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sobre La Taha
Municipio formado por Pitres
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Hay lugares que funcionan como un pueblo. Y luego está La Taha, que funciona más bien como un pequeño puñado de pueblos que se han puesto de acuerdo para compartir ayuntamiento. Cuando hablas de turismo en La Taha en realidad hablas de cinco núcleos —Pitres, Pórtugos, Busquístar, Ferreirola y Atalbéitar— repartidos por la ladera, mirando a los barrancos de la Alpujarra y con Sierra Nevada siempre rondando por arriba.
La primera vez que llegas da la sensación de estar viendo un mosaico: casas blancas pegadas a la pendiente, acequias que corren entre huertas y caminos que enlazan un pueblo con otro casi sin darte cuenta. Están alrededor de los 1.200 metros de altitud y aún se notan muchas cosas heredadas de época morisca: calles estrechas, tinaos que cruzan de casa a casa y esas chimeneas cónicas que parecen pequeñas torres.
Aquí viven menos de 800 personas en total. No hay grandes monumentos ni museos que organizar en una lista. Lo que hay es vida de pueblo de montaña: agua corriendo por las acequias, bancales que llevan siglos trabajando la ladera y un ritmo bastante tranquilo incluso en verano.
Qué ver en La Taha (pueblo a pueblo)
La gracia de La Taha es que no tiene un único centro claro. Lo normal es ir moviéndose entre pueblos y fijarse en detalles más que en “monumentos”.
Pitres es el núcleo más grande y donde suele haber algo más de movimiento. La iglesia parroquial de la Encarnación se levantó tras la conquista cristiana, probablemente sobre una antigua mezquita, algo bastante habitual en la Alpujarra. Pero más que la iglesia, lo interesante es pasear sin rumbo: calles empedradas, casas de varias alturas y muchos tinaos que todavía se usan como paso cubierto o como espacio para colgar cosas.
En Pórtugos mucha gente se acerca por una fuente de agua ferruginosa que está a las afueras del pueblo. El lugar tiene bastante tradición en la zona y siempre suele haber alguien llenando garrafas. Desde el entorno también se abren buenas vistas hacia el valle del Poqueira cuando el día está claro.
Busquístar es pequeño de verdad. En diez minutos lo cruzas entero. La iglesia de San Marcos marca el centro y, si bajas hacia el barranco, todavía se pueden ver restos de antiguos molinos harineros. Ese paseo tiene su pendiente, así que conviene tomárselo con calma, sobre todo al volver.
Ferreirola mantiene bastante bien la estructura tradicional de la Alpujarra: casas compactas, calles estrechas y viviendas pensadas para varios usos. Abajo estaban los animales o almacenes, en medio la vivienda y arriba los secaderos. Pasear por allí ayuda a entender cómo se organizaba la vida en estos pueblos hace no tanto.
Y luego está Atalbéitar, algo más alto y más pequeño aún. Desde allí el paisaje cambia bastante: por un lado asoma Sierra Nevada y por otro se abre el valle hacia Trevélez. Los bancales y acequias que rodean el pueblo cuentan media historia de la Alpujarra sin necesidad de paneles explicativos.
Caminar entre pueblos (la mejor forma de conocerla)
Moverse por La Taha a pie tiene bastante sentido. Hay senderos que enlazan Pitres con Pórtugos o Ferreirola, y puedes pasar varias horas caminando entre huertas, castaños y pequeños barrancos sin tocar el coche.
No son rutas complicadas, pero hay cuestas —esto es la Alpujarra— y algunos tramos pedregosos. Zapatillas con algo de suela y agua en la mochila suelen ser suficiente.
Si te apetece alargar la jornada, desde esta zona también se puede mirar hacia los barrancos que conectan con el Poqueira o con Trevélez. El paisaje cambia según la estación: almendros en flor a finales de invierno, castaños en otoño y mucho verde en primavera si el año viene lluvioso.
Comer en la zona (lo que se ha comido siempre)
La cocina aquí es de montaña y de campo. Nada especialmente moderno, pero contundente. Lo habitual es encontrarse platos como migas, choto al ajillo o embutidos curados en la sierra. También aparecen infusiones hechas con hierbas de la zona que muchos vecinos siguen recogiendo ellos mismos.
En los bares de pueblo —los de toda la vida— la comida suele ir en esa línea: recetas sencillas que encajan con un día de trabajo o con una caminata larga.
Cuando cae la noche
Una cosa que sorprende si vienes de ciudad es el cielo. En noches despejadas, sobre todo en verano, la oscuridad es bastante limpia y las estrellas se ven con claridad. De esas noches en las que te quedas un rato mirando arriba sin hacer mucho más.
No hace falta telescopio ni nada especial. Solo salir un poco del casco del pueblo y dejar que los ojos se acostumbren.
Tradiciones que siguen marcando el año
Las fiestas aquí mantienen un tono bastante local. En primavera suelen aparecer cruces adornadas con flores, algo muy típico en la Alpujarra. Pórtugos celebra también jornadas en torno a San Isidro cuando llega la temporada agrícola.
En Pitres, durante agosto, se celebran las fiestas de la Virgen de la Encarnación. Es cuando muchos vecinos que viven fuera vuelven unos días y el pueblo se llena más de lo habitual.
Ferreirola mantiene las celebraciones vinculadas a San Marcos, y en Busquístar también hay fiestas dedicadas a su patrón, aunque las fechas pueden variar según el año.
No esperes grandes escenarios ni ferias enormes. Son fiestas de pueblo: música, encuentros entre vecinos y gente sentada en la puerta de casa hablando hasta tarde. Y, siendo sinceros, ahí es donde mejor se entiende cómo funciona realmente La Taha.