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sobre Villanueva de las Cruces
Pequeño pueblo del Andévalo que conserva la tranquilidad rural; lugar de encuentro de romeros y amantes de la naturaleza sencilla
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La campana de la iglesia suena a las ocho. El sonido seco y metálico corta el silencio de la calle principal, donde las paredes blancas todavía guardan el fresco de la noche. Es el primer ruido claro del día. Luego vienen otros: una persiana que sube, un motor arrancando a lo lejos. Si el viento trae aire del campo, se cuela un olor denso, a tierra mojada y aceituna machacada.
Villanueva de las Cruces no tiene monumentos que buscar en una guía. Con sus calles anchas y casas bajas, el pueblo vive pegado al ritmo del campo. Las conversaciones en la plaza hablan de lluvias que no llegan, del precio del aceite o de cómo viene la bellota este año. Las rejas de hierro forjado en las ventanas dan sombra a macetas con geranios; detrás, los patios interiores atrapan el sol de la tarde.
La iglesia parroquial, probablemente del siglo XVII aunque reformada varias veces, sigue marcando el centro. Aquí se reúne la gente después de misa, se organizan las fiestas y se alargan las charlas mientras la sombra de la torre va girando.
Caminos de dehesa alrededor del pueblo
A cinco minutos andando desde la última casa, el asfalto se termina. Empieza la dehesa: encinas separadas por amplios claros, olivares dispersos y un terreno que sube y baja suavemente. No hay grandes montañas, solo colinas redondeadas que dejan ver un horizonte amplio y despejado.
Los caminos son de tierra compactada, surcados por las rodadas de los tractores. No están señalizados para paseantes. Lo mejor es preguntar en el pueblo por alguna vereda que baje hacia los arroyos o rodee una finca de olivos. En abril el suelo se pone verde claro, lleno de hierba fina y amapolas. Para octubre todo cambia: los verdes se apagan y las ramas de los olivos se doblan con el peso.
Aceite y cocina de casa
El olor lo anuncia: cuando la campaña está en marcha, un aroma grasiento y vegetal flota sobre la parte baja del pueblo. Viene de la almazara. Aquí todo gira alrededor del aceite. La cocina local es austera: pan duro remojado, ajo, pimentón y ese aceite verde y espeso recién salido.
Son platos que calientan en invierno y alimentan para trabajar. Migas con uvas o sardinas, sopas de tomate, guisos de habichuelas con algo de tocino de la matanza. No encontrarás cartas elaboradas; es comida hecha en casa, para el día a día.
Si coincides con la recogida, entre noviembre y enero según el tiempo, verás camiones cargados de aceituna entrando y saliendo desde el amanecer.
Mirar aves en silencio
La dehesa parece vacía si pasas rápido. Pero si paras el coche en un camino secundario y apagas el motor, empiezan a aparecer formas. Cigüeñas blancas sobre postes eléctricos, grajillas que levantan vuelo desde una encina, algún milano real planeando en círculos sobre los pastos.
No hay infraestructura para observación. La forma más directa es madrugar o quedarse hasta que el sol esté bajo, llevar prismáticos y esperar quieto junto a una cerca. Los movimientos llegan solos: el aleteo rápido de un abejaruco, el vuelo pesado de una urraca.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
El calendario lo marcan la iglesia y las asociaciones locales. La fiesta de Santa María, a mediados de agosto, llena la plaza durante varios días. Hay procesión por las calles principales, música desde un escenario montado para la ocasión y comidas largas en mesas compartidas.
La Semana Santa es más contenida que en otras zonas. Los pasos son pequeños y el recorrido corto; se camina despacio y en silencio, solo roto por alguna saeta.
A lo largo del año suelen hacerse jornadas sobre el trabajo en el campo, a veces vinculadas a la recogida de la aceituna. Son charlas prácticas, para explicar cómo funciona una almazara o cómo se poda un olivo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Abril y mayo son meses buenos para andar; el campo está verde y las temperaturas son suaves. Octubre también funciona, con los olivos cargados y un aire fresco por las mañanas.
En verano el calor es intenso desde mediodía hasta casi el anochecer. Conviene salir a caminar al romper el día o cuando la luz ya es baja. El invierno trae silencio y tardes cortas; algunas chimeneas huelen a leña de encina.
Si llueve, las opciones se reducen a un paseo por las calles del pueblo y poco más. Lleva calzado que aguante la tierra seca y polvorienta, y un jersey para cuando caiga el sol; aquí la temperatura baja rápido en cuanto se va la luz.
Villanueva de las Cruces tiene un ritmo marcado por las tareas del campo y las horas de luz. No es un lugar para visitas rápidas con lista de puntos que tachar. Quien pasa unas horas puede irse con la sensación de haber visto poco. Quien se queda un día entero empieza a notar los matices: el crujido de la grava bajo los pies al atardecer, el color rojizo que toma la tierra con el sol horizontal, el zumbido constante de las chicharras en agosto desde los olivares.