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sobre Trevélez
Uno de los pueblos más altos de España; famoso mundialmente por sus jamones curados al aire de la sierra
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El primer contacto con Trevélez suele llegar a media mañana, cuando el sol ya ha empezado a calentar las laderas y la luz entra oblicua entre las calles empedradas. En el aire se mezclan el olor a leña, algo de humedad de montaña y ese aroma seco, muy reconocible, de los jamones que cuelgan en los secaderos. El turismo en Trevélez gira inevitablemente alrededor de esa combinación: altura, clima áspero y una forma de vida que todavía depende bastante de lo que marca la sierra. El pueblo está a más de 1.400 metros, uno de los más altos de la península habitados todo el año, y esa altitud se nota en el aire fino de las mañanas y en los inviernos largos.
Las casas se reparten en tres barrios escalonados por la ladera. Las fachadas blancas, bastante lisas, y las chimeneas cónicas aparecen sobre todo en el Barrio Alto, donde el viento corre con más libertad. Desde allí el valle se abre hacia el sur y, cuando el día está muy limpio, la vista alcanza muy lejos, con las cumbres de Sierra Nevada recortadas detrás. Caminar por estas calles implica subir y bajar constantemente; conviene traer calzado cómodo porque las cuestas son continuas.
En muchos rincones aún se ven pequeños corrales, bancales pegados a las casas o leñeras bajo los tinaos, esas galerías cubiertas que unen unas viviendas con otras. Son detalles que hablan de cómo se ha vivido aquí durante siglos, con huertos pequeños y animales cerca de casa.
La iglesia de San Benito, levantada en el siglo XVI, aparece en medio del caserío con una torre de aire mudéjar bastante sobria. Dentro se conserva un retablo barroco y la imagen de la Virgen de las Nieves, muy ligada a la devoción local. No siempre está abierta, así que si te interesa verla conviene pasar a distintas horas del día y probar suerte.
Los barrios y el agua del pueblo
El Barrio Alto suele ser el más tranquilo. A primera hora de la tarde, cuando el sol cae de lado sobre las azoteas planas, se oyen puertas, algún perro, el ruido de la leña al colocarse. En muchas terrazas hay macetas con geranios y pilas de madera preparadas para el invierno.
Más abajo, en la zona central, la Fuente de los Pilares sigue siendo un punto de paso constante. El agua corre fría incluso en verano y no es raro ver a alguien llenando garrafas o simplemente apoyado un rato en el borde de piedra. Son lugares donde el pueblo mantiene su ritmo diario.
El jamón y los secaderos
El jamón forma parte del paisaje tanto como las montañas. Los secaderos se reparten sobre todo por los barrios medio y bajo, edificios altos y ventilados pensados para aprovechar el aire seco que baja de la sierra.
A ciertas horas se ve movimiento de camiones, palés y piezas cubiertas con sal. No es un decorado: es trabajo diario. Algunas instalaciones organizan visitas o pequeñas degustaciones en determinadas épocas, aunque no siempre. Lo mejor es informarse allí mismo o en la oficina de turismo antes de contar con ello.
Caminos que salen hacia Sierra Nevada
Desde el pueblo parten varios senderos que se internan en la parte alta de la Alpujarra y suben hacia Sierra Nevada. Uno de los recorridos más conocidos es el que conduce hacia el Mulhacén, la cima más alta de la península. No es una excursión menor: el desnivel y los cambios de tiempo obligan a ir bien preparado y revisar la previsión meteorológica antes de salir.
También hay rutas mucho más cortas alrededor del pueblo. Caminos antiguos que conectaban cortijos y pueblos vecinos, cruzando acequias, pequeños arroyos y bancales. En primavera y a comienzos de verano el verde todavía resiste en algunas laderas, con castaños y praderas donde pastan cabras.
El sendero europeo E4 pasa por Trevélez dentro de su largo recorrido por la Alpujarra, enlazando varios pueblos de la comarca. Es una buena referencia para quien quiera caminar varios días por esta zona.
Lo que se come cuando aprieta el frío
La cocina local sigue siendo contundente. Platos de cuchara, embutidos curados y dulces hechos con recetas muy antiguas aparecen sobre todo en los meses fríos. En otoño es fácil encontrar castañas asadas y nueces recién recogidas.
Durante algunas celebraciones del calendario local, la comida y la música ocupan buena parte de la calle. En enero, por ejemplo, las hogueras de las fiestas de San Antonio iluminan el pueblo cuando cae la noche y el humo se mezcla con el aire frío que baja de la sierra.
Trevélez mantiene un ritmo lento y bastante directo. Aquí la montaña manda: en el clima, en el trabajo y en cómo se mueve la gente por el pueblo. Quien llega con tiempo para caminar despacio por sus cuestas y escuchar el silencio de las tardes suele entenderlo mejor.