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sobre Tharsis
Pueblo minero con un paisaje espectacular de cortas a cielo abierto; posee un importante legado británico y patrimonio industrial
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A media mañana el sol ya calienta el metal oxidado de los vagonetes. Desde uno de los miradores que se asoman a las cortas mineras de Tharsis, el agua quieta del fondo cambia de color según se mueve la luz: a ratos ocre, a ratos violácea, como si alguien hubiese mezclado barro y tinta. Cuesta creer que ese hueco enorme en la tierra lleve siglos abierto. Las capas de roca lo cuentan mejor que cualquier panel.
Tharsis, en el Andévalo onubense, nació y creció alrededor de esas minas. Hoy el ritmo es otro, pero el paisaje sigue marcado por el hierro, los terreros rojizos y las vías que un día sacaban mineral hacia la costa.
El olor a mineral que se queda en el aire
Caminar por Tharsis tiene algo muy concreto: el polvo rojizo. Se pega a las suelas, a los bajos del pantalón, y cuando sopla algo de viento se levanta en pequeñas nubes sobre los caminos de tierra. No es raro que tenga ese sabor metálico que queda al final del día.
Las casas bajas del pueblo, muchas con rejas y detalles que recuerdan a la etapa de la compañía británica, miran hacia las antiguas explotaciones. En algunas calles aún se reconocen las alineaciones de viviendas que se levantaron para los trabajadores. No encajan del todo con el paisaje del Andévalo, y precisamente por eso llaman la atención.
En la plaza suele haber corrillos de hombres mayores que hablan sin prisa. Las conversaciones van del tiempo a la cosecha de aceituna, y a menudo acaban en la mina. Alguien señala hacia las viejas vías del tren y comenta que por ahí salía el mineral hacia el puerto. Hoy algunos tramos se han recuperado como camino para andar o ir en bici.
El museo minero ocupa un edificio ligado a la antigua administración de la compañía. Dentro hay herramientas, fotografías y piezas que ayudan a entender cómo funcionaba aquel complejo industrial que, durante décadas, movió a todo el pueblo. Los cascos, las lámparas y los planos técnicos tienen algo muy físico: hierro, grasa, polvo.
Cuando llega el carnaval
En febrero el pueblo cambia de tono. El carnaval de Tharsis tiene bastante tradición y las agrupaciones cantan letras que mezclan humor con memoria minera. En las calles aparecen disfraces hechos con lo que hay a mano: cartón, telas viejas, sacos.
Las coplas hablan de lo que pasa ahora, pero también de lo que fue el pueblo cuando la mina estaba en plena actividad. Hay crítica, pero también mucha retranca andaluza.
La romería de El Sandalio —que suele celebrarse en primavera— se vive de otra manera. El camino hacia la ermita atraviesa monte bajo de jara y pino, y durante el recorrido el aire se llena de romero machacado, polvo del camino y el sonido de las campanillas de los animales. Es una romería muy vinculada al entorno cercano: familia, cuadrillas y comida al aire libre bajo los árboles.
Lo que se come en un pueblo minero
En los bares del centro, al mediodía, todavía aparecen platos que tienen que ver con la vida en la mina. Sopas contundentes, guisos que se cocinan despacio y que aguantan bien el frío de la madrugada o el cansancio después de una jornada larga.
La llamada sopa minera suele llevar pan, caldo fuerte y algo de carne o tocino. Es un plato sencillo, de cuchara, pensado para llenar.
En temporada también aparecen espárragos trigueros recogidos en los alrededores. Después de las lluvias de primavera mucha gente sale al campo con una navaja o un cuchillo corto y vuelve con pequeños manojos verdes que acaban en revueltos o en tortillas.
Caminar por las antiguas vías
Llegar a Tharsis implica atravesar carreteras secundarias del Andévalo, entre dehesas, manchas de jara y lomas suaves. El último tramo se vuelve más sinuoso y el paisaje empieza a teñirse de ese rojo oscuro que delata la presencia de mineral.
Uno de los paseos más curiosos sigue parte del antiguo trazado ferroviario que transportaba el mineral. Hoy algunos tramos funcionan como vía verde. Se puede recorrer a pie o en bicicleta y todavía se cruzan pequeños puentes metálicos y túneles donde la temperatura baja de golpe. Conviene llevar luz si se entra en ellos.
También hay senderos que se acercan a las cortas mineras. Desde arriba se entiende bien la escala de aquellas explotaciones: paredes escalonadas, charcos de agua ácida en el fondo y un silencio bastante rotundo alrededor. No es buena idea acercarse demasiado ni salirse de los caminos señalizados.
Si vienes en verano, mejor moverse temprano o al final de la tarde. El sol cae de lleno sobre el terreno oscuro y el calor se queda pegado al suelo.
Cuando anochece, el polvo se asienta y el pueblo baja el ritmo. Desde los altos cercanos se ven las luces repartidas entre las calles rectas del antiguo poblado minero. Abajo, en alguna terraza, alguien rasguea una guitarra. El aire trae olor a tierra seca y a monte. Tharsis, a esas horas, se queda en silencio otra vez. Un silencio que todavía tiene algo de mina.