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sobre El Cerro de Andévalo
Localidad con fuerte identidad cultural y tradiciones ancestrales como el baile de la Jamuga; posee un rico patrimonio religioso y un entorno de dehesa
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Los fandanguillos del Cerro no se aprenden en academias. Se heredan. Alguien empieza a cantar durante la romería de San Benito y, casi sin aviso, media cuadrilla responde con la misma letra que ya cantaban los mayores. No hay coreografía ni ensayo. En un municipio de algo más de dos mil vecinos repartidos en varios núcleos, la tradición circula así: de oído y de memoria. Eso suele ser lo primero que se percibe al llegar a El Cerro de Andévalo.
El Cerro antes que el nombre
La comarca del Andévalo es una franja de campiña ondulada entre la sierra y la frontera portuguesa. Encinas, alcornoques, matorral bajo y algunas manchas de olivar marcan el paisaje. En medio aparece El Cerro, a unos 299 metros de altitud, levantado sobre una ligera elevación del terreno. No hubo castillo ni murallas. La altura bastaba para controlar el ganado y vigilar los caminos.
Durante la Baja Edad Media la zona pasó por fases de abandono y repoblación. En documentos de finales del siglo XIV aparece citada como lugar despoblado, dentro de los intentos de reorganizar esta frontera interior. Con el tiempo fueron llegando pastores y pequeños propietarios. A comienzos del siglo XVI ya había una comunidad estable.
En ese contexto se inicia la iglesia de Santa María de Gracia. Las obras comienzan en 1562 y se relacionan con Hernán Ruiz, arquitecto activo en varias construcciones andaluzas del momento. El edificio es sobrio: una sola nave cubierta con armadura de madera y reformas posteriores en el interior. Más que su tamaño, importa su función. A partir de entonces el pueblo tiene un centro claro alrededor del que crece el caserío.
El lugar sufrió daños durante los conflictos con Portugal en el siglo XVIII. Parte del caserío quedó afectado. La iglesia permaneció en pie y el pueblo se rehizo en torno a ella.
Hidalgos de paso y apellidos que se quedan
Los archivos parroquiales guardan pistas curiosas. Entre los siglos XVI y XIX aparecen en los registros matrimoniales algunos contrayentes tratados como «don» o «doña». No eran grandes señores. Muchos procedían de Portugal y otros de distintos puntos de la península o del ámbito mediterráneo, atraídos por la ganadería y el movimiento comercial de la zona.
Dejaron sobre todo apellidos. Algunos siguen presentes en el municipio y en los pueblos cercanos. No formaron una élite poderosa ni levantaron palacios. Su importancia está en ese pequeño cruce de procedencias que, con el tiempo, quedó integrado en una comunidad bastante cerrada.
Cuatro aldeas, un mismo compás
El término municipal ronda los 286 km² y se organiza en varios núcleos: la cabecera de El Cerro y aldeas como La Zarza o La Almonía, entre otras. Cada lugar mantiene su ermita y sus costumbres festivas.
Las distancias, hoy cortas en coche, durante siglos se hacían a caballo o en burro. Por eso la romería de San Benito Abad terminó funcionando como punto de encuentro. La imagen sale en procesión, pero lo central es el camino. Entre encinas y chaparros suenan los fandanguillos del Cerro, con un ritmo más seco que en otras zonas de la provincia. No hay escenario. Canta quien va andando.
Qué mirar cuando no hay grandes monumentos
El Cerro no se recorre buscando edificios espectaculares. Interesa más fijarse en cómo se ha mantenido el trazado y la arquitectura cotidiana.
La plaza de la Constitución es el punto de partida. Casas bajas, fachadas encaladas y portadas de ladrillo. Muchos zócalos están hechos con piedra para proteger los muros del paso del ganado, algo común en pueblos ganaderos. La iglesia de Santa María de Gracia ocupa uno de los lados. Al final de la tarde la torre queda muy marcada contra el perfil de la sierra.
Si la iglesia está abierta —suele ocurrir en horas de culto— conviene entrar un momento. El retablo mayor es barroco y corresponde a reformas del siglo XVIII. No es monumental, pero los motivos vegetales de yeso muestran cómo llegaban hasta aquí las modas artísticas del momento.
Desde la plaza arranca la calle Real, antiguo camino de herradura hacia otros pueblos del Andévalo. En algunas casas todavía se ven corredores de madera en la parte alta, orientados al sur. Servían para ventilar y secar productos agrícolas.
Al final de la calle hay un pequeño punto elevado desde el que se ve la vega. Hoy pasa la carretera, pero el paisaje de dehesa apenas ha cambiado: encinas dispersas y ganado pastando.
Cómo llegar y cuándo
Desde Huelva capital hay algo menos de setenta kilómetros. La ruta más habitual pasa por la A‑49 hasta La Palma del Condado y después continúa por carreteras comarcales que cruzan el Andévalo. El trayecto ronda la hora larga si se conduce sin prisa.
En primavera el campo suele estar verde y la dehesa muy activa. En verano el calor aprieta y las calles quedan tranquilas a mediodía. El municipio cuenta con los servicios básicos; para alojarse muchos viajeros miran también en localidades cercanas como Villanueva de los Castillejos.
La romería de San Benito, en torno al 11 de julio, es el momento de más movimiento. Semanas antes ya se oyen ensayos de fandango en algunas calles. Fuera de esas fechas el pueblo se recorre despacio y sin ruido.
Antes de irte, acércate al cementerio. Está en una pequeña loma con cipreses alrededor. En las lápidas aparecen apellidos que también figuran en los viejos libros parroquiales. Dichos en voz alta suenan familiares: tienen la misma cadencia que los fandanguillos del Cerro. Aquí la memoria también pasa por la música, aunque a veces quede escrita en piedra.