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sobre San Bartolomé de la Torre
Pueblo moderno y dinámico con una torre vigía que le da nombre; destaca por su parque municipal y la calidad de vida en el entorno del Andévalo
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En San Bartolomé de la Torre se aparca sin demasiadas vueltas en la zona de la plaza y calles cercanas. El centro es pequeño y se recorre andando en poco rato. No es un lugar para llenar un fin de semana entero. Mucha gente para un momento si va cruzando el Andévalo.
Por la mañana temprano el pueblo huele a pan. Hay hornos que empiezan de madrugada y el olor se nota en varias calles del centro. Si pasas a esa hora, se entiende rápido de qué vive buena parte del pueblo: campo alrededor y tradición panadera dentro.
La torre que da nombre al pueblo
La Torre de San Bartolomé está a algo menos de un kilómetro del casco urbano. Se ve desde la carretera, sola en un cerro bajo.
Se suele fechar en época medieval, vinculada a los sistemas de vigilancia de la frontera con Portugal. Hoy queda la torre y poco más alrededor. No hay centro de interpretación ni control de acceso. Un camino de tierra sube hasta arriba. En verano el sol pega fuerte y apenas hay sombra.
La visita es rápida. Subes, miras el paisaje del Andévalo —olivar disperso, algo de dehesa— y bajas. Diez minutos si vas tranquilo.
Un dolmen, la iglesia y un antiguo molino
A las afueras, en dirección a El Almendro, está el Dolmen del Cabezo de las Palmas. Es un monumento megalítico con corredor que suele situarse en el III milenio a. C. El acceso está señalizado y es libre.
No hay grandes montajes alrededor. Básicamente verás las losas que forman la cámara y el corredor. Si ya has visto otros dólmenes del suroeste, te resultará familiar. La diferencia aquí es la tranquilidad: normalmente no hay nadie.
En el pueblo está la iglesia de San Bartolomé, del siglo XVIII. Fachada blanca, campanario sencillo y plaza delante. A veces está cerrada fuera de horario de culto. Si coincide que está abierta, dentro hay retablos barrocos y poco más misterio.
También existe un pequeño museo del aceite instalado en un antiguo molino junto a un arroyo. Explica cómo funcionaban las prensas tradicionales y conserva parte de la maquinaria. Los horarios pueden variar, así que conviene confirmarlo antes de ir.
Pan, dulces y cocina de caza
Aquí el pan sigue teniendo peso. El pan serrano, hecho con masa madre y horno de leña, se encuentra fácilmente por la mañana. Corteza dura, miga densa.
También se ven dulces tradicionales: tortas con chicharrones, roscos de manteca y otros productos de horno que todavía se hacen en muchos pueblos de la provincia.
En temporada de caza es habitual el salmorejo de conejo. No tiene nada que ver con el salmorejo cordobés. Es un guiso con tomate, especias y carne de monte.
El vino suele venir de pequeñas producciones de la zona. No hay grandes bodegas ni denominaciones conocidas.
Fiestas y momentos con algo de movimiento
Las fiestas patronales se celebran tradicionalmente a finales de agosto. Durante esos días hay más ambiente en la calle, verbenas y actos populares.
En enero se mantiene la Danza de las Espadas por San Sebastián. Participan vecinos del pueblo con trajes blancos y espadas de madera. Es una tradición antigua del Andévalo y de las pocas que siguen activas en la comarca.
Fuera de esas fechas el ritmo es tranquilo. Entre semana el pueblo puede estar bastante silencioso.
Cómo organizar la parada
San Bartolomé de la Torre se ve rápido. Lo práctico suele ser llegar por la mañana, dar una vuelta por el centro, acercarse a la torre y, si te interesa la arqueología, parar en el dolmen.
Si hace calor, mejor evitar el mediodía para subir a la torre: no hay sombra.
Y un consejo sencillo: no des por hecho que todo estará abierto. En pueblos pequeños los horarios cambian bastante. Conviene ir con plan flexible.