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sobre Colmenar
Capital de los Montes de Málaga famosa por su miel y chacinas con un paisaje de media montaña de encinas y olivos
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A media mañana, cuando el sol ya rebota en las paredes blancas y la plaza empieza a llenarse de pasos, el aire en el centro tiene un olor dulce, entre mosto y anís. Turismo en Colmenar muchas veces empieza así, con esa mezcla de bodega abierta, pan reciente y conversaciones que salen a la calle. Las persianas están medio bajadas y, en algunas puertas, las sillas aparecen en fila contra la pared, como si siempre hubieran estado ahí.
El pueblo se encarama en la ladera, rodeado de lomas secas donde el verde de los olivos se mezcla con manchas de monte bajo. Desde alguno de los miradores del borde del casco urbano —hay varios pequeños, casi improvisados— la vista se abre hacia la Axarquía interior. En días muy claros se intuye el brillo del Mediterráneo al fondo, una línea pálida entre montes.
La piedra que levantó media Málaga
Caminar por Colmenar es pisar una piedra que aquí no es decoración: es materia prima. Bajo los zapatos suena la caliza clara que salió durante siglos de las canteras cercanas. De aquí salió buena parte de la piedra que se utilizó en edificios importantes de Málaga, incluida su catedral.
En el propio pueblo esa piedra aparece en portadas, escalones y muros que cambian de color con la luz. Al mediodía tira a crema; cuando el sol cae hacia la sierra, se vuelve más rosada. Muchas casas siguen teniendo zócalos de esa misma roca, gastados por generaciones que han subido y bajado las mismas cuestas.
La plaza principal mantiene ese ritmo lento de los pueblos donde casi todo se hace andando. La fuente lleva décadas goteando con la misma paciencia, y en verano no es raro ver a los niños acercarse para mojarse las manos mientras los mayores charlan a la sombra.
Caminos que salen hacia la sierra
En cuanto se deja atrás el asfalto del centro, empiezan pistas de tierra que suben hacia los montes que rodean Colmenar. Son caminos usados por agricultores, senderistas y por quien simplemente quiere estirar las piernas. Pinos, romero y tomillo aparecen enseguida, y cuando aprieta el calor el aire huele fuerte, casi áspero.
Algunos de estos senderos siguen antiguos trazados que conectaban cortijos y zonas de trabajo del campo. El terreno es pedregoso y conviene llevar calzado con buena suela, porque la grava suelta hace resbalar en las bajadas.
Después de las lluvias de final de invierno o principios de primavera, el paisaje cambia bastante. Los arroyos llevan algo de agua y las laderas se llenan de flores bajas. En pleno verano, en cambio, la sierra se vuelve más silenciosa y seca; si vas a caminar, mejor hacerlo temprano.
Colmenar y la miel
Aquí las abejas no son una curiosidad: forman parte de la identidad del pueblo. Colmenar lleva años asociado a la apicultura, y en los alrededores es habitual ver colmenares repartidos entre los montes.
La miel aparece en muchas mesas de la zona. A veces sobre pan tostado en el desayuno; otras acompañando platos salados, como las berenjenas fritas que llegan a la mesa cubiertas con ese hilo oscuro y espeso de miel de caña.
También es común el chivo cocinado con ajo o en salsa, una receta que necesita fuego lento y paciencia. Son platos de cocina doméstica, de los que se hacían para familias grandes después de una mañana en el campo.
Quien tenga curiosidad puede acercarse al pequeño museo dedicado a la miel que hay en el pueblo. No es grande, pero ayuda a entender por qué las abejas han tenido tanta importancia aquí.
Cuando llega la feria
A finales del verano suele celebrarse la feria del pueblo. Durante unos días el recinto ferial y las calles cercanas se llenan de música, farolillos y gente que vuelve de fuera para ver a la familia.
No es una feria enorme, y precisamente por eso mantiene un ambiente bastante mezclado: jóvenes, mayores y niños compartiendo espacio sin demasiadas barreras. De día el calor todavía pesa, pero por la noche la temperatura baja y la plaza vuelve a llenarse.
El alojamiento dentro del pueblo es limitado, así que mucha gente se queda en localidades cercanas de la Axarquía o en casas rurales repartidas por la sierra.
Cómo encajar en el ritmo del pueblo
Si quieres ver Colmenar con calma, la primavera suele ser buen momento. Los montes que rodean el pueblo cambian de color y el aire trae olor a flores y a tierra húmeda después de la lluvia.
Los sábados por la mañana hay mercado en una de las avenidas principales. Es pequeño, pero aparecen productos de la zona: miel, quesos de cabra, frutas de temporada. La escena es más de vecinos que de visitantes.
Agosto trae bastante movimiento y coches buscando aparcamiento en las calles estrechas del centro. Si prefieres un ambiente más tranquilo, prueba un domingo de otoño. El pueblo se queda casi en silencio después de comer, y desde la parte alta se ven los tejados de teja rojiza extendiéndose ladera abajo, con la sierra cerrando el horizonte. Aquí el tiempo no desaparece, pero sí parece ir más despacio.