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sobre Murtas
Municipio de la Alpujarra Baja famoso por su repostería y vinos; entorno tranquilo con arquitectura tradicional
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A más de 1.100 metros, en la vertiente sur de Sierra Nevada, Murtas se sitúa en un punto de transición. Pertenece a la Alpujarra Granadina, pero su término ya linda con las primeras estribaciones de la Contraviesa. Aquí el paisaje alpujarreño, de barrancos profundos, da paso a lomas más abiertas y suaves, tradicionalmente dedicadas al castaño, la viña y el cereal de secano. El pueblo, con poco más de cuatrocientas personas, mantiene un pulso ligado a esos ciclos.
El trazado del casco urbano conserva la herencia andalusí, como es norma en la comarca: calles estrechas que trepan por la ladera, muros encalados y cubiertas planas de launa. Es una estructura que no se pensó para el tráfico rodado; se comprende subiendo a pie.
La iglesia de San Andrés y el núcleo histórico
La iglesia parroquial de San Andrés es del siglo XVI, construida tras la conquista castellana. Es probable que se levantara sobre el solar de una mezquita, una práctica común en la zona. El edificio ha tenido reformas, pero su torre sigue siendo el punto de referencia visual desde los caminos de acceso, una marca en el paisaje durante siglos para quienes llegaban desde la sierra.
Alrededor del templo se agrupa el caserío más antiguo. Las calles no responden a una planificación regular; se adaptan a la pendiente, se ensanchan en pequeños ensanches o se convierten en pasadizos entre muros. En algunos puntos se intuyen corrales o patios interiores, restos de una organización doméstica que giraba en torno a la vivienda familiar.
Agua pública: fuentes y lavaderos
Hasta que el agua llegó a las casas, la vida cotidiana se organizaba en torno a los puntos públicos. La fuente de los Tres Caños, cerca de una de las entradas al pueblo, era uno de esos lugares de reunión para llenar cántaros o lavar la ropa. Los lavaderos cubiertos que se conservan, modestos en su arquitectura, explican mejor que muchos textos la rutina diaria en un pueblo de montaña no hace tanto tiempo.
Dentro del propio casco urbano aún se ven algunos pozos y pequeños huertos. Esa cercanía entre la vivienda y la tierra de labor era fundamental en la economía doméstica tradicional.
Senderos y bancales: el paisaje caminado
Desde Murtas parten varios caminos rurales que serpentean por laderas de castaños y almendros. Algunos siguen el recorrido de acequias históricas, canales que aún distribuyen el agua del deshielo por los bancales. Caminar junto a ellas permite entender el sistema de riego heredado de época andalusí, una red precisa en un territorio donde el agua nunca sobra.
En otoño, los castañares del entorno cambian el color de la sierra. No forman un bosque continuo, sino manchas dispersas por las laderas. Muchos de estos árboles siguen en producción y la recogida de la castaña mantiene su hueco en la actividad local. Conviene calzado con buen agarre; los caminos pueden tener tramos de piedra suelta o barro, sobre todo en las zonas más umbrías.
Cocina de trabajo
La mesa en esta parte de la Alpujarra responde a una vida de interior y trabajo físico. Son platos contundentes para jornadas largas: migas, ollas con embutidos curados de la matanza, potajes de legumbres o gachas con pimentón. La miel de la sierra, los quesos artesanos de cabra u oveja y los vinos de la cercana Contraviesa, donde la viña se cultiva en altura desde hace siglos, completan una despensa sobria y con carácter.
Fiestas y ciclo anual
El calendario festivo local mantiene celebraciones ligadas al patrón y al ritmo agrícola. Las fiestas mayores en honor a San Andrés suelen tener lugar a finales de noviembre. En verano, como ocurre en toda la comarca, la población se incrementa con el regreso de familias que conservan aquí su casa. Con la recolección otoñal, es habitual que se organicen actividades en torno a la castaña. Son celebraciones sencillas, sin mucha parafernalia externa.
Cómo moverse y cuándo ir
Murtas es pequeño y se recorre bien a pie, aunque con cuestas pronunciadas. Lo más práctico es aparcar en las zonas bajas del pueblo y subir caminando. La primavera y el otoño son probablemente las mejores estaciones para recorrer los senderos del entorno. El verano puede ser muy caluroso durante el día, aunque las noches suelen ser frescas por la altitud. En invierno el ambiente es más tranquilo y las heladas son frecuentes, algo habitual a esta cota.