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sobre Carataunas
El municipio más pequeño de la Alpujarra; tranquilo y acogedor con un entorno natural dominado por castaños y frutales
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A finales de octubre, cuando el sol empieza a levantar la bruma de la mañana, la fachada de la iglesia de San Blas en Carataunas toma un tono tostado que calienta la piedra antigua. La calle principal aún está casi vacía; alguna puerta se abre, se oye una escoba contra el suelo y el aire trae olor a leña húmeda. En un pueblo donde viven algo más de doscientas personas, el día arranca despacio.
Carataunas, en plena Alpujarra Granadina, mantiene ese dibujo compacto de casas blancas que parecen apretarse unas contra otras para protegerse del viento. Muros gruesos, tejados planos y pequeños tinaos recuerdan la arquitectura heredada de siglos pasados, pensada para inviernos fríos y veranos secos.
Un pueblo alto sobre los bancales
Carataunas está a unos 800 metros de altitud, apoyado sobre una ladera desde la que se descuelgan bancales de almendros, olivos y pequeñas huertas. Visto desde abajo, el pueblo aparece como una mancha blanca entre el verde apagado de los cultivos.
En primavera los almendros salpican la ladera de blanco y rosa. Más avanzado el otoño, el paisaje cambia a tonos ocres y la tierra queda más visible entre los árboles. Es un terreno trabajado durante generaciones, con acequias y terrazas que todavía se utilizan. A primera hora o al caer la tarde no es raro ver a alguien revisando una parcela o cargando leña en un pequeño remolque.
La iglesia y la plaza
La iglesia parroquial de San Blas, levantada en el siglo XVI, ocupa uno de los puntos más visibles del casco urbano. Por fuera es sobria: muros encalados, líneas rectas, una torre que se recorta contra el cielo limpio de la sierra. A mediodía, cuando el sol cae de frente, la plaza cercana se llena de luz y las paredes reflejan un blanco casi brillante.
A principios de febrero el pueblo celebra a su patrón. Suele haber misa, procesión y alguna comida compartida en la plaza o en locales del municipio. No es una fiesta grande; más bien una reunión de vecinos y de gente que vuelve esos días al pueblo.
En agosto el ambiente cambia un poco. Regresan muchas familias que viven fuera y por la noche se escuchan conversaciones largas en la calle, música y niños corriendo entre las casas.
Caminar entre bancales
Desde la plaza salen varios caminos que enseguida abandonan el casco urbano y se meten entre bancales. Son pistas y senderos sencillos, algunos de tierra suelta, otros empedrados en tramos antiguos.
En algunos puntos altos, si el día está claro, se alcanzan a ver perfiles de Sierra Nevada hacia el norte. No son miradores preparados ni plataformas; más bien pequeños ensanches del camino donde uno se detiene un momento y mira el mosaico de terrazas agrícolas.
Conviene llevar calzado con suela firme. Después de lluvias la tierra se vuelve algo resbaladiza, y algunas pendientes tienen grava suelta.
Calles cortas y vida cotidiana
Pasear por Carataunas es recorrer calles muy cortas, a veces con pendientes inesperadas, donde las puertas de madera dan paso a patios interiores que no se ven desde fuera. En muchas fachadas todavía hay macetas alineadas o bancos pegados a la pared.
La fuente del pueblo sigue siendo un punto de paso. A ciertas horas alguien llena garrafas mientras charla con quien pase. Son escenas pequeñas, repetidas cada día, que explican mejor que cualquier cartel cómo funciona un pueblo de este tamaño.
Lo que se come en las casas
La cocina de la zona sigue muy ligada a la matanza y a los productos de temporada. Embutidos curados en casa, migas en los días fríos y el conocido plato alpujarreño —patatas, huevo y distintas carnes— aparecen con frecuencia en las mesas.
Muchas familias siguen preparando conservas o vino casero en pequeñas cantidades. A veces esos productos circulan en mercados o encuentros locales de la comarca, aunque no siempre de forma regular.
En otoño, por los senderos cercanos y zonas algo más altas de la sierra, es habitual ver gente recogiendo castañas cuando llega la temporada.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Granada capital hay alrededor de una hora y media de coche. Lo habitual es bajar primero hacia Lanjarón por la A‑44 y después continuar por carreteras de montaña que serpentean entre pueblos de la Alpujarra.
Si se busca tranquilidad, conviene evitar algunos fines de semana de agosto, cuando muchos vecinos regresan al pueblo y las calles se llenan más de lo habitual. En cambio, una mañana de otoño o de invierno —cuando el aire es limpio y el sonido llega desde lejos— permite ver Carataunas con la calma con la que suele vivir el resto del año.