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sobre Alosno
Cuna del fandango y tierra de tradiciones mineras y ganaderas; destaca por su gastronomía y su folclore único que resuena en cada rincón de sus calles blancas
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A las nueve de la mañana, cuando el sol ya calienta las losas de la plaza, el olor a carne en la sartén y a café torrefacto se escapa por las puertas entreabiertas. En algunas mesas ya hay pan abierto y conversación lenta. Alosno despierta así: con el eco de las primeras voces en la calle y, a veces, con la voz de Paco Toronjo saliendo de una radio antigua apoyada en el alféizar.
El pueblo está en el Andévalo onubense, en una loma desde la que se ve el campo abrirse en todas direcciones: dehesas, olivares dispersos y caminos de tierra que en verano levantan polvo rojo. No es un lugar de paso rápido. Aquí las cosas suelen hacerse despacio, incluso caminar por la calle Real.
El sabor de una comarca
El gazpacho alosnero no se parece demasiado al que aparece en anuncios o en cartas de ciudad. Lleva huevo duro, jamón y pan frito. Es espeso, casi un plato de cuchara más que una sopa fría, y muchas casas todavía lo sirven en cuencos de barro que conservan el calor del pan recién pasado por la sartén.
En los días de mercado —tradicionalmente uno a la semana en la plaza de San Sebastián— todavía se ven cestas de mimbre apoyadas en el suelo mientras se comparan tomates o se comenta cómo ha venido la aceituna ese año. El cocido de cordero también sigue muy presente en muchas cocinas del pueblo, preparado sin prisa. Si pasas por algunas calles a media mañana en invierno, el olor se escapa por las chimeneas bajas.
En las ventanas y patios interiores no es raro ver jamones curándose al aire. El viento que llega desde la sierra ayuda a secarlos con calma durante los meses fríos. Aquí el calendario todavía gira bastante alrededor de la matanza y de lo que da el campo cada temporada.
Donde el fandango forma parte del día
En Alosno el fandango no aparece solo en escenarios o festivales. Forma parte de la conversación diaria. A veces surge en una reunión familiar, otras en una fiesta pequeña o después de una comida larga. Basta una guitarra y alguien que empiece.
El llamado fandango de Alosno tiene una forma muy reconocible dentro del flamenco de Huelva, y el pueblo suele mencionarse como uno de los lugares donde más arraigó. Muchos niños lo escuchan desde pequeños en casa, en la calle o en celebraciones locales.
A comienzos de otoño suele celebrarse un encuentro dedicado a este cante que reúne a aficionados y cantaores de la zona. Aun así, el momento más natural no siempre coincide con esos días. Puede ser cualquier tarde, cuando alguien se arranca a cantar y los demás guardan silencio.
Las minas que cambiaron el silencio
A pocos kilómetros están las antiguas explotaciones mineras de Tharsis, que durante mucho tiempo marcaron la vida de esta parte del Andévalo. Aún quedan tramos del viejo ferrocarril minero y edificios industriales que recuerdan aquella época en la que muchos vecinos alternaban el campo con el trabajo en las minas.
El paisaje cambia según te acercas. La tierra se vuelve más rojiza y aparecen escombreras con tonos verdes, ocres y naranjas que parecen sacados de una paleta de pintura. Hay varios caminos y senderos que se acercan a estas zonas mineras; algunos se pueden recorrer a pie o en bicicleta.
Conviene llevar agua y protegerse del sol, porque en muchos tramos no hay sombra ni fuentes. La luz de primera hora del día, cuando el sol aún va bajo, resalta mucho los colores del terreno.
Paseos entre olivos y apellidos
Alrededor de Alosno hay caminos agrícolas que suben y bajan entre olivares viejos. Algunos árboles son tan gruesos que cuesta abarcar el tronco con los brazos. Los agricultores suelen identificarlos por nombres que solo entienden en casa: el del abuelo, el de una parcela antigua, el de quien lo plantó.
Desde algunos cabezos cercanos se ve el pueblo entero: las casas blancas escalonadas, la torre de la iglesia de San Sebastián y, más lejos, la dehesa abierta donde pastan los cerdos durante la montanera.
Por la tarde, cuando baja el sol, muchas puertas se quedan abiertas. Aparecen las sillas en la acera y la conversación salta de una casa a otra. Los niños ocupan la calle con juegos sencillos y algún coche pasa despacio, casi pidiendo permiso.
En Alosno todavía se oye mucho esa pregunta antigua: “¿de quién eres?”. Los apellidos siguen funcionando como una pequeña cartografía del pueblo. Algunos recuerdan a familias que emigraron y volvieron años después; otros están ligados a oficios, al campo o al cante.
Cuándo ir: La primavera suele ser el momento más agradecido. El campo del Andévalo se pone verde durante unas semanas y las temperaturas todavía permiten caminar a mediodía. A partir de junio el calor aprieta con fuerza.
Qué evitar: Llegar al centro del pueblo en coche a ciertas horas de verano. Las calles son estrechas y muchas terminan en cuesta o en callejones donde cuesta maniobrar. Aparcar en la parte baja y subir andando suele ahorrar tiempo… y algún disgusto.