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sobre Soportújar
Conocido como el pueblo de las brujas; temática mágica en sus calles con esculturas y cuevas que atraen mucho turismo
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Hay pueblos a los que llegas y te da la sensación de que todo está colocado para que bajes el ritmo. Soportújar funciona un poco así. Subes por la carretera desde Órgiva, encadenas curvas, aparcas donde puedes y, cuando empiezas a caminar, te das cuenta de que aquí correr no tiene mucho sentido.
El turismo en Soportújar gira alrededor de un pueblo pequeño —apenas ronda los 260 vecinos— que se descuelga por la ladera a unos 900 y pico metros de altura, en plena Alpujarra granadina. Desde algunos bordes del casco urbano el terreno se abre hacia el valle del Guadalfeo y, en días despejados, hay quien dice que se adivina el Mediterráneo al fondo. No siempre pasa, pero cuando ocurre sorprende.
La base es la arquitectura típica alpujarreña: casas blancas, calles que suben y bajan sin pedir permiso y muchos rincones donde el terreno manda más que el urbanismo. Luego está el paisaje alrededor, con bancales escalonados que llevan siglos sosteniendo huertos y almendros.
Y sí, también está el asunto de las brujas, que el pueblo ha abrazado en los últimos años con esculturas y guiños por las calles. A algunos les parece divertido; a otros, un poco forzado. Pero lo cierto es que ha puesto a Soportújar en el mapa y hace que pase más gente de la que cabría esperar en un pueblo tan pequeño.
Qué ver sin buscar museos ni museitos
La iglesia parroquial de Santa María la Mayor se levantó en el siglo XVI sobre lo que antes fue una mezquita. Es algo bastante habitual en la Alpujarra, y aquí se nota en esa mezcla entre elementos mudéjares y un interior bastante sobrio. No es un templo monumental, pero forma parte del paisaje del pueblo igual que las casas o las eras.
Pasear por el casco antiguo es, probablemente, lo más agradecido. Las calles serpentean buscando huecos entre las casas, aparecen tinaos —esos pasadizos cubiertos que conectan edificios— y de repente sales a una placeta pequeña donde alguien tiene macetas hasta en la barandilla.
Es de esos sitios donde lo mejor es no llevar ruta. Caminar un rato, girar donde te apetezca y fijarte en detalles: puertas de madera con herrajes viejos, muros encalados que reflejan la luz fuerte de la sierra, gatos durmiendo en mitad de la calle como si fueran los dueños.
En el centro del pueblo, la Fuente del Pueblo sigue siendo un punto de paso habitual. Desde ahí salen caminos que bajan hacia los bancales. Si te asomas a alguno verás las acequias que todavía reparten el agua por las terrazas agrícolas, un sistema heredado de época andalusí que sigue funcionando siglos después.
Cerca del casco urbano hay varias eras y puntos abiertos donde el paisaje se entiende mejor. Al atardecer la luz cae de lado sobre los bancales y la sierra de fondo. No hace falta hacer nada especial: sentarse un rato ya compensa el viaje.
Caminando entre bancales y cumbres
Alrededor de Soportújar hay varios senderos cortos que se internan entre huertos, almendros e higueras. Son caminos que tradicionalmente conectaban parcelas y pueblos cercanos, así que caminar por ellos es casi como seguir la lógica del territorio.
Una de las rutas más habituales recorre los bancales que rodean el pueblo. No tiene gran dificultad y sirve para entender cómo se ha cultivado esta ladera durante generaciones.
Si te apetece ganar algo de altura, por la zona también hay caminos que suben hacia cerros cercanos. Las pendientes se notan, como en casi toda la Alpujarra, pero las vistas compensan: sierra, barrancos y pueblos blancos repartidos por la ladera.
En cuanto a la comida, aquí manda lo de siempre en la sierra: platos contundentes pensados para jornadas largas en el campo. Migas, embutidos de la zona, huevos, patatas… cocina sencilla, de la que llena.
A finales de invierno, cuando florecen los almendros —suele ser entre febrero y marzo— el paisaje cambia bastante. Las laderas se llenan de blanco y rosa, y el contraste con la tierra oscura de los bancales queda bastante fotogénico. Eso sí: aunque salga el sol, el aire en la sierra puede seguir siendo frío.
Tradiciones que siguen tirando del calendario
En pueblos pequeños como este las fiestas siguen teniendo más que ver con los vecinos que con atraer gente de fuera. La celebración de Santa María la Mayor en verano suele ser uno de los momentos en que el pueblo se llena un poco más, sobre todo con gente que vuelve esos días.
También es habitual que en otoño haya actividades relacionadas con la castaña, muy ligada históricamente a la economía de la zona. No es un gran evento turístico, más bien encuentros sencillos con ambiente de pueblo.
La Semana Santa aquí se vive de manera discreta. Procesiones pequeñas, pasos que recorren calles estrechas y mucha gente mirando en silencio. No hay grandes despliegues, pero precisamente por eso se siente bastante auténtica.
Cómo llegar a Soportújar
Para llegar en coche desde Granada lo habitual es bajar primero hacia la zona de Órgiva por la A‑44 y, desde allí, empezar a subir hacia los pueblos de la Alpujarra alta. En ese tramo la carretera ya empieza a retorcerse un poco entre montañas y barrancos.
Antes de llegar a Pampaneira aparece el desvío hacia Soportújar. Son pocos kilómetros más, pero suficientes para que el paisaje se vuelva más tranquilo y el tráfico casi desaparezca.
Cuando entras en el pueblo lo notarás rápido: calles estrechas, alguna cuesta seria y la sensación de haber llegado a uno de esos rincones donde la Alpujarra sigue funcionando a su propio ritmo. No hace falta mucho más. Un paseo, un rato mirando el valle y listo. A veces los planes sencillos son los que mejor salen.