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sobre Almegíjar
Pequeño rincón de la Alpujarra Alta; ofrece arquitectura tradicional de tinaos y un ambiente de paz absoluta entre montañas
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Hay carreteras en la Alpujarra que parecen trazadas por alguien que iba dibujando curvas por gusto. Llegar hasta aquí es ya parte del plan. El turismo en Almegíjar empieza así, subiendo despacio hasta que el pueblo aparece, pequeño y blanco, agarrado a la ladera como si lo hubieran dejado caer y se hubiera quedado ahí.
Está a unos 68 kilómetros de Granada capital y tiene poco más de 300 vecinos. No es un sitio que grite para que lo mires. Es más bien de los que te piden que te quedes un rato quieto, mirando.
Un pueblo alpujarreño, sin más florituras
Si conoces la zona, no te sorprenderá nada: casas encaladas, tejados planos de pizarra y esas chimeneas con sombrerito que siguen saliendo por las azoteas. Los tinaos también están aquí, esas galerías cubiertas con un aire práctico, hechas para dar sombra o conectar casas, no para decorar postales.
Lo que sí marca el ritmo son las acequias. Las oyes antes de verlas. Bajan desde la sierra repartiendo agua por los bancales igual que llevan siglos haciéndolo. Caminar junto a ellas es la mejor explicación sobre cómo se ha organizado la vida aquí.
La iglesia y su plaza
La iglesia parroquial de la Encarnación ocupa el sitio más visible. Es del siglo XVI y se levantó sobre una mezquita, como pasó en tantos pueblos después de la conquista.
Por fuera es sobria. Dentro aún se nota el trabajo mudéjar, sobre todo en el artesonado de madera del techo. No es una catedral, pero tiene ese aire serio y antiguo que encaja con el pueblo.
Recorrer las calles (se hace rápido)
Dar una vuelta completa por Almegíjar no te lleva una mañana. En una hora tranquila lo has cruzado. Pero tiene esa gracia de los pueblos pequeños: cada callejón sube o baja sin avisar, los muros blancos contrastan con la pizarra oscura y de repente se abre un hueco con vistas al valle.
Es el tipo de paseo en el que terminas parándote más veces de las que habías previsto, solo para escuchar el silencio o ver crecer una buganvilla en una pared.
Senderos alrededor del pueblo
Si te apetece estirar las piernas, hay caminos rurales que conectan con Cádiar o Lobras. Pasan entre castaños y bancales abandonados o todavía en uso.
Según ganas altura, el paisaje se abre y en días claros se ven las cumbres de Sierra Nevada. No son rutas para buscar emociones fuertes; son para andar tranquilo, viendo ese terreno trabajado a mano durante generaciones.
Comer como se come aquí
La cocina va directa: producto local y platos contundentes. Verás migas en muchas mesas, choto al ajillo y embutidos curados del entorno.
No esperes presentaciones elaboradas ni cartas interminables. Es la lógica del aprovechar lo que hay cerca y cocinarlo sin complicaciones.
Fiestas y costumbres locales
Las celebraciones giran alrededor de la Virgen de la Encarnación, normalmente en verano. La Semana Santa también se vive con procesiones sencillas, muy de pueblo pequeño.
En otoño aún se junta gente para la matanza del cerdo, aunque esto ya es más una costumbre local que un evento pensado para quien viene de fuera.
Al final, Almegíjar es ese tipo de sitio donde no pasa nada extraordinario… y por eso funciona. Das una vuelta, oyes el agua en las acequias, ves a alguien arreglando un muro de piedra y te das cuenta de que el pueblo sigue su ritmo propio. Y eso hoy ya es bastante