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sobre La Rinconada
Municipio dividido en dos núcleos con gran crecimiento y parques periurbanos cerca del río
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Hay lugares que funcionan como esos barrios pegados a una ciudad grande: viven a su ritmo, pero siempre con la capital de reojo. La Rinconada, en el área metropolitana de Sevilla, tiene un poco de eso. Más de 40.000 vecinos, dos núcleos claros —La Rinconada y San José— y esa sensación de estar en un sitio que ha crecido a base de sumar capas, como cuando a una casa antigua le vas añadiendo habitaciones según la familia aumenta.
No es un pueblo detenido en el tiempo. Aquí hay tráfico, bloques de pisos, colegios, gente que va y viene a Sevilla cada día. Pero también hay historia suficiente como para recordar que este rincón del Guadalquivir llevaba ocupado mucho antes de que existieran los atascos de la SE‑30.
El hospital que terminó convirtiéndose en pueblo
El origen de La Rinconada tiene algo de escena improvisada. Durante el asedio de Sevilla en el siglo XIII, Fernando III necesitaba un hospital de campaña para atender a los heridos. Y lo levantaron aquí, en una curva del río.
La idea era temporal, claro. Como cuando montas una mesa plegable “solo para esta semana” y veinte años después sigue en el mismo sitio.
El hospital funcionó, la gente se quedó cerca, aparecieron casas, luego calles. Con el tiempo aquello dejó de ser un campamento sanitario y acabó formando un núcleo estable. Hoy muchos vecinos siguen teniendo la capital a pocos minutos en coche, así que la vida aquí tiene algo de pueblo dormitorio. Sevilla queda cerca, pero la rutina diaria se hace en casa.
La iglesia que ha visto pasar medio milenio
La Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves lleva aquí desde el siglo XV. Es uno de esos edificios que han ido cambiando con los siglos, como una vivienda familiar que cada generación reforma a su manera.
Tiene base gótico‑mudéjar, luego llegaron añadidos barrocos en el interior. El resultado es un pequeño collage histórico que funciona sorprendentemente bien.
Un detalle curioso está en los muros: piezas visigodas reutilizadas. En la Edad Media no se complicaban demasiado con esto. Si una piedra antigua estaba a mano y servía, se colocaba. Algo parecido a cuando reutilizas una caja de zapatos para guardar cables: no era su función original, pero hace el apaño.
El ayuntamiento que recuerda a Sevilla
En el centro aparece otro edificio que llama la atención: la Casa Consistorial. El proyecto es de Aníbal González, el arquitecto que firmó la Plaza de España de Sevilla.
Aquí su trabajo se ve en versión más contenida. Algo así como cuando un músico que llena estadios toca en una sala pequeña: reconoces el estilo, pero en un formato más cercano.
El edificio es de finales de los años veinte y mantiene ese aire regionalista que se asocia tanto a Sevilla. Tiene cierta gracia pensar que uno de los arquitectos más ligados a la capital dejó también su huella en un municipio que muchos sevillanos solo conocen de oídas.
Cerro Macareno, dos mil años mirando el río
A las afueras está el Cerro Macareno, uno de los puntos arqueológicos más importantes del término. Allí han aparecido restos de distintas épocas: tartésicos, fenicios, romanos.
El lugar ocupa unas pocas hectáreas, pero resume siglos de ocupación humana. Es fácil imaginar por qué se asentaron aquí: el río cerca, terreno elevado y control visual del entorno. Lo mismo que haría cualquiera buscando sitio para construir su casa, solo que hace más de dos mil años.
En el museo local se conservan piezas halladas en la zona, junto a fósiles mucho más antiguos. Entre ellos, restos de elefantes prehistóricos encontrados en el entorno. Cuesta imaginar elefantes caminando por esta parte de Sevilla, pero la historia natural tiene esas cosas.
Fiestas, feria y la forma de comer aquí
Cuando llegan las fiestas, La Rinconada se transforma bastante. En Semana Santa sale la Virgen de los Dolores, muy ligada a la vida local. Las calles se llenan rápido, algo lógico si piensas en el tamaño del casco urbano. Es un poco como cuando todo el barrio baja a la misma plaza al mismo tiempo.
En San José de La Rinconada suele celebrarse la feria a comienzos del verano. Casetas, música, familias enteras pasando la noche allí. No pretende competir con la de Sevilla; más bien funciona como esas celebraciones de barrio donde casi todo el mundo acaba encontrándose con alguien conocido.
En la mesa pasa algo parecido. No hay un plato con nombre propio del municipio. Lo que encuentras es cocina andaluza muy reconocible y buen producto alrededor. Carne de cerdo ibérico, guisos tradicionales y fresas cultivadas en la zona que saben como deberían saber las fresas de verdad.
Nada sofisticado. Más bien como comer en casa de alguien que cocina bien y no necesita ponerle nombre al plato para que esté bueno.
¿Merece la pena acercarse?
La Rinconada no es ese tipo de pueblo que sale en calendarios con casas blancas y macetas alineadas. Aquí manda más la vida cotidiana que la postal.
Pero tiene interés si te gusta entender cómo funcionan los municipios alrededor de Sevilla. Lugares donde mucha gente trabaja en la capital, pero hace su vida diaria fuera.
Mi consejo es sencillo. Pasea por el centro histórico, entra a la iglesia, mira con calma el ayuntamiento y, si tienes tiempo, acércate al Cerro Macareno. Luego siéntate a comer algo en cualquier bar donde veas mesas llenas de vecinos. Es como elegir cola en el supermercado: si hay gente esperando, normalmente es por algo.
En unas horas te haces una buena idea del sitio. Y sales entendiendo mejor esa Andalucía que vive pegada a las ciudades, pero sigue teniendo ritmo propio.