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sobre Benamocarra
Cuna del músico Eduardo Ocón es un pueblo de interior con gran tradición musical y cultural rodeado de cultivos
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Hay un momento, justo cuando dejas atrás la autovía y empiezas a subir por las carreteras de la Axarquía, en el que el olor cambia. No sé si serán los aguacates, el moscatel o los limoneros, pero de repente el coche huele a campo húmedo y a huerta. Ese momento suele coincidir con la llegada a Benamocarra.
El pueblo que no se vende
Benamocarra es como ese compañero de trabajo que nunca cuenta chistes pero siempre se ríe de los tuyos: no llama mucho la atención, pero cuando te fijas, tiene su gracia.
Aquí no hay tiendas de recuerdos ni autobuses soltando grupos cada media hora. Lo que hay es un pueblo que funciona: bares donde se desayuna temprano antes de ir al campo, una farmacia, panaderías de las de toda la vida y un supermercado donde todo el mundo se conoce por el nombre.
El truco está en bajarse del coche. Sí, ya sé que el Cerro de la Jaula promete vistas de media Axarquía, pero antes de subir merece la pena caminar un rato por el centro. La plaza de la Constitución funciona como el salón del pueblo: bancos de piedra, algunos árboles que en verano se agradecen bastante y un quiosco de música que a veces parece más decorado que otra cosa.
Ahí está también el busto de Eduardo Ocón. En Málaga su nombre lo lleva el conservatorio, pero aquí lo recuerdan simplemente como “el de la música”, como ese vecino que se fue a la capital y acabó dejando huella.
La fuente que esconde un secreto
Detrás de la Fuente de los Caños hay un pequeño baño árabe. No esperes nada musealizado ni carteles explicativos. Es más bien un espacio de piedra bastante sencillo, con una pileta que podría pasar por la de un cortijo si no te paras a mirar.
Pero si te fijas en la estructura y en cómo está construido, se entiende que es algo antiguo, de época andalusí según suele contarse en el pueblo. Durante años se ha usado también como lavadero, así que conviven las dos historias: la del antiguo hammam y la del lugar donde se ha lavado ropa durante generaciones.
La gracia de Benamocarra es que nadie te lo explica demasiado. Lo vas descubriendo a base de caminar. Como cuando te das cuenta de que muchas puertas y zócalos tienen ese tono rojizo que aquí llaman almagre, hecho con tierras de la zona. O cuando ves a alguien llenando un garrafón en una fuente y te enteras de que hay manantiales que la gente sigue usando aunque no aparezcan en ningún cartel.
La comida que no entiende de estaciones
El gazpachuelo es una de esas cosas que, cuando te lo explican, suena raro. Imagínate una sopa de pescado ligada con una mayonesa. Dicho así parece un experimento, pero cuando llega a la mesa cambia la opinión rápido.
En los meses más frescos también aparecen platos de cuchara bastante contundentes. La sopa de ajo aquí tiene ese punto fuerte que te despierta hasta el último sentido. Y luego están las migas o el llamado gazpacho frito, que en realidad no tiene nada que ver con el gazpacho de tomate: pan, ajos, pimentón y lo que haya en la sartén ese día.
Son platos de campo, de cuando se cocinaba con lo que había a mano y había que aguantar toda la mañana trabajando fuera.
Las fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas del Santísimo Cristo de la Salud se celebran en otoño y el ambiente es el de verbena de toda la vida: música en la plaza, atracciones para los niños y puestos de dulces que desaparecen rápido.
La romería de San Isidro mueve bastante gente de la zona. El santo sale en carro y la jornada acaba en el campo, con mesas improvisadas, neveras portátiles y familias que llevan haciendo lo mismo muchos años seguidos.
También hay un día dedicado a la música en recuerdo de Eduardo Ocón. Suele haber conciertos en la iglesia o en la plaza, pero lo más interesante pasa después, cuando los músicos se quedan charlando y alguno saca un instrumento. Una vez vi mezclarse un acordeón con una guitarra eléctrica. Sonó regular, pero tenía su punto.
El mirador que casi nadie menciona
Si te gusta ver el paisaje con calma, sube al Cerro de la Jaula temprano. La carretera tiene su pendiente, pero arriba la Axarquía se abre entera: el mar al fondo, los olivares en terrazas, los invernaderos brillando cuando les da el sol y varios pueblos blancos repartidos por las laderas.
Desde allí salen senderos que bajan hacia el entorno del río Benamargosa. En el camino aparecen acequias antiguas que todavía llevan agua a las huertas. Algunas se consideran herederas de los sistemas de riego andalusíes que siguen marcando el paisaje de esta parte de Málaga.
Luego bajas al pueblo, pides un café en cualquier bar y te sientas un rato a ver pasar la mañana. Nadie te va a tratar como visitante de paso. Aquí lo normal es que te hablen como si hubieras estado siempre por allí.
Y al final eso resume bastante bien a Benamocarra: un sitio que no necesita llamar la atención para que te quedes un rato más de lo que pensabas.