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sobre Illar
Pequeño pueblo del valle del Andarax; destaca por su fuente y tranquilidad rural
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Al caer la tarde, cuando el sol baja detrás de las lomas del Andarax, la luz rebota en las paredes encaladas y se queda unos segundos más de lo esperado en los bancales de piedra que rodean el pueblo. Ese momento explica bastante bien cómo es el turismo en Illar: silencioso, sin prisa, con el sonido de las acequias cuando llevan agua y algún mirlo cruzando de una huerta a otra.
Illar, en la Alpujarra almeriense, ronda los 492 habitantes. El caserío se agarra a la ladera a unos 400 metros de altitud, mirando hacia el valle. Desde los alrededores de la iglesia de la Encarnación —un edificio de origen mudéjar reconstruido tras la etapa morisca— se entiende bien la forma del terreno: terrazas agrícolas que bajan escalonadas, con muros de piedra que llevan aquí generaciones.
En días claros, desde algunos puntos altos del pueblo se abre la vista hacia las montañas cercanas y, muy al fondo, una línea azul que suele ser el Mediterráneo.
Calles empinadas y casas que miran al valle
Moverse por Illar implica subir y bajar. Las calles tienen esa pendiente típica de los pueblos de la Alpujarra y el suelo cambia a menudo entre asfalto, cemento y tramos de piedra más antigua que cruje bajo los zapatos.
Las casas mantienen rasgos tradicionales: dos plantas, chimeneas cónicas y balcones de madera que sobresalen ligeramente sobre la calle. A ciertas horas —sobre todo a media mañana— el blanco de las fachadas refleja tanta luz que obliga a entrecerrar los ojos. En invierno, en cambio, las sombras llegan antes y el pueblo se queda en silencio bastante pronto.
Si se sube hacia la parte alta aparecen pequeños caminos entre huertas. Allí la textura áspera de la cal en las paredes contrasta con el verde grisáceo de los olivos y el rosado de los almendros cuando empiezan a florecer.
Bancales, acequias y agricultura en la ladera
El paisaje alrededor de Illar no es solo decorativo: sigue siendo terreno de trabajo. Los bancales escalonados mantienen olivares, almendros y algunas pequeñas viñas. Desde lejos parecen líneas dibujadas sobre la montaña; de cerca se ven las piedras colocadas una a una para sujetar la tierra.
En primavera, cuando el almendro florece, las laderas cercanas cambian de color durante unas semanas. No ocurre todo a la vez: primero unos árboles, luego otros, y el valle va pasando del blanco al rosa pálido según avanza la temporada.
Las acequias que cruzan algunas huertas son otro detalle fácil de pasar por alto. Cuando llevan agua, el murmullo se escucha incluso desde las calles más cercanas.
Caminos y senderos alrededor del pueblo
Desde Illar salen varios caminos que suben hacia los cerros cercanos o bajan hacia el valle del Andarax. No son rutas de gran dificultad, pero sí tienen tramos pedregosos y pendientes constantes.
En verano conviene empezar temprano. El sol cae directo sobre las laderas y hay pocos tramos con sombra. Llevar agua y gorra parece una obviedad, pero aquí se nota rápido cuando faltan.
A cambio, los puntos altos abren buenas panorámicas del valle. En días muy claros, el horizonte llega hasta el mar.
Comida de sierra, sencilla y contundente
La cocina local sigue la lógica de los pueblos de interior: platos contundentes que encajan con el trabajo en el campo. Las migas aparecen con frecuencia, sobre todo en meses fríos o días de lluvia. También es habitual el plato alpujarreño, con embutidos, huevo y productos de la zona.
Las huertas del entorno aportan tomates, pimientos y hortalizas que, con el clima seco de la zona, suelen concentrar bastante sabor.
Fiestas y momentos del año en Illar
Durante el verano suelen celebrarse las fiestas patronales dedicadas a la Virgen de los Remedios. Las procesiones recorren las calles empinadas y el pueblo cambia de ritmo durante unos días.
En Semana Santa también hay actos religiosos que atraviesan el casco urbano entre tambores y pasos llevados a hombros.
Quien prefiera el pueblo tranquilo suele encontrar mejor momento a finales de invierno o principios de primavera, cuando los almendros están en flor y el campo empieza a moverse después de los meses fríos.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Illar está a menos de una hora en coche de la ciudad de Almería, siguiendo la carretera que remonta el valle del Andarax. El acceso final tiene curvas y pendientes suaves, habituales en esta zona de la provincia.
Conviene aparcar en las entradas del pueblo y seguir a pie. Las calles son estrechas y el coche sobra bastante una vez dentro.
La mejor hora para pasear suele ser a primera hora de la mañana o al final de la tarde, cuando la luz cae oblicua sobre las fachadas blancas y el valle empieza a enfriarse. Es entonces cuando Illar se parece más a sí mismo.