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sobre Bujalance
Conjunto histórico artístico rodeado de olivares con un imponente castillo califal y un casco antiguo que refleja el esplendor del barroco cordobés en sus iglesias y casas señoriales
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Hay pueblos que te obligan a frenar el coche. Bujalance es uno de esos. Vas por la A‑4 camino de Córdoba y, de repente, ves una torre que parece ligeramente torcida, como si el albañil hubiera terminado la obra un viernes a última hora. No es cosa tuya. Es la torre de la Asunción. Y a partir de ahí empieza el turismo en Bujalance de verdad: mirando hacia arriba y preguntándote cómo sigue en pie.
La torre que se niega a caer
La torre de la iglesia de la Asunción tiene esa inclinación que hace que todo el mundo saque el móvil. No es una exageración: se nota. La levantaron en el siglo XVI y desde entonces sigue ahí, con su pequeña desviación incluida.
Subir se puede, aunque no es el típico mirador cómodo. Hay bastantes escalones y el espacio es estrecho en algunos tramos. Pero cuando llegas arriba entiendes por qué la gente insiste. La campiña se abre alrededor con filas de olivos que parecen no acabarse nunca. Y el castillo, un poco más allá, recuerda que este sitio fue frontera durante siglos.
Algunas personas del pueblo hablan de un fenómeno de luz que ocurre ciertos días del verano, cuando el sol entra alineado por la iglesia. No siempre coincide exactamente en la misma fecha según a quién preguntes, pero es una de esas historias locales que siguen atrayendo madrugadores.
Un castillo que no parece un decorado
El castillo de Bujalance tiene algo que se agradece: no parece un parque temático medieval. Es una fortaleza andalusí, levantada en tiempos de Abderramán III, y todavía mantiene ese aire serio de edificio defensivo.
Las murallas y las torres siguen marcando el perfil del casco antiguo. Cuando caminas por dentro te haces una idea rápida del tamaño que debió de tener el recinto. No es pequeño. De hecho, el patio de armas es amplio y a veces se utiliza para actividades culturales cuando llega el buen tiempo.
Si sopla aire de la campiña, se nota. Entre los muros corre una corriente que recuerda que esto se construyó pensando en vigilar el territorio, no en la comodidad.
Cómo acabó siendo ciudad
Bujalance tiene un detalle histórico curioso. Durante siglos fue una villa más de la campiña cordobesa, hasta que en el siglo XVII obtuvo el título de ciudad concedido por la corona. No fue gratis: el municipio tuvo que reunir una suma considerable de ducados.
La comparación fácil sería pagar por una matrícula especial para el coche y luego tener que estar a la altura. Desde entonces el nombre de “ciudad” se quedó ligado al pueblo, algo que aquí todavía se menciona con cierto orgullo.
La economía de la zona siempre ha estado muy ligada al campo. Antes eran cereales y rutas comerciales que cruzaban la comarca. Hoy el paisaje manda: olivares en todas direcciones.
Madrugar en Bujalance
Si te acercas en verano es posible que oigas hablar de caminatas al amanecer y encuentros alrededor de la torre en fechas concretas. Suelen organizarse actividades para ver salir el sol desde los alrededores del pueblo.
La idea es sencilla: caminar de madrugada, esperar la luz y luego bajar al centro cuando el día ya aprieta. A esas horas Bujalance está medio dormido y se oye más a las golondrinas que a los coches.
Después, lo normal es que el ritmo del pueblo vuelva a lo que toca en Andalucía cuando llega el calor. Calles tranquilas durante la mañana y movimiento otra vez cuando cae la tarde.
El flamenquín y otras cosas que pasan aquí
El flamenquín aparece en casi cualquier conversación sobre comida en la campiña cordobesa, y en Bujalance también. Grande, crujiente por fuera y contundente. No tiene misterio ni pretende tenerlo.
Lo bueno es que encaja con el plan del día: pasear por el centro, subir alguna cuesta, curiosear por las calles que salen de la plaza y luego sentarte a comer algo serio.
A finales del verano el pueblo suele celebrar su feria. Es de las que se viven más entre vecinos que entre visitantes. El recinto no es enorme, así que en un rato acabas reconociendo caras aunque hayas llegado ese mismo día.
Antes de irte
Bujalance no entra por los ojos en cinco minutos. No es ese lugar que impresiona desde la primera foto. Pero cuando caminas un rato, subes a la torre o te acercas al castillo, empiezas a entenderlo mejor.
Si pasas por la A‑4 y te sobra una hora, merece la pena desviarse. Y si te quedas una mañana entera, todavía mejor. Al final te vas con la sensación de haber parado en un sitio real, de los que siguen viviendo a su ritmo aunque la autovía pase a pocos kilómetros.