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sobre Juviles
Pequeña localidad alpujarreña famosa por su jamón; conserva restos de un fuerte medieval y un ambiente rural intacto
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El turismo en Juviles se parece un poco a cuando vas a casa de un amigo de pueblo y te dice: “no hay gran cosa, pero se está bien”. Y luego pasan dos horas charlando en la puerta y ni miras el reloj. Aquí ocurre algo parecido. No hay monumentos gigantes ni colas de gente con el móvil en alto. Hay calles tranquilas, acequias sonando de fondo y ese silencio de los pueblos pequeños que a veces cuesta encontrar.
Juviles es uno de esos sitios de la Alpujarra donde el plan más habitual es caminar despacio y ver qué aparece en la siguiente esquina.
Un pueblo pequeño en la ladera
El pueblo está agarrado a la pendiente como cuando dejas una taza en una mesa que no está del todo recta. Todo cae hacia el valle. Las casas se van colocando unas sobre otras, con muros encalados, balcones de hierro y esas chimeneas cilíndricas tan típicas de la Alpujarra.
No hay muchas calles. De hecho, en un rato te orientas. El trazado es compacto, con tramos empedrados y callejones cortos. A veces sales a una placita pequeña y otras veces acabas en un mirador improvisado entre casas.
Pasear por aquí tiene algo de curiosear en un trastero antiguo: siempre aparece algún detalle. Una puerta de madera vieja, una parra trepando por una fachada, macetas con geranios que alguien riega al atardecer.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia de Santa Ana es la referencia visual del pueblo. No es enorme, pero su torre se ve desde varios puntos. Sirve un poco como faro: camines por donde camines, tarde o temprano vuelves a verla.
El entorno de la iglesia es de las zonas más abiertas. Desde allí se intuyen bien las laderas cultivadas del valle. Bancales escalonados que parecen las gradas de un estadio rural, solo que aquí en vez de fútbol hay almendros, huertos y tierra removida.
Dentro se conservan algunos elementos antiguos. Nada espectacular, pero suficientes para recordar que por esta zona pasaron muchas etapas de la historia andaluza.
Caminar entre bancales
Si te gusta andar, alrededor de Juviles hay varios caminos sencillos. Son senderos que durante años han usado agricultores y vecinos para moverse entre parcelas.
El llamado Sendero de los Bancales ayuda a entender cómo se ha trabajado esta ladera durante generaciones. Las terrazas de piedra sostienen la tierra igual que una estantería aguanta libros. Sin esos muros, la montaña se vendría abajo con cada tormenta.
Conviene no confiarse demasiado con la señalización. En algunos tramos es escasa y, después de lluvias fuertes, los caminos pueden cambiar bastante.
Comer algo de la zona
Juviles es pequeño. Muy pequeño. No siempre hay comercios abiertos todos los días, así que mucha gente llega con algo en la mochila o combina la visita con otros pueblos cercanos.
Por la zona el jamón serrano tiene fama desde hace tiempo. También se encuentran quesos elaborados en pequeñas producciones de la comarca y aceite de oliva de las almazaras cercanas.
Es el tipo de comida que encaja bien después de caminar. Como cuando vuelves de una excursión y cualquier bocadillo sabe mejor de lo normal.
Fiestas que reúnen a medio pueblo
Las celebraciones aquí son bastante sencillas. Las fiestas de Santa Ana suelen celebrarse en julio y reúnen a muchos vecinos, incluidos los que viven fuera y vuelven esos días.
Hay procesiones, música y comida compartida. Más que un espectáculo pensado para visitantes, se parece a una reunión grande de familia donde todo el mundo acaba saludando a alguien que conoce.
En verano también suele haber otras celebraciones comarcales. Son momentos en los que el pueblo cambia un poco el ritmo tranquilo habitual.
Llegar hasta aquí
Desde Granada el viaje suele rondar la hora y media, dependiendo del tráfico y de cómo estén las carreteras de la zona. El último tramo tiene bastantes curvas. Es el típico trayecto de montaña donde el coche va más despacio de lo que uno pensaba al salir.
Pero también es parte del viaje. Vas subiendo, el paisaje se abre y aparecen los pueblos blancos pegados a la ladera.
Y entonces entiendes un poco mejor qué es Juviles. Un lugar pequeño, sí. Pero de esos donde la vida sigue un ritmo que recuerda a cuando el tiempo no estaba siempre mirando el móvil.