50 minutos en coche. La carretera sube hacia la Alpujarra entre curvas y cambios de paisaje bastante rápidos: zonas secas del valle y, poco a poco, más vegetación en las laderas.
No es una conducción complicada, pero conviene tomárselo con calma.
Al final, Almócita es ese tipo de pueblo al que llegas sin grandes expectativas y del que te vas pensando que has estado un rato en la Alpujarra más tranquila. Calles cortas, bancales alrededor y la sensación de que aquí el reloj funciona de otra manera. Sin grandes discursos, simplemente así.