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sobre Busquístar
Tranquilo pueblo alpujarreño conocido por su festival de jazz y blues; conserva la estructura urbana medieval y un entorno natural frondoso
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¿Sabes cuando llegas a un sitio y la primera sensación es que aquí nadie tiene prisa? Eso me pasó con Busquístar. Subes por la carretera de la Alpujarra, encadenas curvas, y de repente aparece el pueblo agarrado a la ladera. Pequeño. Tranquilo. Con esa calma que tienen los lugares donde viven poco más de trescientas personas y cada cara acaba resultando familiar.
Busquístar está en la parte alta de la Alpujarra Granadina. No es uno de los pueblos que salen siempre en las fotos de la comarca, pero precisamente por eso se recorre sin esa sensación de parque temático. Aquí la vida sigue bastante pegada a la tierra y al ritmo de siempre.
Un pueblo colgado sobre el valle
El casco urbano se apoya en la ladera mirando hacia el sur. Eso significa dos cosas. La primera: mucha cuesta. La segunda: buenas vistas.
Desde varios puntos del pueblo se abre el valle del río Guadalfeo. Cuando el día está limpio, algunos vecinos dicen que incluso se llega a adivinar el Mediterráneo muy al fondo. No siempre ocurre, pero cuando pasa entiendes por qué estos pueblos se colocaron aquí arriba.
El entorno está lleno de bancales. Esas terrazas agrícolas que parecen escalones gigantes en la montaña. Muchos siguen en uso y forman parte del paisaje cotidiano, no de una postal.
Calles que obligan a caminar despacio
Moverse por Busquístar es aceptar que el coche sobra. El pueblo se entiende mejor andando, aunque eso implique subir más de lo que uno esperaba.
Las calles son estrechas, con tramos irregulares y escaleras pequeñas. La disposición recuerda claramente a los pueblos de origen andalusí de la Alpujarra. No hay un recorrido lógico; vas girando esquinas y de pronto aparece una placita, una acequia o una vista abierta al valle.
La iglesia de San Juan Bautista, levantada en el siglo XVI tras la expulsión morisca, marca bastante el perfil del pueblo. La torre asoma por encima de las casas blancas y sirve un poco de referencia cuando te desorientas, que pasa más de lo que parece.
Las casas y la arquitectura alpujarreña
Una de las cosas que más me llamó la atención es que muchas viviendas siguen manteniendo la forma tradicional. Muros encalados, techos planos y esas chimeneas cónicas tan típicas de la Alpujarra.
No están ahí para decorar. Son casas donde vive gente. Se nota en los maceteros, en la ropa tendida o en el sonido de alguna radio dentro. Eso cambia mucho la sensación al caminar por el pueblo.
También siguen presentes las acequias que cruzan el entorno. No son un elemento decorativo: todavía riegan huertos y pequeñas parcelas alrededor del núcleo urbano.
Senderos hacia otros pueblos de la Alpujarra
Busquístar está conectado con otros pueblos mediante caminos antiguos. Algunos hoy funcionan como senderos señalizados.
Hay rutas que enlazan con Pórtugos o Cáñar, atravesando zonas de huertos, barrancos y pequeñas manchas de castaños. No son paseos completamente llanos; aquí casi todo implica subir o bajar. Pero es el tipo de caminata que tiene sentido en esta comarca, siguiendo caminos que llevan siglos usándose.
Si te gusta caminar sin demasiada infraestructura alrededor, este tipo de senderos encaja bastante con el paisaje de la zona.
Comida de la sierra y productos de temporada
La cocina que se encuentra por aquí es la típica de la Alpujarra: platos contundentes que tienen lógica en un territorio de inviernos fríos y trabajo agrícola.
Las migas alpujarreñas aparecen con frecuencia en las mesas, sobre todo cuando aprieta el frío. También es habitual el choto al ajillo, un plato muy ligado a la sierra. Muchas recetas se apoyan en verduras de los propios huertos y en productos que van marcando la temporada.
Cuando llega el otoño es fácil ver almendras o castañas en las casas. Son de esas costumbres que siguen vivas porque todavía forman parte del día a día del pueblo.
Fiestas sencillas, muy de vecinos
El calendario festivo aquí sigue más el ritmo local que el turístico. San Juan Bautista suele celebrarse a finales de junio con procesiones y música tradicional. En enero llega San Antón, cuando se bendicen animales y se preparan migas que después se comparten entre cuadrillas.
La Semana Santa también tiene presencia, aunque en un formato pequeño, adaptado al tamaño del pueblo. Las procesiones recorren las calles empinadas del casco antiguo, con vecinos participando más que espectadores.
Busquístar no intenta llamar la atención. Es uno de esos pueblos que se recorren en una mañana larga, sin prisa, mirando cómo se apoyan las casas en la montaña y cómo siguen funcionando las acequias. Y a veces eso es justo lo que uno busca cuando llega a la Alpujarra.