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sobre Alcaucín
Pueblo blanco situado a los pies de la Sierra de Tejeda con vistas espectaculares al pantano de la Viñuela y entorno natural
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El turismo en Alcaucín tiene algo de visita improvisada. Como cuando paras en casa de un amigo “un momento” y acabas quedándote toda la tarde. No sé si es el sonido del agua en la fuente, las calles blancas que devuelven la luz o el hecho de que en media hora de coche desde Málaga pasas del ruido de la costa a un pueblo que va a otro ritmo. Aparcas en la plaza y la sensación es esa: aquí nadie tiene prisa.
El pueblo que se agarra a la sierra
Subir a Alcaucín es como escalar una montaña rusa al revés. La carretera serpentea, aparecen casas en las laderas y, casi sin darte cuenta, entras en el casco urbano. La plaza es pequeña, con la iglesia del Rosario dominando el espacio y varias terrazas ocupando buena parte del suelo cuando hace buen tiempo.
La iglesia por fuera es bastante sobria. Dentro cambia la cosa: dorados, decoración barroca y un camarín bastante recargado, de esos que te hacen pensar que al decorador le dijeron “pon más” varias veces seguidas. Aun así encaja con el ambiente del sitio.
Lo mejor aquí no es ir tachando lugares. Es sentarte un rato en los bancos de la plaza y mirar alrededor. Pasa la furgoneta del pan, alguien saca una silla a la puerta de su casa, suenan las campanas. Parece una escena preparada, pero suele ser simplemente una tarde cualquiera.
El castillo que aparece en mitad del campo
A unos tres kilómetros está el Castillo de Zalia. No está dentro del pueblo, sino en una loma apartada. El camino atraviesa olivares y termina en una cresta donde el viento suele soplar con ganas.
Arriba quedan restos de muralla y poco más, pero la gracia está en el lugar. Desde allí se entiende por qué hubo una fortificación: se controla buena parte de la Axarquía y, en días claros, el mar aparece al fondo.
La fortaleza tuvo varias etapas —se suele mencionar presencia en época andalusí y usos posteriores tras la conquista cristiana—, aunque hoy lo que queda es sobre todo el emplazamiento y el paisaje. Más que un monumento restaurado, es un mirador con mucha historia alrededor.
Cuando el pueblo huele a castañas
Si coincides con noviembre, es posible encontrarte con la Fiesta de la Castaña. En muchos pueblos de la Axarquía se celebra algo parecido cuando llega el frío, y Alcaucín mantiene esa tradición.
Las calles se llenan de humo de los braseros, se asan castañas y boniatos y la gente se reúne en la plaza o alrededor de las mesas que aparecen por las calles. No tiene el aire de una feria montada para visitantes; más bien parece una reunión grande del pueblo a la que cualquiera se puede sumar.
Te dan un cucurucho de castañas recién hechas, te quemas los dedos al pelarlas y alguien aparece con otra bandeja de algo para compartir. Ese ambiente de otoño en los pueblos de interior sigue funcionando igual que hace décadas.
La fuente donde siempre hay garrafas
La Fuente de los Cinco Caños está a la entrada del pueblo y casi siempre hay alguien llenando garrafas. El agua baja de la sierra y la gente del pueblo lleva generaciones utilizándola.
No tiene nada de espectacular: un pequeño pilar con varios caños y un espacio alrededor donde parar un momento. Pero es uno de esos puntos donde ves cómo funciona la vida cotidiana. Llegan coches, se llenan botellas, se charla un rato y cada uno sigue su camino.
Al lado hay un parque con mesas de piedra donde mucha gente se queda a comer algo rápido. También es parada frecuente de ciclistas que suben desde la costa y aprovechan para descansar antes de seguir hacia la sierra.
Lo que nadie te cuenta al planear la visita
Aquí no hay grandes hoteles con spa ni restaurantes de esos que salen en guías gastronómicas. Y quizá por eso Alcaucín mantiene ese aire de pueblo vivido, no de decorado.
Si te quedas un rato en la plaza acabarás escuchando historias: que el terremoto de 1884 dañó seriamente la iglesia, que el cercano Boquete de Zafarraya fue un paso natural utilizado desde tiempos muy antiguos —allí se han encontrado restos neandertales—, o que en estas sierras el chivo al ajillo sigue siendo plato de casa más que de carta.
Mi consejo es sencillo: ven en coche, aparca cerca del centro y recorre el pueblo andando. Acércate a la fuente, da una vuelta por las calles que suben hacia la sierra y, si te apetece caminar un poco más, sube hasta Zalia.
Alcaucín no intenta impresionar. Es más bien como ese amigo del grupo que no habla mucho pero siempre tiene buen plan. Te sientas un rato, miras las montañas alrededor y, cuando te quieres dar cuenta, se te ha ido media tarde en la plaza. Y tampoco pasa nada. Eso aquí es bastante normal.