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sobre Cástaras
Pueblo escondido y pintoresco formado por Cástaras y Nieles; ideal para desconectar completamente en un entorno de minas antiguas y naturaleza
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A primera hora, cuando el sol aún no ha pasado del todo la loma, Cástaras suena a cosas pequeñas: el balido de alguna cabra, una puerta de madera que se abre, el viento rozando las hojas de los almendros. El pueblo aparece escalonado sobre la ladera, a algo más de mil metros de altura, en la parte más tranquila de la Alpujarra Granadina. Aquí viven poco menos de doscientas personas. Muchas casas siguen ligadas al campo, a los bancales que rodean el núcleo.
La luz cambia rápido a lo largo del día. Por la mañana es fría y clara. Por la tarde entra rasante entre las calles y deja medias fachadas en sombra. El silencio, incluso en verano, suele durar más que en otros pueblos de la comarca.
Calles que bajan hacia los bancales
El centro es pequeño y se recorre despacio. Las calles no siguen un plano claro. Unas bajan rectas y otras giran de golpe entre casas encaladas. A veces el pavimento cambia de textura: tramos de cemento, otros de piedra más antigua.
En la plaza se levanta la iglesia de San Miguel, un edificio sobrio que probablemente se levantó sobre construcciones anteriores tras la época morisca. La torre cuadrada se ve desde casi cualquier punto del casco urbano. Desde allí arriba el paisaje se abre hacia los bancales: terrazas de cultivo sostenidas por muros de piedra seca.
En primavera esos bancales se llenan de flores de almendro y frutales. En otoño, los castaños de los alrededores empiezan a amarillear y el tono del valle cambia por completo.
Casas adaptadas al frío y al viento
La arquitectura responde más al clima que a la estética. Muros gruesos. Ventanas pequeñas. Tejados planos de launa y chimeneas altas, muchas con forma cónica.
Entre algunas viviendas aparecen los tinaos, esos pasadizos cubiertos que conectan una casa con otra. Bajo ellos la luz se vuelve azulada y el aire se nota más fresco. En verano se agradece. En invierno ayudan a resguardarse del viento que baja de Sierra Nevada.
Si vienes en coche, conviene dejarlo en la entrada del pueblo y seguir a pie. Las calles son estrechas y las pendientes engañan.
Caminos antiguos hacia otros pueblos
A las afueras comienzan varios senderos que durante siglos comunicaron Cástaras con otros pueblos cercanos como Nieles o Cáñar. Algunos conservan tramos empedrados. Otros son simples veredas entre pinos, almendros y huertos.
Caminar por aquí implica asumir desniveles. Las cuestas son constantes, tanto al salir como al volver. En verano es mejor empezar temprano. A mediodía el sol cae con fuerza y hay pocos tramos de sombra.
La zona forma parte del entorno del Parque Natural de Sierra Nevada. Aun así, muchos caminos siguen siendo caminos de trabajo: es normal cruzarse con gente que baja a las huertas o con rebaños moviéndose entre los bancales.
Noches muy oscuras
Cuando cae la noche, el pueblo queda casi a oscuras. La iluminación es escasa y el cielo se vuelve muy nítido. En verano, si no hay luna, la franja blanquecina de la Vía Láctea suele verse con bastante claridad.
A esa hora las calles quedan vacías. Solo se oye algún perro a lo lejos o el ruido del viento pasando entre las chimeneas.
Fiestas y momentos del año
En agosto suele celebrarse la fiesta principal del pueblo, ligada a una romería que sube hasta una pequeña ermita situada sobre unas rocas cerca del núcleo. Son días en los que regresan familiares que viven fuera y el ambiente cambia.
En invierno todavía se mantienen reuniones ligadas a la matanza o a celebraciones pequeñas de barrio. Son encuentros más tranquilos, muy ligados a la vida cotidiana del pueblo.
Si buscas caminar y ver el paisaje verde, mayo y junio suelen ser buenos meses. El verano tiene días largos y noches frescas, pero el sol aprieta a mediodía. En invierno el frío se nota más de lo que parece en el mapa, sobre todo cuando sopla viento en las calles altas.
Cástaras no funciona bien con prisas. El pueblo se entiende mejor sentado un rato en un banco, mirando cómo la luz se mueve sobre los bancales y escuchando lo poco que pasa alrededor. Aquí, lo normal es que pase poco. Y eso forma parte de su ritmo.