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sobre Puebla de Guzmán
Corazón del Andévalo occidental famoso por la romería de la Peña; pueblo blanco sobre un cerro con vistas panorámicas y fuerte tradición ecuestre
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A las ocho de la mañana, cuando las campanas de la iglesia de Santa Cruz marcan la hora con un sonido algo metálico, el centro de Puebla de Guzmán todavía está medio dormido. En invierno suele oler a leña húmeda y a café recién hecho que se escapa por las puertas entreabiertas. La niebla baja desde el valle del Guadiana y la tierra rojiza del Andévalo se vuelve más oscura, casi granate. Algún coche aparca junto al ayuntamiento con las luces encendidas unos segundos más de la cuenta. Un hombre pasa cargando una garrafa de vino y saluda a quien encuentra: «Buenos días, ¿qué tal la familia?». Aquí las conversaciones empiezan así, como si todos se conocieran de antes.
La plaza donde se juntan los caminos
Puebla de Guzmán se levanta sobre un asentamiento antiguo —la alquería de Juan Pérez aparece citada a finales del siglo XV—, pero lo que realmente cuenta la historia del pueblo es la plaza. El empedrado está gastado y ligeramente irregular, con ese brillo suave que dejan décadas de pasos.
A un lado se alza la iglesia de Santa Cruz, con su aspecto algo defensivo y la torre almenada que recuerda su origen como torre musulmana. Enfrente, el convento de María Auxiliadora mantiene una fachada blanca, sobria, que a mediodía refleja la luz con una intensidad casi de verano incluso en enero.
Entre ambos queda un pequeño kiosco de música que hoy parece más decorativo que otra cosa y varios bancos de piedra donde se sientan los vecinos cuando el sol entra de lleno. A esa hora el pueblo se ralentiza: alguien llega con el pan bajo el brazo, una moto sube la cuesta con eco y las golondrinas pasan bajas cuando empieza a calentar el aire.
Dentro de la iglesia el ambiente cambia. La nave resulta más recogida de lo que sugiere el exterior y el olor mezcla cera, humedad y madera antigua. Sobre el crucero cuelga un Cristo oscuro del que en el pueblo cuentan que llegó desde América hace mucho tiempo, enviado por un paisano que hizo carrera en la Iglesia al otro lado del océano. No siempre está abierta, así que conviene pasar sin demasiada prisa y probar suerte.
El campo que se come y el campo que se anda
En cuanto sales del casco urbano, el asfalto empieza a aflojar. La carretera se convierte en pista y la pista en sendero. Por aquí pasa la Vía Verde del Guadiana, que aprovecha el antiguo trazado ferroviario por donde salía el mineral hacia el río.
El camino avanza casi siempre recto, con tramos de grava fina y otros donde todavía asoma el antiguo balasto. A los lados crecen jaras, pinos dispersos y manchas de romero que en otoño, después de las primeras lluvias, perfuman el aire con fuerza. Conviene llevar calzado cerrado: el terreno se vuelve pegajoso cuando la tierra roja se moja.
Cada cierto tiempo aparecen molinos de viento del siglo XIX, construcciones circulares de piedra que sobresalen en las lomas suaves del Andévalo. Desde lejos parecen torres bajas vigilando el camino. Las aspas apenas se mueven, pero cuando sopla el viento el ruido llega como un crujido lento.
El recorrido acaba en el Puerto de la Laja, un antiguo embarcadero minero junto al Guadiana. El agua suele verse verde oliva y bastante quieta, aunque las corrientes del río engañan. Hay carteles que desaconsejan el baño. No hay muchos servicios en la zona, así que lo normal es volver por el mismo camino o haber dejado el coche organizado en alguno de los accesos.
En invierno es fácil ver bandos de grullas cruzando el cielo al atardecer.
Cuando el pueblo sale a comer al campo
A finales de enero, el olor que domina el pueblo es otro: humo de encina, ajo machacado y orégano. Es tiempo de matanza. En muchas casas todavía se mantiene la costumbre de preparar los embutidos para el año, trabajando desde primera hora en patios donde se colocan mesas largas de madera.
No es algo pensado para visitantes. Es una tarea doméstica que se comparte entre vecinos y familia. Aun así, si caes por el pueblo esos días es probable que acabes con un plato caliente en las manos y alguien explicando cómo va la mezcla de la carne.
En primavera llega la Romería de la Virgen de la Peña, muy arraigada en todo el Andévalo. La imagen se guarda en un santuario de piedra en el cerro cercano y durante esos días el camino entre el pueblo y la ermita se llena de carretas, caballos y gente caminando entre polvo y música. El ambiente cambia por completo: más ruido, más comida al aire libre, noches largas alrededor de las candelas.
Cómo llegar y cuándo volver
Desde Huelva capital se tarda algo más de una hora en coche. La A‑49 cubre buena parte del trayecto y después empiezan las carreteras comarcales del Andévalo, con curvas suaves entre dehesas y lomas bajas.
No conviene llegar con el depósito justo: en el propio pueblo no siempre hay todos los servicios, y lo habitual es repostar en localidades cercanas antes de entrar en esta parte de la comarca.
La mejor época suele ser la primavera temprana. La dehesa se pone verde, las jaras empiezan a abrir y el aire aún es fresco por la mañana. A esa hora la plaza vuelve a quedarse casi vacía, con el sonido de las campanas mezclado con el viento que llega desde el campo. Basta sentarse un rato en un banco y mirar cómo pasa la gente. Aquí los días no tienen mucha prisa.