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sobre Paymogo
Municipio fronterizo conocido como el país del mago; tierra de contrabando histórico y dehesas infinitas donde se produce miel y gurumelos
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo entre las encinas, el silencio de las dehesas alrededor de Paymogo apenas se rompe por el balido de alguna oveja o el ruido seco de una cancela al abrirse. Este municipio del Andévalo onubense, con algo más de mil habitantes, mantiene un ritmo pausado que se percibe en cuanto aparcas el coche y empiezas a caminar. La cercanía con Portugal —a pocos kilómetros— se nota en pequeñas cosas: palabras que suenan distintas, recetas que mezclan costumbres de un lado y otro de la raya.
El centro del pueblo y la iglesia de Santa María Magdalena
En el núcleo urbano, la iglesia de Santa María Magdalena ocupa el punto más visible. Su torre sobresale por encima de los tejados blancos y sirve de referencia cuando uno entra por carretera. El edificio actual se levanta sobre una fábrica antigua, probablemente del siglo XVI, con muros gruesos y piedra que toma tonos rojizos cuando le da el sol de la tarde.
Alrededor se despliega un entramado de calles cortas, algunas empedradas, donde las casas mantienen fachadas encaladas y rejas oscuras en las ventanas. En varios portales todavía se ven zócalos de azulejo gastado y puertas de madera que han pasado por muchas manos. No es un casco histórico monumental; más bien un conjunto tranquilo que se recorre sin mapa, dejándose llevar por las cuestas suaves que suben y bajan entre pequeñas plazas.
Conviene caminarlo a última hora de la tarde, cuando el calor baja y empieza a oírse más movimiento en la calle.
Dehesas del Andévalo: el paisaje que rodea Paymogo
Fuera del pueblo empieza lo que realmente define esta zona del Andévalo: kilómetros de dehesa. Encinas y alcornoques dispersos, muros de piedra seca y caminos de tierra rojiza que avanzan entre fincas ganaderas.
En determinadas épocas del año es habitual ver cerdos ibéricos moviéndose despacio bajo los árboles o rebaños de ovejas cruzando los caminos. En primavera el suelo se cubre de hierba y flores bajas; en verano, en cambio, el paisaje se vuelve más seco y el olor a polvo y monte caliente se hace más intenso.
Hay varios caminos rurales que se pueden recorrer andando o en bicicleta. No todos están señalizados, así que conviene informarse antes o llevar un track sencillo. En los días claros, desde algunas lomas suaves se alcanza a ver la línea de monte que marca la frontera con Portugal.
Caminos rurales y pequeñas rutas
El terreno alrededor de Paymogo es ondulado pero accesible. Muchos de los senderos coinciden con antiguos caminos ganaderos que conectaban cortijos y fincas. Son pistas anchas de tierra compactada, buenas para caminar sin prisas.
En otoño, después de las primeras lluvias, vecinos de la zona salen a buscar setas por estas dehesas. Aparecen níscalos y otras especies que crecen entre jaras y encinas. Si no conoces bien el terreno o las variedades, mejor limitarse a pasear y observar: cada año hay advertencias por confusiones con especies tóxicas.
Cocina de campo en el Andévalo
La comida que se encuentra en Paymogo sigue muy ligada a lo que da el campo. Embutidos de cerdo ibérico, guisos donde la carne se cocina despacio y platos sencillos que se preparan desde hace generaciones.
En verano todavía se escucha hablar del gazpacho andevaleño, una receta contundente que mezcla pan asentado, pimiento, ajo y aceite. Cuando llega el frío aparecen los potajes de legumbres y los guisos de cuchara que se comen despacio, muchas veces después de una mañana de trabajo en el campo.
Cuándo acercarse a Paymogo
La primavera y el final del otoño suelen ser los momentos más agradecidos para recorrer esta parte del Andévalo. El campo está verde, las temperaturas son suaves y los caminos se pueden andar sin el calor fuerte del verano.
En julio y agosto el sol cae con fuerza desde media mañana. Si se viene en esos meses, lo mejor es salir temprano y dejar las caminatas para las primeras horas del día o para cuando el sol empieza a bajar.
Desde Huelva capital el trayecto ronda los 80 kilómetros por carretera. El último tramo discurre por vías secundarias que atraviesan pueblos pequeños y zonas de dehesa, así que conviene venir sin prisa.
Paymogo no gira alrededor de monumentos grandes ni de miradores espectaculares. Tiene más que ver con lo que ocurre al caminar despacio: el sonido del ganado al otro lado de una cerca, el olor a encina caliente al mediodía, o esa luz anaranjada que se queda suspendida sobre las dehesas cuando el día empieza a cerrarse. Aquí el paisaje habla bajo, pero si uno se queda un rato, acaba escuchándolo.