Artículo completo
sobre Lanjarón
Puerta de la Alpujarra famosa por sus aguas y balneario; celebra la famosa carrera del agua en San Juan
Ocultar artículo Leer artículo completo
¿Sabes cuando entras en una casa antigua y lo primero que notas es ese olor a limpio, como a ropa tendida al sol? Pues algo parecido pasa con el turismo en Lanjaron. Aquí el protagonista no es un monumento ni una plaza: es el agua. Está en las fuentes, en las acequias que cruzan el pueblo y en la conversación de cualquiera que lleva aquí toda la vida.
Lanjarón lleva siglos ligado a sus manantiales y al balneario. Mucha gente llega pensando en la marca de agua que ve en el supermercado y se encuentra otra cosa: un pueblo de cuesta arriba, de calles estrechas y de fuentes donde siempre hay alguien llenando garrafas.
El agua que marca el ritmo del pueblo
Caminar por Lanjarón es ir saltando de fuente en fuente. No están todas juntas ni señalizadas como si fueran un museo; más bien aparecen cuando menos te lo esperas, en una esquina o pegadas a una pared encalada.
Algunas tienen fama entre los vecinos por el sabor o por los minerales. Hay fuentes donde el agua sale con un punto metálico que a más de uno le recuerda al hierro. Los críos ponen cara rara; los mayores te dirán que “eso es lo bueno”.
El casco antiguo tira cuesta arriba hacia los restos del castillo. Las calles son estrechas y a ratos empinadas, de esas que te obligan a bajar el ritmo. En muchas fachadas hay azulejos con frases de escritores y poemas. No es algo que busques: vas andando y de repente te paras a leer uno.
Arriba quedan los restos del castillo, en lo alto del cerro. La subida no es larga, pero sí tiene su pendiente. Desde arriba se ve bien cómo Lanjarón es la puerta natural de la Alpujarra: el valle se abre hacia la costa por un lado y hacia las montañas por el otro.
Cuando el agua se convierte en fiesta
Si hay un momento en que el agua deja de ser tranquila en Lanjarón es durante la Noche del Agua, alrededor de las fiestas de San Juan.
La idea es simple: el pueblo entero acaba empapado. Desde los balcones caen cubos, mangueras, botellas… lo que haya a mano. En la calle la gente responde igual. Si te pilla allí sin saberlo, lo más probable es que acabes calado en cuestión de minutos.
No es un espectáculo preparado para turistas. Es más bien una gamberrada colectiva que el pueblo repite cada año cuando llega el calor.
En verano también suele celebrarse la Fiesta de la Parva, muy ligada a la cocina tradicional del pueblo. El plato que se repite esos días es el puchero de parva, con garbanzos, verduras y bacalao. De esos guisos que llenan el plato y te dejan con ganas de siesta.
Caminar por los alrededores (y sudar un poco)
Lanjarón también se usa mucho como punto de partida para rutas por la sierra. No hace falta irse muy lejos para empezar a andar.
Hay senderos sencillos que siguen el curso del río o se meten entre castaños y huertas. Son caminos bastante llevaderos, de los que haces sin mirar demasiado el reloj.
Si te gusta la montaña de verdad, desde esta zona salen rutas que suben hacia cotas altas de Sierra Nevada. Ahí ya cambia la historia: más desnivel, más horas y mejor ir preparado.
Dentro del propio pueblo, la subida al castillo es el paseo clásico. En veinte minutos estás arriba si te lo tomas con calma. Y sí: aunque el pueblo esté lleno de fuentes, conviene llevar agua.
Lo que se come aquí
La cocina de Lanjarón es la que cabría esperar en un pueblo de la Alpujarra: platos contundentes y recetas que se repiten desde hace generaciones.
En invierno aparece el potaje de castañas. Cuando hace calor, platos más ligeros como el ajopollo, una mezcla a medio camino entre sopa fría y majado de almendras y ajo.
También es típico el jayuyo, un revuelto sencillo con pan, ajo y huevo que mucha gente aquí menciona como remedio para la resaca.
Y a comienzos de mayo es tradicional comer hornazo: pan con un huevo cocido dentro. Es de esas cosas que, contadas así, parecen poca cosa… hasta que te comes uno recién hecho.
Curiosidades del pueblo
En una de las casas históricas del centro está el museo dedicado a la miel y a la apicultura de la zona. Es pequeño, pero ayuda a entender la relación que ha tenido siempre la sierra con las abejas.
En la plaza también llaman la atención un par de cañones antiguos que recuerdan episodios de la Guerra de la Independencia. Son de esos detalles que pasan desapercibidos si no te lo cuenta alguien del pueblo.
Y luego está la escena que más se repite durante el día: gente llenando botellas en algunas fuentes conocidas. Vecinos, gente de pueblos cercanos y algún visitante que viene con el maletero lleno de garrafas.
Mi consejo de amigo
Lanjarón se ve bien en un día. Subes al castillo, das una vuelta por las calles del centro, pruebas el agua de alguna fuente y comes tranquilo.
Si puedes elegir, ven cuando el calor no aprieta demasiado. A finales de verano o en otoño el pueblo está más calmado y las montañas alrededor empiezan a cambiar de color.
Y un detalle práctico: trae alguna botella vacía en el coche. No serás el único que vuelva a casa con agua del pueblo. Aquí es casi una costumbre.