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sobre Villa del Río
Pueblo ribereño con un puente romano y un castillo que alberga el ayuntamiento destacando por su actividad cultural y su industria del mueble
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Villa del Río es como esos pueblos que encuentras por casualidad cuando el GPS te manda por una carretera secundaria. Paras a estirar las piernas, cruzas un puente viejo y piensas que aquello iba a ser una parada rápida. Luego miras un poco alrededor y resulta que ese puente lleva ahí desde tiempos romanos y que el pueblo tiene más capas de historia de las que parecía desde la ventanilla del coche.
El castillo que acabó siendo iglesia… y después ayuntamiento
El edificio más curioso de Villa del Río está en la parte alta del casco urbano. Hoy es el ayuntamiento, pero su historia es bastante más larga.
El origen suele situarse en una fortificación de época andalusí. Con los siglos el edificio cambió de uso: en el XVI se transformó en iglesia, en una de esas adaptaciones bastante comunes en Andalucía cuando las antiguas defensas se integraban en la vida del pueblo. En el proyecto participó Hernán Ruiz I, arquitecto ligado también a obras importantes en Córdoba.
Con el tiempo volvió a cambiar de papel. Durante buena parte del siglo XX funcionó como mercado de abastos antes de convertirse en sede del consistorio. Dicho así suena un poco caótico, pero cuando estás allí lo entiendes: los pueblos reutilizan los edificios que ya tienen. Si una torre aguanta siglos de guerras y reformas, también aguanta puestos de fruta y oficinas municipales.
Subir hasta aquí además sirve para orientarte. Desde arriba se ve bien el entramado de calles y el paisaje de olivar que rodea Villa del Río.
El puente romano sobre el arroyo Salado
A las afueras está el puente romano sobre el arroyo Salado. Formaba parte de la antigua Vía Augusta, la gran ruta que recorría la costa mediterránea y buena parte del sur de la península en época romana.
No es un puente monumental como los de algunas capitales, pero tiene algo que engancha: los sillares grandes, los arcos de piedra y esa sensación de obra hecha para durar siglos. De hecho se conserva bastante bien para el tiempo que lleva en pie.
Desde el pueblo suele hacerse un paseo corto hasta el puente. Es un recorrido sencillo, de esos que haces sin pensar mucho, más para caminar un rato y ver el entorno que para marcarte una ruta de senderismo seria.
Y el nombre del arroyo despista un poco: se llama Salado, pero el agua no lo está.
La Casa de las Cadenas
En el centro del pueblo está la llamada Casa de las Cadenas. La tradición local cuenta que aquí se alojó Carlos III cuando todavía era infante, durante uno de sus viajes por Andalucía en el siglo XVIII.
A raíz de esa visita la casa recibió un privilegio real. Entre otras cosas, tenía derecho de asilo: quien entraba en la vivienda quedaba bajo protección durante un tiempo. Hoy suena casi a juego infantil —como cuando en el pilla‑pilla hay una base donde no te pueden tocar—, pero en su momento tenía consecuencias bastante serias.
El edificio alberga hoy el museo histórico municipal. Dentro hay piezas relacionadas con la historia del pueblo y algunas obras de artistas vinculados a la zona.
Lo que se come cuando el campo aprieta el hambre
La cocina de Villa del Río es la que uno espera en un pueblo rodeado de olivar y campo.
Las migas suelen aparecer en muchas cartas cuando llega el tiempo fresco. Se preparan con pan asentado, aceite de oliva y acompañamientos que cambian según la casa: a veces uvas, a veces chorizo o pimientos. Es uno de esos platos que nacen del aprovechamiento y acaban convirtiéndose en tradición.
También es conocida la llamada olla de San Antón, un guiso contundente que se asocia a las celebraciones de enero en muchos pueblos andaluces. Y no falta el gazpacho con bacalao, que sorprende a quien espera el gazpacho frío típico del verano.
Para el final, dulces como los roscos de vino, muy presentes en la repostería casera de la zona.
Cuándo merece más la pena acercarse
Primavera suele ser el momento más agradecido para moverse por esta parte del Alto Guadalquivir. El campo está verde, el calor todavía no aprieta demasiado y los paseos alrededor del río se disfrutan más.
En verano el termómetro sube, como en buena parte de Córdoba. Aun así, es cuando se celebran las fiestas principales del pueblo y hay más ambiente en las calles por la noche.
El invierno es más tranquilo. Si te gustan los pueblos sin demasiada gente y las comidas de cuchara, también tiene su punto.
Cómo visitar Villa del Río sin complicarte
Villa del Río no es un sitio para hacer una lista larga de monumentos y tacharlos uno por uno. Funciona mejor de otra manera.
Llegas, das una vuelta por el centro, subes hasta el antiguo castillo que hoy es ayuntamiento, te acercas después al puente romano y terminas sentándote a comer algo con calma. En unas horas te haces una buena idea del lugar.
Luego ya decides si sigues ruta por el Alto Guadalquivir —Montoro está muy cerca— o si vuelves a casa con esa sensación de haber descubierto un sitio que no estaba en tus planes. A veces los pueblos que aparecen así, casi por casualidad, son los que más se recuerdan.