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sobre Alpujarra de la Sierra
Municipio formado por Mecina Bombarón y Yegen; famoso por ser residencia de Gerald Brenan y conservar la esencia alpujarreña pura
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A primera hora, cuando el sol apenas roza las fachadas encaladas, en los pueblos de Alpujarra de la Sierra todavía manda el silencio de la noche. Alguna puerta se abre, se oye agua correr por una acequia cercana y, muy de vez en cuando, el motor de un coche que arranca cuesta arriba. A más de mil metros de altitud, el día empieza despacio. Aquí el ritmo sigue marcado por el campo y por las estaciones.
Desde las laderas más altas, Sierra Nevada queda siempre presente, con cumbres que buena parte del año mantienen manchas de nieve. Debajo, el paisaje se organiza en bancales: almendros, higueras, algunos castaños y pequeñas huertas donde aún se cultiva para casa. Los muros de piedra sostienen la tierra desde hace generaciones, y las acequias —muchas heredadas del sistema hidráulico andalusí— siguen repartiendo el agua con un murmullo constante.
Tres pueblos en la ladera
El municipio no se concentra en un solo núcleo. En realidad son tres pueblos —Mecina Bombarón, Yegen y El Golco— separados por pocos kilómetros de carretera que serpentea entre barrancos y laderas. Conviene tomársela con calma: hay curvas cerradas y en algunos tramos apenas caben dos coches.
Las casas mantienen la arquitectura alpujarreña más reconocible: muros blancos, terrazas planas y chimeneas que sobresalen en los tejados como pequeños cilindros. A media mañana la luz rebota en las paredes y todo queda casi deslumbrante. En invierno, en cambio, el humo de las chimeneas se queda suspendido sobre los tejados y el aire huele a leña húmeda.
En Mecina Bombarón, que actúa como centro administrativo, la iglesia parroquial suele fecharse en el siglo XVI, levantada tras la repoblación cristiana de la zona. No es un edificio monumental; lo interesante está más bien en el conjunto del pueblo: calles con pendiente, pequeños tinaos que cruzan de una casa a otra y huertas pegadas a las últimas viviendas.
Acequias, bancales y senderos antiguos
Buena parte del territorio se entiende caminando. Los senderos que enlazan los tres pueblos siguen en muchos casos trazados antiguos: caminos de herradura por donde se movían animales de carga, vecinos que iban de una aldea a otra o agricultores que bajaban a las huertas.
Al lado del camino suelen aparecer acequias abiertas. El agua baja fría incluso en pleno verano, y el sonido acompaña durante largos tramos. En primavera, cuando el deshielo alimenta los canales, los márgenes se llenan de hierba fresca y flores pequeñas que apenas se ven desde la carretera.
No hace falta plantearse rutas largas. Un paseo corto por los alrededores ya deja ver cómo funcionan los bancales y cómo se reparte el agua. Si se quiere subir más arriba, hacia zonas cercanas al límite del parque nacional, conviene mirar bien el tiempo antes de salir: aquí las nubes cambian rápido y la diferencia de temperatura entre el valle y la montaña se nota.
Lo que se come aquí
La cocina sigue muy ligada a lo que dan las huertas y a lo que se conserva en casa. En invierno aparecen potajes espesos, guisos de cuchara y productos de la matanza. Cuando llega el frío fuerte, las migas siguen siendo un plato habitual en muchas casas.
En otoño los castaños toman protagonismo en algunas zonas del municipio, y no es raro ver a vecinos recogiendo erizos en las laderas. También hay almendros repartidos por los bancales más soleados; a finales de invierno, cuando florecen, las laderas se llenan de blanco durante unas semanas.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos para caminar. En verano el sol cae fuerte a partir del mediodía y muchas calles quedan completamente expuestas. En invierno, en cambio, las noches pueden ser bastante frías a esta altitud.
Si vienes en coche, ten en cuenta que el aparcamiento dentro de los pueblos es limitado y algunas calles son muy estrechas. Lo más sencillo suele ser dejar el coche en las entradas y continuar andando.
Llegar desde Granada implica atravesar buena parte de la Alpujarra por la carretera que sube desde Lanjarón y continúa hacia el este. Es un trayecto largo pero bonito, siempre con la sensación de ir entrando poco a poco en una montaña habitada desde hace siglos, donde cada curva descubre otro pueblo colgado en la ladera.