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sobre Pórtugos
Pueblo alpujarreño famoso por la Fuente Agria de agua ferruginosa; entorno de castaños y arquitectura típica
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El suelo de las calles está frío a las siete de la mañana. El sonido viene del agua en las acequias, y cerca de la fuente el aire huele a hierro y piedra mojada. Así empieza el turismo en Pórtugos: caminando, intentando descifrar este pueblo de la Alpujarra Granadina donde viven poco más de trescientas personas.
Se asienta cerca de los 1.300 metros. Desde algunos bordes del pueblo el valle se abre hacia el barranco del Trevélez. Cuando el cielo está despejado, las cumbres de Sierra Nevada aparecen al fondo, con un tono gris azulado que se va apagando según avanza la tarde.
Calles que siguen la pendiente
El pueblo se adapta a la ladera sin demasiada geometría. Calles estrechas, escalones irregulares, muros blancos que reflejan mucha luz al mediodía y te obligan a entrecerrar los ojos. La estructura recuerda a la herencia morisca de la zona.
Las casas mantienen elementos muy reconocibles: muros gruesos, tejados planos cubiertos con launa y esas chimeneas cónicas que sobresalen sobre las azoteas. En invierno el humo suele quedarse atrapado un rato entre las calles, un olor a leña de castaño que se pega a la ropa.
Caminar por el casco antiguo lleva poco tiempo, pero conviene hacerlo sin prisa. Entre una esquina y otra aparecen tinaos, pequeños pasadizos o terrazas desde las que se ven acequias cruzando el pueblo. El agua sigue bajando por esos canales estrechos, con un sonido constante y bajo.
Las fuentes de agua agria
Hay varias fuentes repartidas por el término municipal. Algunas tienen un agua con un olor fuerte, ligeramente metálico. Aquí se la conoce como agua agria.
Quien pasa por allí suele probarla al menos una vez. El sabor sorprende: no es refrescante, tiene un regusto a hierro que no todo el mundo encuentra agradable. Pero muchos vecinos siguen llenando garrafas en el manantial principal, un gesto cotidiano que lleva siglos repitiéndose.
Una casa alpujarreña por dentro
En el centro del pueblo hay una vivienda tradicional restaurada que muestra cómo se organizaban estas casas. Abajo se guardaban animales, herramientas o cosechas. Arriba estaba la parte habitable.
Las habitaciones son pequeñas y bajas. Las vigas de madera oscura y los suelos irregulares ayudan a imaginar inviernos largos, con la vida concentrada alrededor del fuego. La distribución tiene lógica cuando se piensa en el clima y en la economía agrícola que marcó la zona durante mucho tiempo; es una arquitectura que habla más de necesidad que de decoración.
Caminos hacia castañares y barrancos
Desde Pórtugos salen senderos que bajan hacia el valle o se adentran en zonas de castaños. Algunos siguen trazados antiguos usados para comunicar cortijos.
En otoño el suelo se cubre de hojas amarillas y erizos de castaña pinchudos. En verano el paisaje se vuelve más seco, con tonos ocres y el sonido constante de las chicharras. Conviene llevar agua y empezar a caminar temprano, porque la sombra desaparece rápido en algunos tramos y el sol pega con fuerza.
El río Trevélez discurre más abajo. El agua baja fría incluso en los meses cálidos. En ciertos puntos se forman pequeñas pozas entre las piedras, donde la gente suele refrescarse cuando aprieta el calor.
El calendario del pueblo
Las celebraciones siguen marcando momentos del año. Tradicionalmente se organizan fiestas vinculadas a San José o a la Virgen de las Nieves, con procesiones y reuniones vecinales. No suelen ser eventos grandes; participa sobre todo la gente del propio pueblo y de otros municipios cercanos.
En verano también es habitual ver recreaciones festivas relacionadas con las historias de moros y cristianos. Las calles estrechas se llenan entonces de música, disfraces y bastante ruido durante unas horas; si buscas silencio, ese no es tu día.
Llegar y cuándo ir
Desde Granada capital el trayecto en coche suele llevar alrededor de hora y media. La carretera se retuerce bastante al entrar en la Alpujarra; hay curvas cerradas y cambios bruscos de rasante.
Si buscas tranquilidad, evita los fines de semana centrales de agosto. El resto del año el ritmo es más lento. A primera hora de la mañana o al caer la tarde el pueblo recupera ese silencio que solo rompe el agua en las acequias.