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sobre Santiponce
Lugar de asentamiento de la ciudad romana de Itálica y el Monasterio de San Isidoro del Campo
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Santiponce es como ese vecino que tiene un Ferrari en el garaje y lo usa para ir a comprar el pan. Está a quince minutos de Sevilla, tiene una de las ruinas romanas más serias de España y, aun así, hay gente que pasa años viviendo en la capital sin pisarlo. Yo fui uno de ellos hasta que un domingo de resaca decidí que necesitaba aire y algo más que el sofá. Me subí al bus en Plaza de Armas y acabé hablando solo con las losas del anfiteatro de Itálica. Esas cosas pasan cuando te crías en Sevilla y te crees que ya lo has visto todo.
El pueblo que se tragó una ciudad
Lo primero que te choca es que Santiponce es literalmente una ciudad encima de otra. Caminas por la calle Real y sabes que bajo tus pies hay restos romanos que no han salido todavía. El casco actual se levantó sobre la vetus urbs, la Itálica más antigua, y cada vez que se mueve tierra aparece algo: mosaicos, muros, trozos de columnas. Los vecinos lo cuentan con bastante naturalidad, como quien habla de una obra eterna en la acera.
El Conjunto Arqueológico es el plato fuerte: un anfiteatro enorme que cuando lo ves de cerca te hace pensar que los romanos aquí no se quedaron cortos. Podía reunir a decenas de miles de personas, una barbaridad si piensas en el tamaño que tendría la ciudad. Paseas por las gradas y cuesta no imaginar el ruido que habría allí dentro.
Además, Itálica tiene ese detalle histórico que siempre sale en la conversación: de aquí salieron Trajano y Adriano, dos emperadores romanos. No está mal para una ciudad fundada para veteranos de guerra. Algo tendría el agua de la zona.
Donde los monjes se metieron en líos teológicos
A unos diez minutos andando del centro está el Monasterio de San Isidoro del Campo. Desde fuera parece casi una fortaleza: torres, murallas y ese ladrillo oscuro tan típico de la zona. Por dentro mezcla estilos de varias épocas y se nota que el edificio fue creciendo con los siglos, sin demasiada obsesión por que todo encajara.
Aquí vivieron comunidades de monjes que tuvieron bastante peso intelectual en su tiempo. En el siglo XVI algunos se metieron en el asunto de traducir textos bíblicos al castellano, algo que en aquella época era terreno delicado. Hubo polémica, persecuciones y más de uno acabó marchándose. No es la típica historia tranquila de monasterio medieval.
Aun así, el lugar tiene ese silencio de los edificios que han visto pasar medio milenio de discusiones, rezos y reformas.
Qué se come por aquí
En Santiponce se come como en muchos pueblos del Aljarafe: platos sencillos, raciones generosas y bastante producto de temporada.
Cuando llega el frío suelen aparecer guisos de caza en las cartas, y si pillas habas tiernas en primavera es muy probable que acaben en un mojete con jamón o en algún revuelto. Nada sofisticado, pero de esos platos que te dejan la mesa en silencio unos minutos.
Mi consejo práctico: evita las horas punta del fin de semana si vienes desde Sevilla. El pueblo se llena bastante por la cercanía con Itálica. Si llegas temprano, visitas las ruinas con calma y luego buscas sitio para comer, todo fluye mucho mejor.
Cómo llegar desde Sevilla
Santiponce está pegado a Sevilla. En coche son unos quince minutos largos si no pillas tráfico al salir de la ciudad. La A‑66 pasa al lado y el desvío está bien señalizado.
También hay autobuses metropolitanos desde la estación de Plaza de Armas que conectan con el pueblo durante el día. Mucha gente los usa para ir y volver en la misma mañana.
Si vienes en coche, lo más cómodo suele ser dejarlo en las zonas de aparcamiento de la entrada del pueblo y caminar. El centro tiene calles estrechas de las de toda la vida, y dar vueltas buscando hueco puede desesperar un poco.
Cuándo venir (y cuándo pensártelo)
Primavera y otoño funcionan mejor. En verano, caminar por el anfiteatro al mediodía se parece bastante a meterse en un horno de ladrillo.
A lo largo del año también se organizan recreaciones históricas y actividades relacionadas con el pasado romano de Itálica. No son constantes, pero cuando coinciden el ambiente cambia bastante y el lugar se llena de gente curioseando entre legionarios y túnicas.
El truco está en irse a tiempo
Santiponce no es un sitio para planear un fin de semana entero. Es más bien una escapada corta desde Sevilla: paseo por Itálica, visita al monasterio, algo de comer y vuelta a casa.
En tres o cuatro horas lo tienes bastante visto. Y no pasa nada. De hecho, creo que ahí está parte de la gracia: no intenta ser más de lo que es.
Sales de allí con la sensación de haber estado en un lugar importante de la historia romana en Hispania… y luego, quince minutos después, ya estás otra vez en Sevilla buscando sombra o pensando dónde tomarte el café.
Ese tipo de excursión que se hace casi sin planear y acaba saliendo redonda.