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sobre Villafranca de Córdoba
Localidad situada junto al Guadalquivir famosa por su parque acuático y su entorno natural de ribera y dehesa ideal para el ocio familiar
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Las campanas de Santa Marina suenan temprano y el eco sube un momento hacia la sierra antes de volver a caer sobre los tejados. A esa hora Villafranca de Córdoba todavía se mueve despacio. Desde la terraza de la antigua carnicería —hoy biblioteca— se alcanza a ver el Guadalquivir abriéndose en la vega. Verde de maíz, líneas de olivar y, más lejos, la campiña más seca. Tres paisajes juntos, casi sin moverse del sitio.
Villafranca de Córdoba queda a pocos kilómetros de la capital, en la comarca del Alto Guadalquivir. Es un pueblo de algo menos de cinco mil vecinos donde el río sigue marcando el ritmo del campo y de las estaciones.
El tiempo que se quedó en las torres
A medio camino entre la capital y Sierra Morena quedan dos torres de ladrillo que organizan el perfil del pueblo.
La Torre del Reloj empezó a levantarse en el siglo XVI. El mecanismo del reloj obligó a añadir cuerpos con el tiempo, como si el edificio creciera alrededor de esa maquinaria. Desde abajo parece más alta de lo que realmente es. Tiene esa proporción sobria de la arquitectura que se hizo para durar.
A poca distancia está la Torre de San Miguel. Es lo único que queda de una iglesia desaparecida. Un cilindro claro, de cal y ladrillo, que hoy funciona casi como referencia visual para orientarse entre las calles del centro.
Entre ambas torres se extiende un pequeño laberinto de calles estrechas. A media mañana suele salir olor a pan de algunas casas. No hace falta planear mucho el recorrido. En menos de una hora se camina el casco antiguo con calma.
Agua que baja y voces que suben
En Villafranca el agua aparece en varios puntos del pueblo. Existe un recorrido que muchos vecinos llaman la Ruta del Agua. Une varias fuentes tradicionales y termina en la Fuente Agria.
La Fuente de los Dos Caños se construyó entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Siempre circula la misma historia: el ayuntamiento quiso evitar que las muchachas bajaran al río a lavar. Decían que allí se juntaban demasiadas conversaciones y algún que otro romance. La solución fue acercar el agua al centro.
La Fuente Agria sigue utilizándose. El agua sale con sabor mineral, ligeramente ferruginoso. Aún es habitual ver a alguien llenando garrafas.
Cuando el pueblo huele a sardina y a tortilla
Hay días en que Villafranca cambia de olor.
Durante la Candelaria suelen encenderse hogueras en distintos barrios. El humo de las sardinas asadas se mezcla con el de las migas hechas en sartenes grandes. La gente se queda alrededor del fuego hablando mientras cae la noche.
En torno a San Isidro también se prepara una tortilla colectiva bastante conocida en la zona. Se cocina en la calle con muchas manos alrededor de las sartenes. Luego se reparte en trozos de papel y se come de pie, entre corrillos y conversaciones que siempre terminan hablando de la huerta o del río.
Entre la sierra y la vega, a pie y sin mapa
Hacia el norte el terreno empieza a subir hacia Sierra Morena. Desde el Puerto de la Higuera sale un camino que se adentra entre olivares viejos y pequeñas manchas de monte. El sendero llega hasta el paraje de La Huertezuela, donde tradicionalmente se celebra la romería de San Isidro.
No hace falta esperar a esa fecha para caminarlo. En días frescos se recorre sin dificultad. A mitad del trayecto aparecen los restos conocidos como Los Torreones. Son cimientos de piedra que indican ocupaciones muy antiguas, reutilizadas durante siglos.
El lugar está abierto. A veces solo se oye el viento entre los olivos y alguna perdiz levantando el vuelo.
Algunas cosas que conviene saber antes de venir
La primavera suele ser el momento más amable para recorrer Villafranca de Córdoba. La vega está verde y el aire trae olor a azahar de las huertas cercanas. En verano el calor aprieta desde media mañana y conviene salir temprano.
Si coincides con fines de semana de carnaval, el ambiente cambia bastante. Las chirigotas y los concursos llenan las calles hasta tarde. Quien busque silencio lo notará.
Lo más práctico es dejar el coche en las avenidas amplias de entrada al pueblo y seguir a pie. El centro se camina rápido y las calles son estrechas.
Mucha gente lleva una botella vacía cuando pasa por la Fuente Agria. El agua se puede beber y después de andar un rato sabe a piedra fresca.
Cuando vuelves hacia Córdoba por la carretera, los campos abiertos acompañan varios kilómetros. En ciertas épocas aparecen girasoles o cereal alto moviéndose con el viento. Detrás queda el perfil de las dos torres, rectas sobre el pueblo, visibles un buen rato antes de desaparecer en la curva.