Artículo completo
sobre Calañas
Pueblo minero y agrícola situado en el corazón del Andévalo; conocido por su sombrero calañés y la devoción a la Virgen de España en un entorno de ribera
Ocultar artículo Leer artículo completo
Turismo en Calañas empieza temprano, antes incluso de que el sol suba del todo sobre el Andévalo. A las nueve de la mañana ya calienta las losas de la plaza. Un hombre saca las sillas del bar y las arrastra con ese ruido metálico que reconocerías entre mil. Los camiones de la sierra bajan cargados de troncos, los perros se estiran en las aceras todavía frías y el olor a pan recién hecho sale de la panadería del centro.
El pueblo se despierta así, sin prisa pero sin pausa, como lleva haciendo generaciones.
La luz que cambia el color de las cosas
Desde el cerro de San Cristóbal, Calañas aparece como un manchón blanco entre el verde oscuro de los eucaliptos. Casas bajas, tejas rojizas, el campanario de la iglesia levantándose por encima de los tejados. El conjunto parece casi plano al mediodía, cuando el sol cae a plomo.
Pero al final de la tarde el pueblo cambia. La luz del Andévalo entra de lado y las paredes encaladas toman un tono amarillento, gastado, como si el color saliera de dentro del propio muro. Es una luz muy limpia, seca, que deja ver hasta las grietas finas del encalado.
La iglesia de Nuestra Señora de Gracia domina el casco urbano con esa sobriedad tan común en muchos pueblos ligados a la minería. Se levantó en el siglo XVI y ha tenido reformas posteriores, pero mantiene un aire austero. A media mañana suele haber movimiento en los bancos de alrededor: gente que charla un rato, alguien que entra a hacer un recado al ayuntamiento, vecinos que cruzan la plaza sin detenerse.
El sabor que se queda
En Calañas se come con cuchillo y pan cerca. Los riñones de cerdo a la andevaluense llegan a la mesa muy calientes, con una salsa picante que pide mojar pan despacio. Es una receta asociada a los años de mina, cuando la jornada empezaba temprano y el trabajo exigía comida contundente.
El llamado vino de la Virgen —mezcla de vino blanco seco con otro más dulce— se sirve frío en copas pequeñas. No tiene ceremonia: se bebe en conversación, muchas veces de pie o apoyado en una mesa alta, mientras la tarde se va enfriando.
En Semana Santa aparece en muchas casas el dulce conocido como Enesita. Es un bizcocho empapado en almíbar con canela y clavo. Quien lo prepara suele decir lo mismo: necesita reposar varios días para que el almíbar se asiente y el sabor se vuelva más profundo.
Las huellas que quedan bajo tierra
La historia minera se nota en todo el territorio que rodea Calañas. Desde aquí salen caminos y pistas que se acercan a antiguos complejos mineros como Sotiel o La Zarza. Son recorridos que atraviesan pinares, manchas de encina y claros donde el suelo cambia de color, a veces rojizo, a veces casi gris.
En algunos puntos aparecen estructuras industriales abandonadas: tolvas, viejas naves, tramos de vía que se pierden entre la hierba. El pozo de la mina de La Zarza impresiona incluso desde lejos, un hueco profundo rodeado de restos metálicos y hormigón.
La explotación moderna fue especialmente intensa durante el siglo XX, aunque en la zona ya trabajaban los romanos buscando metales. Hoy quedan sobre todo ruinas industriales y silencio. De vez en cuando llega un olor mineral, áspero, que el viento mueve entre las escombreras.
Si recorres estas zonas conviene hacerlo por senderos claros y no acercarse a estructuras deterioradas. Hay zonas sin señalizar y el terreno puede engañar.
Cuando el pueblo se llena de gente
La romería de la Coronada suele celebrarse hacia finales de mayo. Durante esos días los caminos que salen del pueblo se llenan de carromatos, caballos y grupos andando bajo el polvo fino del camino. La imagen de la patrona se traslada hasta la ermita entre cantes, palmas y mucho ruido de gente reencontrándose.
La feria llega ya entrado septiembre y cambia el ritmo habitual del pueblo. Se montan casetas alrededor del recinto taurino y por la noche el movimiento se alarga más de lo que Calañas acostumbra el resto del año. Muchos vecinos que viven fuera regresan esos días; se nota en los saludos largos y en los apellidos que vuelven a escucharse por la calle.
Si vienes a conocer Calañas con calma, la primavera suele ser un buen momento. El campo alrededor del pueblo se llena de flores y todavía no aprieta el calor fuerte del Andévalo. En agosto, en cambio, el sol cae con dureza y el pueblo baja el ritmo durante las horas centrales del día: las persianas se cierran, las calles se vacían y todo vuelve a moverse cuando el sol empieza a caer.