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sobre Capileira
El pueblo más alto del Barranco de Poqueira; conjunto histórico-artístico con arquitectura bereber y punto de partida al Mulhacén
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A primera hora, cuando el sol aún tarda en pasar la cresta de Sierra Nevada, Capileira queda medio en sombra. Las fachadas blancas reflejan una luz fría y las calles empinadas todavía están vacías. Se oye alguna puerta, el roce de una escoba contra la piedra, y poco más. Así empieza muchas mañanas el turismo en Capileira, antes de que suban los coches desde el fondo del valle.
El pueblo está a 1.436 metros de altura, agarrado a la ladera que cierra el Barranco del Poqueira por arriba. La luz aquí es dura y limpia. Marca la textura áspera del yeso, las vigas oscuras bajo los tinaos y las tejas planas de los terraos, pensadas para recoger el agua cuando llegan las lluvias del invierno.
Un pueblo construido en pendiente
Capileira forma parte del conjunto histórico del barranco junto a Bubión y Pampaneira. Los tres aparecen escalonados en la misma ladera, uno sobre otro, siguiendo el curso del río Poqueira.
En el casco antiguo las calles son estrechas y con mucha cuesta. Algunas bajan en zigzag; otras terminan de golpe en un pequeño mirador o en un patio. Las casas conservan rasgos de la arquitectura alpujarreña: portales bajos, ventanas pequeñas para protegerse del frío y chimeneas cilíndricas que sobresalen por encima de los terraos.
Caminar por estas calles requiere calma. El pavimento a veces es irregular y hay escalones cortos que aparecen sin aviso.
Mirar el barranco desde arriba
En la parte alta del pueblo está el mirador del Calvario. Desde allí el barranco se abre de golpe. Se ven las terrazas agrícolas marcando la montaña y, más abajo, los tejados de Bubión y Pampaneira.
En días muy claros hay quien dice distinguir la línea del mar hacia el sur, aunque lo que más llama la atención es la sensación de altura. El valle queda varios cientos de metros más abajo y el silencio es bastante nítido cuando el viento se calma.
Conviene subir temprano o al final de la tarde. A mediodía la luz cae muy vertical y aplana el paisaje.
Caminar desde Capileira
Apenas salir de las últimas casas empiezan los senderos. Muchos siguen acequias antiguas que todavía llevan agua desde la sierra hasta los huertos del barranco.
Uno de los recorridos más habituales conecta Capileira con Bubión y Pampaneira por caminos empedrados que durante siglos usaron agricultores y pastores. El trayecto cruza bancales, pequeños puentes y zonas de castaños.
Desde el entorno del pueblo también parten rutas más largas hacia las cumbres de Sierra Nevada. La subida al Mulhacén suele organizarse desde esta zona o desde puntos cercanos. No conviene improvisarla: el desnivel es grande y el tiempo en la sierra cambia rápido incluso en verano.
Las caminatas más cortas bajan hacia el río Poqueira. Allí aparecen saltos de agua, acequias abiertas y muros de piedra seca que aún delimitan antiguos cultivos.
Comida de montaña
La cocina local tiene bastante que ver con el clima y con el trabajo en el campo. Son platos contundentes, pensados para jornadas largas.
Las migas alpujarreñas aparecen con frecuencia, igual que el choto al ajillo. También se conservan formas antiguas de preparar la carne, como el lomo en orza, que se guardaba para los meses fríos. Después de caminar por el barranco, estas comidas suelen sentar mejor de lo que uno espera.
Oficios y celebraciones
En el pueblo todavía hay pequeños talleres donde se trabajan tejidos, cerámica o piezas de forja. Son espacios discretos, a menudo en bajos de casas antiguas. A veces se puede ver el proceso si la puerta está abierta y el artesano está trabajando.
Las fiestas siguen un calendario bastante ligado a las tradiciones locales. La celebración de la Virgen de la Cabeza suele tener lugar a comienzos de agosto y reúne a vecinos y gente que vuelve al pueblo esos días. En otoño llega la época de las castañas, cuando los castañares del barranco empiezan a cambiar de color y se organizan reuniones alrededor del fuego.
La Semana Santa recorre las calles empedradas sin grandes montajes. Los pasos suben despacio por las cuestas y el sonido más claro suele ser el de los zapatos contra la piedra.
Capileira mantiene un ritmo propio, marcado por la montaña y por el invierno largo. Quien llega lo nota enseguida: aquí todo sucede un poco más despacio. Y eso, en un pueblo colgado a esta altura, tiene bastante sentido.